La diplomacia bolivariana es a prueba de drones

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No es de extrañar que los países del mundo observen (quizás sorprendidos) cómo la diplomacia bolivariana soporta históricamente los continuos ataques políticos, basados en mentiras y manipulaciones de gobiernos alineados con las políticas del Pentágono.

No es raro preguntarse cómo los diplomáticos bolivarianos y los funcionarios del gobierno revolucionario actúan de manera tan calmada. Sobre ellos pesan graves acusaciones y últimamente, sanciones de carácter judicial y penal fabricadas a la carta por organismos de inteligencia estadounidense. Todo esto, sumado a una matriz de opinión que tratan de imponer a todo tren los oligopolios mundiales de comunicación, que se amalgaman a los intereses de los halcones.

Para esto es clave comprender la esencia de la diplomacia bolivariana, y tiene cuatro pilares fundamentales: la NO injerencia en los asuntos internos de otros países, el respeto a la paz y a las condiciones políticas e ideológicas de la gobernanza de cada país (en el marco del respeto mutuo), la visión conjunta de un mundo multi-polar y la noción de soberanía como concepto clave del desarrollo.

Fue Hugo Chávez quien inauguró una nueva forma de entendimiento político en Latinoamérica y el mundo, siguiendo la línea de Bolívar. Organizaciones multiestatales como ALBA, Petrocaribe, UNASUR son fiel testigo del momento estrella de la unión latinoamericana.

La OPEP, la MNOAL, ONU y otras más vieron cómo Venezuela se convertía en un líder mundial por la calidad y la originalidad de sus planteamientos diplomáticos. Su relevo fue el presidente actual de Venezuela, Nicolás Maduro, que significó la solidez y la graduación de esta diplomacia a nivel mundial.

Esta experiencia internacional y el roce con las principales potencias de la tierra sin duda es un hándicap imprescindible para sortear la guerra desatada contra su gobierno, que va desde la agresión económica hasta los recientes intentos de magnicidio.

La diplomacia bolivariana está calificada por muchísimos países del mundo como una diplomacia representativa: es decir, que sus declaraciones y acciones frente a organismos multi-laterales representan la ideología, las esperanzas y los deseos de muchos países.

La paz, como mandato supremo para el desarrollo no está extenta del clamor de justicia social, de reconocimiento a los excluidos, a los invisibles. Lo puede decir el pueblo colombiano que observó un proceso de paz inédito que acabó con una guerra interna de más de cincuenta años entre los grupos armados guerrilleros y el gobierno colombiano. Este proceso fue posible por la intervención del presidente Chávez y nuestro canciller para ese entonces, Nicolás Maduro.

Hoy asistimos consternados a la destrucción de la paz en Colombia, debido a la intervención de Estados Unidos bajo la máscara de la USAID: la inserción de los cuadros guerrilleros significó su matanza sistemática y su delación a la inteligencia norteamericana. No existe la paz hoy en tierras granadinas, ensangrentada por las centenas de asesinatos a líderes sociales con la impunidad que otorga al paramilitarismo el gobierno de Iván Duque.

No en vano Venezuela de nuevo tiene un puesto en el consejo Derechos Humanos de la ONU. Sus logros no son gratuitos ni vienen por ósmosis. La diplomacia bolivariana ha demostrado durante más de 20 años que es un muro de piedra en donde el Pentágono se estrella continua e inexorablemente contra la fuerza, y la verdad de un pueblo que se niega a dejar su destino
en manos de los poderes fácticos a nivel mundial. Un pueblo que se niega a ser expoliado, invadido y saqueado.

Solo el tiempo nos dirá el valor, la profundidad histórica y el alcance de la diplomacia bolivariana. Lo que sí es cierto es que se contrapone frontalmente a los intereses de países como Estados Unidos; a los intereses de organizaciones como la OTAN que se basan en una doctrina guerrerista que ha expoliado los recursos naturales de todas las naciones que han “intervenido“, condenándolas al fracaso y a la miseria.

Y cada país en donde deja su huella el ideal bolivariano queda signado en su pueblo, no en la política de su gobierno. La acción de la doctrina diplomática revolucionaria no trata de influir sobre el pensamiento ni la acción de nadie. Cuando se tiene la verdad histórica, cuando un pueblo responde a las directrices de su gobierno y los refleja en las urnas con una votación demoledora durante 20 años y más de 20 elecciones, tiene la profundidad y respeto internacional para hablar de cara al mundo, con el pecho descubierto. La verdad de Venezuela explota como bomba en todas las matrices de opinión y en todos los medios internacionales que tienen como misión silenciar los logros de Venezuela.

Los gobiernos neoliberales y lacayos del imperialismo tienen a Venezuela demonizada, como tópico principal de sus arrebatos y su odio. En su ferocidad anti-progresista tratan de instalar en los medios de comunicación internacionales un “sentimiento” de pérdida, una ilusión de fracaso.

El aislamiento diplomático en este momento intenta consolidar dentro de la opinión pública mundial la caída del gobierno revolucionario cuando la realidad y los hechos demuestran que Venezuela levanta vuelo a pesar de las sanciones económicas, a pesar del aislamiento, el desabastecimiento, los sabotajes internos y el bloqueo financiero, el robo de sus activos, la xenofobia inducida y la guerra mediática.

Ante esto, no podemos ponernos nerviosos. No no exaltamos, no gritamos. No abandonamos reuniones ni espacios importantes. Nuestra frialdad es la serenidad del que se sabe predestinado a la lucha, a enfrentar a un enemigo poderoso pero arrogante y fatuo.

Nuestra tranquilidad es producto de la seguridad y la razón. Nuestras emociones salen a flote ante la injusticia a la que someten a nuestra gente. Esa emoción y pasión es un motor sin freno que nos adereza la voluntad. Queremos ser libres. Y estamos en el camino de liberar a muchos más. No hay nervios posibles cuando tenemos esa prerrogativa porque somos hijos e hijas de Libertadores. Seguimos.

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