La donación de Amancio Ortega, ¿una inversión en favor de los negocios de una de sus hijas?

El empresario español Amancio Ortega preside una fundación que lleva su nombre. Como toda fundación, no tiene ánimo de lucro, si a lucro lo llamamos percibir ingresos y no artimaña para minorar, legalmente, impuestos.

Cuando el susodicho multimillonario se siente generoso, entrega limosna a la sociedad española, así cumple con un precepto común a las tres grandes religiones monoteístas. Pero con lo que no cumple es con la máxima de su fundación, que dice que “lleva a cabo acciones prácticas y transversales, que originen un efecto inmediato en su ámbito de actuación y puedan alcanzar al mayor número de beneficiarios”.

En 2015 el arrebato altruista le llevó a suscribir contratos de financiación de máquinas contra el cáncer con administraciones autonómicas. ¿No sabían en la fundación que el mayor número de beneficiarios serían los enfermos de cardiopatías isquémicas o cerebrovasculares antes que los de cáncer? Lo tenían que saber, seguro que consultarían con quienes más saben de enfermedades en España antes de decantarse por el cáncer. Pero eligieron beneficiar e estos enfermos. ¿Por qué?

Lo primero que se piensa cuando se conoce la noticia de que un empresario cuya empresa fue condenada en Brasil a pagar una multa por trabajo en condiciones degradantes decide donar millones de euros a la sanidad pública es que algún beneficio pretende sacar. Por lo pronto, la deducción fiscal.

Bien, pero podía haber donado ese mismo importe a Médicos sin Fronteras, por poner un ejemplo; sin embargo, su donación es solo para máquinas contra el cáncer. La cartera de negocios del donante no contempla la sanidad, aunque hay voces que dicen que es un campo de negocio que el IBEX35 comienza a explorar, la salud es lo primero para la gente, rica o pobre.

También hay quien dice que existe una sobreoferta de máquinas oncológicas. Eso le debe dar igual al mecenas, él se dedica a otros negocios. Mas en su familia hay mujeres multimillonarias que han emprendido inversiones en campos distintos al del fundador del imperio.

Una de ellas, su hija Sandra Ortega, es accionista de una empresa farmacéutica que tiene su producto estrella en el anticancerígeno Yondelis. Según informan los oncólogos agradecidos al empresario dadivoso (yo también lo estaría, y si fuera un enfermo tratado con una de las máquinas que él paga besaría la tierra que pisara sin importarme la procedencia del dinero, legal por supuesto), las empresas más beneficiadas serán Varian (norteamericana) y Elekta (sueca).

Que nadie se confunda, los concursos de adjudicación son abiertos, como manda la Ley de Contratación del Sector Público. Cualquier español puede entrar en la página web de la Plataforma de Contratación del Sector Público y ver que todo el proceso es limpio.

No obstante, sin esa donación, las máquinas compradas no habrían tenido salida, o al menos, tan pronta y segura salida. No solo la máquina en sí, después la sanidad pública tendrá que costear el carísimo mantenimiento, que será adjudicado inexorablemente a la empresa originaria, porque nadie más conoce su tecnología.

Volvamos a la familiar del empresario. La FDA, agencia federal del Departamento de Salud de los EEUU, no dio el visto bueno al medicamento anticancerígeno Yondelis hasta el 23 de octubre de 2015, después de muchos años de intento. Los periódicos del día 22 de octubre de 2015 daban a conocer la noticia de la firma del acuerdo de la fundación presidida por el empresario caritativo con la Xunta de Galicia para la donación de aparatos oncológicos.

¿Y los suecos? Aparte de radicar en Suecia la empresa promotora y distribuidora del medicamento anticancerígeno estrella, una de cuyos directivos trabajó en Elekta, la conexión estadounidense se establece a través de Impac Medical Systems, radicada en California, adquirida en 2005 por la empresa sueca citada.

¿Y todo esto para que a la hija del empresario le aprueben en los EEUU la venta de un medicamento? Tal vez el fin del regalo a la sanidad pública fuera conseguir que las acciones de la empresa farmacéutica coticen en los Estados Unidos, donde se dice que las empresas biotecnológicas cotizan mejor que en Europa.

O todo lo expuesto sea tan solo elucubraciones de quien ha hilado unos datos casuales sin interrelación entre ellos, porque más sencillo hubiera sido hacer una transferencia a una de las cuentas corrientes de su hija, pero un montante de tal calibre es una donación en toda regla, y eso conlleva el pago de impuestos, por muy buenos asesores financieros que se tengan, y nada hay que provoque mayor aversión en un multimillonario que pagar un céntimo al erario público, fondo del que viven vagos, indigentes e inmigrantes.

Y de camino, lo que se habrá divertido viendo la reacción indignada de la izquierda y la defensa tenaz del periodismo canalla a la limosna, que le reportará pingües beneficios fiscales y una limpieza de imagen a su entramado empresarial, logrado con su solo esfuerzo, gracias a su plena dedicación diaria al corte, cosido, distribución y venta de sus prendas en persona, sin la mediación de ningún trabajador.

Lo único justo, si así se puede calificar, del capitalismo es que toda acción empresarial conlleva un riesgo. Y como esta acción dadivosa es una inversión empresarial, ¿qué riesgos está asumiendo?, ¿está pensando aterrizar en el negocio de la salud y se está posicionando?, ¿piensa que esos hospitales públicos beneficiados por su limosna pasarán a gestión privada? El tiempo lo dirá.

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