[Relato corto] La venganza del escorpión (Primera parte)

Todo el mundo sabe qué es lo que les ocurre a los machos de mantis religiosa. La hembra de éste puede llegar a arrancarle la cabeza a su pareja sexual en pleno coito para comérselo acto seguido. Algo que no es tan conocido es el comportamiento de la hembra escorpión.

Veréis, el varón escorpión intenta cortejar a la hembra inmovilizándola e incluso inyectándole pequeñas dosis de veneno a modo de relajante. Lo que puede sucederle al macho antes o después de la cópula es ser picado o incluso devorado por la hembra si ésta decide que el acto en sí no ha merecido la pena o ha sido en contra de su voluntad.
Desde hace siete meses me llaman “la mujer escorpión“. Todo empezó con un pequeño tatuaje que me hice en plena madrugada de verano. Me tatué un escorpión negro en el brazo izquierdo, de ahí el nombre. Al día siguiente de hacérmelo sería detenida y encarcelada “preventivamente” hasta que saliera el juicio, cuatro meses más tarde. En él me condenaron a ciento cincuenta años de cárcel, 30 por cada víctima. Lo sé, es mucha información a procesar, será mejor que empiece por el principio.

Soy entomóloga. Es una rama de la zoología que estudia los insectos. Siempre fui una apasionada de los “bichos”, me entusiasman y creo que son unos animales fascinantes de los cuales generalmente no nos interesa aprender nada. A todo el mundo le encantan los perros y los gatos pero es muy difícil encontrar a alguien que tenga insectos como mascotas o que incluso sienta ternura o cariño por ellos.
En casa tengo varios terrarios con insectos de todo tipo. Desde hormigas pasando por arañas y por supuesto escorpiones. Nunca imaginé terminar tal y como lo he hecho y con tan sólo treinta años. Ahora mis padres tienen que encargarse de los terrarios. Les he hecho prometer que ellos mismos cuidarán de mis animales pues no quiero que se vayan con cualquiera, no señor. Mi piso era de alquiler así que no hay problema con él. Mis padres solo tienen que ir a buscar mis cosas y una vez hecho eso podrán devolver las llaves al propietario ya que no las voy a necesitar más.

La cárcel es algo que una no se espera y menos de un día para otro. En tan poco tiempo la vida te puede dar un giro increíble y de forma tan rápida que puede provocarte mareos e incluso náuseas.

Antes de que ocurriera todo eso la vida siempre me había sonreído. Me ganaba bien la vida y era una buena chica. Una muchacha del montón, no he sido nunca una belleza aunque tampoco un espanto. Nunca he buscado problemas con nadie y siempre he intentado ayudar en todo lo que he podido. Lo que pasó hace seis meses me cambió para siempre y me alegro. En el fondo me alegro. Ya no soy la chica inocente y pueril que era antes. Ya no estoy preocupada por mi aspecto físico ni por llevar el pelo bien peinado. Nada más entrar aquí me rapé la cabeza al cero y eso fue tan liberador que no pienso dejar que vuelva a crecer ni dos milímetros. Siempre fui correcta y nunca dije palabrotas. Ahora digo “¡que les follen a todos!” y me rio como no me había reído antes.

Es gracioso escribir tu autobiografía a los treinta años. Aquí dentro tienes todo el tiempo del mundo para escribir el próximo best-seller. Y así ha sido.

No tardaré en tener muchas horas libres ya que la prensa habrá empezado a perder la curiosidad hacía mí historia ahora que es pública al 100%. Aún estando publicada siguen pidiendo entrevistas y yo sigo concediéndolas pues mi historia debe esparcirse por el mundo entero como las plagas bíblicas se esparcieron por Egipto según el antiguo testamento.

Así es, desde hace seis meses soy famosa gracias a la sed de sangre de la prensa amarilla. Cientos de periodistas y “pseudo-periodistas” de pacotilla han intentado por todos los medios preparar una entrevista conmigo. Por motivos obvios solamente uno de cada muchos logran su cometido. La dirección de la prisión no puede dar permisos a todo el mundo porque son demasiados los demandantes así que me dan a elegir a mí entre los que pasan el “cásting”.
Pero ese interés en mí no nació de la nada, no… La primera entrevista la pedí yo. Lo tenía planeado desde la noche en la que me tatué el escorpión. Si iba a pasar toda la vida entre rejas no iba a ser en vano. Me iba a convertir en un ejemplo a seguir. Y ¿cómo pensaba hacerlo? Muy sencillo. Hice llamar al programa de televisión de más audiencia del momento. Un programa de ésos de prime time del corazón en el que presentadores y colaboradores pelean como si estuvieran en un ring de boxeo. Escupen odio y bilis por sus bocas hipnotizando a los telespectadores durante unas horas haciéndoles olvidar así sus miserables y asquerosas vidas. Era mi trampolín al estrellato. Pensaba darles un pequeño adelanto de mi historia para que así otros empezaran a interesarse y siguieran difundiendo mi nombre hasta que llegara el libro, con el cual mi familia conseguiría unos grandes ingresos y las mujeres del mundo entero tendrían una guía práctica en casos de emergencia.

