Mar Cambrollé y la furia trans

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Octubre iba a ser el mes de la furia trans, lo fue. Es más que evidente que Mar Cambrollé sabe jugar con los ritmos de la política, es una jugadora nata, se percibe desde el primer abrazo, desde la primera mirada. La virtud que mejor podría definirla y al mismo tiempo su mayor riesgo, es tener plena conciencia que el camino es de dirección única, no hay rodeos, no hay atajos. Quizá por eso lo camina con paso firme, exhortando a quien quiera escucharla para expresar todo lo que ha aprendido.

Busco la razón, aparentemente no la encuentro, pero cuando la observo y la escucho en sus mítines, en sus discursos, me viene a la cabeza siempre la imagen de Angela Davis, la activista feminista afroamericana. Ambas tienen en común en mi imaginario algo parecido a la furia, una furia que nada tiene que ver con la violencia, es una furia que nos habla de ganar el juego al miedo, al inmenso miedo con el que crecieron, el que aprendieron y vivieron en la calle, al que tuvieron que aprender a combatir desde muy pronto. Ese lenguaje de la acera que ambas dominan con rotundidad, es de una cualidad radicalmente diferente al que se escucha en la burbuja académica. Hay como una verdad más profunda cuando cuentan lo que quieren decir.

Ayer escuchando y viendo un vídeo de la intervención de Mar Cambrollé en el Congreso de Adelante Andalucía, sentí de nuevo la emoción perdida, ese cosquilleo que hacia tiempo había desaparecido, y que agradezco sobremanera que haya vuelto a nacer dentro de mi tras escucharla.

Porque en su discurso hay una claridad hermosa, hay una grandilocuencia sin afectación que habla de Justicia, porque nos recuerda algo tan sencillo y al mismo tiempo tan complicado como que el feminismo es fundamentalmente un proyecto global que debe servir para hacernos felices, menuda bomba, así sin querer.

Es impensable concebir un feminismo que niegue la identidad a un sujeto, porque el feminismo es lo antagónico a la violencia, y negar la identidad a cualquier ser humano es la mayor expresión de violencia. Nos recordó y es conveniente no caer en la trampa del olvido, que el feminismo es un proyecto transversal e inclusivo, que debe restar exclusiones, que debe hacerlas desaparecer. Y lo mejor de su furia de ayer es cuando volvió a dejar bien clara la idea de que el activismo trans es uno de los que más ha aportado al debate y ha atacado directamente al patriarcado en su núcleo central contra los binarios corporales, contra la cosificación corporal, que es el arma más poderosa contra la libertad de los cuerpos humanos que sienten.

Tengo delante de mí, frente al ordenador, la Proposición de Ley sobre la protección jurídica de las personas trans y el derecho a la libre determinación de la identidad sexual y expresión de género, una propuesta de Ley estatal de protección a las personas transexuales que en el octubre de la furia trans estaba guardada en un cajón desde febrero, tan sólo en unas horas empezó a caminar en el trámite parlamentario, gracias al saber jugar de Mar Cambrollé.

Ahora en noviembre es el momento de recordar y seguir recordando las cifras escalofriantes de mujeres transexuales asesinadas en nuestras calles, una cifra que da miedo escribir, pero que en los últimos diez años asciende a casi 3.000. No es permisible, por eso es necesaria más que nunca una Ley Estatal que impida la exclusión y la muerte.

Mar y la furia, Mar y el decir, y volver a hacerlo para no olvidar que nos queremos vivas, y ese estar vivas y no morir pasa por que el activismo transexual y el feminismo en su globalidad caminen juntos. Gracias por seguir recordándonoslo cada día.

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