Evo Morales: rumbo a su tercera reelección sin acoso estadounidense

Para nadie es desconocido que Bolivia constituye hoy por hoy la sorpresa más positiva que existe en América Latina. Tan sorpresa y tan positiva es, que las grandes corporaciones de medios ni siquiera la toman en cuenta. Con un crecimiento económico promedio anual del 4.9% entre 2004 y 2014, según cifras del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el país andino se ha convertido, a la vez, en la evidencia más dañina para la mediocre derecha regional de que un modelo de desarrollo exitoso sí puede germinar y crecer en un país de mayoría indígena, históricamente postergado, mediterráneo y, lo que es peor, desde una perspectiva progresista.

Por todas estas razones, Bolivia sencillamente no está en el radar de la opinión pública regional. Ocurre que el hipócrita y cínico mundo de la apropiación de la información por parte de los cárteles mediáticos, de las noticias falsas y, lo que es más nefasto todavía, de las realidades no contadas; para América Latina, Evo Morales sencillamente no existe o, en su defecto, sigue siendo el indio cocalero que vino de abajo y ahora se da una lujosa vida de rey.

Nadie se ha dado la molestia de indagar cómo es que la lógica económica de ese indio cocalero resulta muchísimo más efectiva para enfrentar el problema de la pobreza, que la del ingeniero Mauricio Macri, por ejemplo, y toda la trouppé de técnicos internacionales estadounidenses y europeos del Fondo Monetario Internacional (FMI) que lo arropan.

El hecho es que cuando Morales asumió su primer mandato, en el año 2006, lo hizo con el 54% de los votos. Para 2009 fue reelecto con el 64% y en 2014 logró el 61%. El 20 de octubre de este año volverá a postularse para un cuarto mandato que podría mantenerlo en el poder hasta el año 2025 y, al parecer, no existen sombras realmente peligrosas que amenacen desde la oposición esa posibilidad.

El pasado 19 de mayo, el diario La Razón publicó una primera encuesta de alcance urbano-rural, realizada por la empresa Tal Cual. Según el estudio, Evo Morales tiene un 38,1% de intención de voto mientras que su más inmediato seguidor, el expresidente Carlos Mesa (2003-2005), alcanza el 27,1%. Más lejos, con el 8,7%, se encuentra el candidato por 21F, Óscar Ortiz.

Mención aparte merece el discurso de sus detractores respecto a que se incumplió con un pronunciamiento popular que impediría su inscripción como candidato a una tercera reelección. Frente a esa tesis, Evo Morales cabildeó inteligentemente, pero desde el ámbito internacional. Los hizo ante Naciones Unidas (ONU) y la Organización de Estados Americanos (OEA) para que se ratifique la libertad del pueblo boliviano de votar por quien crea conveniente, sin ningún tipo de restricción.

Y en ese sentido se pronunciaron tanto el secretario de la OEA, Luis Almagro, como el coordinador residente de la ONU en Bolivia, Mauricio Ramírez. Esas dos entidades prácticamente consagraron la legalidad y legitimidad de una eventual cuarta elección y tercera reelección de Evo.

Ahora bien, en esta ocasión las cosas no serán tan fáciles para el presidente boliviano. Gran parte de las críticas suenan ya no solo desde la oposición, sino también desde grupos afines a Morales que creen que su discurso, inicialmente alineado con una visión de recuperación del protagonismo estatal en la gestión económica y administrativa de los recursos y el liderazgo en cuanto a la redistribución de la riqueza nacionales, ha cambiado de enfoque y ahora comienza a hablarle con más fuerza a la clase media y empresarial boliviana. También se le ha criticado su cambio de posición en torno a causas a las que se opuso en el pasado, como es el caso de las autonomías departamentales.

De todas maneras, las líneas maestras de su administración se mantienen casi intocadas y la reducción de la pobreza emerge como el máximo logro de Evo Morales. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE) boliviano, la pobreza en el país descendió a su nivel histórico más bajo durante 2017 y se ubicó en 36,4%, frente al 59,9% de 2006. Quizá esta sea una de las razones por las que la oposición no logra consolidar fuerza suficiente para recuperar el poder tras 13 años del modelo de Morales: muchos consideran que el proceso de crecimiento económico y reducción de la pobreza en Bolivia es todavía insuficiente, y creen que mientras no haya alguien, además de Morales, que pueda garantizar aquello, terminarán votando quien está pragmatizando ese proceso.

En ese marco, Mark Weisbrot, codirector de Centro de Investigación en Economía y Política, un grupo de expertos con sede en Washington, expresa que “la cuestión de los límites a los mandatos no es tan simple como a menudo se pinta”, y pone como ejemplo el caso de los Estados Unidos tras la Gran Depresión. Los estadounidenses, afirma Weisbrot, eligieron a Franklin D. Roosevelt por cuatro periodos mientras buscaba reformar la economía en la década de los treinta y comandaba a los aliados de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial en los cuarenta.

Para el analista estadounidense, “los dirigentes que cuentan con la suficiente confianza y tienen las habilidades para ser elegidos y presidir grandes transformaciones no son muy comunes”, y ese parece ser el caso de Evo ante su electorado.

En cuanto al ámbito geopolítico, la reelección de Morales no parece figurar, al menos por ahora, entre los motivos de preocupación de la administración norteamericana de Donald Trump. Aunque parezca contradictorio, y a contravía de lo que ocurre con Venezuela, Bolivia no es precisamente un foco de desestabilización regional, según la percepción norteamericana, sino todo lo contrario: mantiene una estabilidad económica indiscutible y, en cuanto a lo político, basta comparar el afianzado escenario boliviano frente al inestable espectro político de su vecino Perú, por citar un ejemplo. De más está señalar que en los momentos actuales, lo último que quiere Estados Unidos es que se le “alborote el gallinero”, y Bolivia no entra, ni de lejos, en ese esquema.

De todas maneras, sí podría esperarse una mayor intromisión por parte del gobierno de Chile liderado por el derechista Sebastián Piñera, en función de evitar, dentro de sus posibilidades obviamente, un nuevo ascenso de Evo Morales, máxime si consideramos el grave dolor de cabeza que este provocó a la diplomacia chilena con su demanda por mar para Bolivia ante el Tribunal de La Haya.

Más allá de eso, las probabilidades de que se conforme una coalición internacional, al estilo del vergonzoso Grupo de Lima, para “denunciar” una elección atrabiliaria y fuera de la legalidad de Evo Morales, son menores. En este momento, para fortuna de Evo, ese grupo de regímenes adscritos a la Secretaría de Estado de los Estados Unidos está muy venido a menos, permanecen escondidos y silenciosos tras su vergonzosa derrota en el caso Guaidó y, además, es evidente una reorganización de fuerzas progresistas latinoamericanas, con México a la cabeza (y muy probablemente Argentina desde octubre de 2019), que podrían abrigar una nueva reconfiguración del panorama político en el continente.

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