El día de mí primera entrevista estaba muy nerviosa. El pavor a hablar en público siempre me acompañó y este no quería ser una excepción. Pero me dije a mí misma que no, que iba a presentarme ante el mundo como la mujer escorpión de la que tanto habían hablado e iba a transmitir toda mi fuerza a través de la pantalla para que así le llegara a todo el mundo por igual, hombres y mujeres.

Me llevaron esposada a una sala apartada de las celdas y me hicieron sentar. Delante de mí y a mi alrededor unas cinco cámaras estaban preparadas para grabar. La entrevistadora entró unos minutos más tarde. Se llamaba Natalia Ruiz. Era una periodista joven, seguramente le habían “empaquetado” aquella entrevista porque nadie más estaba dispuesto a hacerla. Llevaba poco tiempo en el programa.

Estuvo unos segundos revisando sus papeles y al fin empezaron a grabar.

Hizo una presentación no muy extensa y seguidamente empezó a lanzar preguntas indiscretas.

—Se la conoce como a la mujer escorpión. ¿Se siente orgullosa de ello?

—Verá, me sentiré orgullosa el día en qué estemos inundados de mujeres escorpión que han seguido mi ejemplo.

—Así que sí se siente orgullosa.

—La vida te pone delante de la cara situaciones en las que debes reaccionar. Y yo reaccioné de la manera que creí conveniente.

—¿Tomarse la justicia por su mano considera que es reaccionar?

—Es la única justicia que existe ahora mismo.

—¿No cree entonces en los jueces? Si lo que cuenta usted es cierto, ¿no deberían estar aquí encerrados las víctimas y no usted?

—Eso nunca hubiera ocurrido.

—Esa afirmación no puede ser constatada.

—Verá, estamos en una sociedad patriarcal en la que lo que me sucedió esa tarde sucede a diario a cientos de mujeres en este país y el sistema judicial no hace nada más que culpabilizar a la víctima. Así que, ya que iban a culpabilizarme de todas formas ¿porqué no hacerlo a lo grande?
En ese momento sentí la fuerza en mí. Sonreí a la entrevistadora y luego sonreí a cámara.

—No les he llamado para que vengan a señalarme con el dedo para que todas las señoras mayores en sus casas puedan gritar a la pantalla “¡bruja!” y cosas de ese estilo. Les he llamado para adelantarles parte de mi confesión la cual saldrá en formato libro en unos meses. Quiero que todo el mundo sepa qué hice y cómo lo hice y que sepan porqué y que todas las mujeres de este mundo sepan qué hacer si se encuentran en una situación parecida.
Empecé a explicar con pelos y señales lo que había sucedido hacía siete meses atrás. Estuve al menos treinta minutos hablando mientras los cámaras y la señora Ruiz me miraban con la boca abierta.

—Una violación entre cinco no se olvida NUNCA. El modo en que se reían, el modo en que me hablaban, todo lo que hacían. La manera como te sientes cuando ya todo ha acabado y parece que todo pasó pero no, no ha hecho más que empezar. Como la vergüenza, humillación y la culpa se convirtieron en poco tiempo en una ira incontrolable todavía no lo sé. Pero entonces sabía que ya todo estaba perdido. Yo conocía a esos chicos, les había visto en las noticias una infinidad de veces. Eran una de esas manadas que se han puesto de moda. Llevaban diez violaciones contando la mía y seguían en la calle. Me dí cuenta que nadie haría nada por mí ni por las demás y entonces lo vi claro. Iba a ser la última vez que ocurría.

No fui a la policía, no se lo expliqué a nadie. Hice unas averiguaciones por mí cuenta y el día que me decidí me tatué el famoso escorpión símbolo de mi venganza y mi libertad. Porque aunque esté aquí dentro me siento libre al fin.

A la entrevistadora le costó unos segundos volver a su papel de alimaña carroñera, pero así lo hizo.

—Debes haber sufrido mucho, eso no lo negamos pero… La forma en que encontraron los cuerpos… Eso fue obra de un sádico en todo su esplendor.

No pude evitar volver a sonreír.

—Eso quedará para una segunda parte de la entrevista. Todavía hay mucho que contar. Solamente quisiera añadir una cosa. A todas las mujeres que me están viendo deciros que tenemos el poder, que se ha terminado para siempre. El matriarcado ha empezado.

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