Círculo de tiza

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Los trabajadores esperaban impacientes. Los rodeaba, pintado en el piso, un imperfecto círculo de tiza. Horas antes algunos habían sido despedidos y otros habían recibido notificaciones de rebajas de sus sueldos. Hambre, desconcierto, angustia.

El enorme Bertolt Brecht estrenó en 1948 una obra de teatro ambientada en la Georgia soviética; en ella presentó la historia de dos mujeres enfrentadas por la custodia de un menor. Una de ellas, su madre biológica, lo había abandonado tiempo atrás y la otra, Grusha, lo cuidó como si fuera su hijo durante todo el tiempo de ausencia de sus progenitores.

El dilema llegó a manos de un juez, quien llamó a juicio a las dos ‘madres’ y colocó al niño en medio de un círculo de tiza. Cada mujer debería tirar de un brazo del menor hasta que logre sacarlo del círculo; quien lo logre primero ganaría la custodia del vástago.

Círculo de tiza, obra original de Li Xingdao, siglo XIV. La versión libre de Bertolt Brecht se estrenó en 1948.

Brecht es el Lionel Messi de la semiótica en la dramaturgia. Cada rasgo de sus personajes, cada escena de sus obras, cada línea de sus guiones tiene o puede tener significados más allá de las superficies.  Incluirlo en estas líneas obedece a la necesidad de homologar la angustia de los trabajadores despedidos con la del infante abandonado. Angustia, hambre, desconcierto.

Desde la orilla del capitalismo más ortodoxo, el dueño del capital es el generador del trabajo. Él -o ella- con la fundación de su negocio pare puestos de trabajo, los da a luz, los crea. El capital es, pues, desde su ombligo, la madre del trabajo. Además -siempre desde su narrativa- crea puestos de trabajo en los que todo se circunscribe al mérito personal y que se gestan con dineros privados, es decir, sin engrosar las nóminas de pago del Estado.

En la orilla del socialismo, el trabajo se lo aborda principalmente desde los derechos de la parte más débil: el trabajador. Se procura salvaguardar la dignidad del trabajador a través de la progresión de derechos que incluyen estabilidad laboral y remuneración idónea. El socialismo es, desde su matriz, la protectora del trabajo. Además -siempre desde su narrativa- la única forma aceptable de que las empresas privadas logren utilidades es ejerciendo prácticas respetuosas con los derechos de sus trabajadores.

El Aleph, Borges, 1949

Como el globo terráqueo que Borges ve multiplicado ad infinitum por dos espejos en El Aleph, contraponer los dos párrafos precedentes generan un número incontable de apreciaciones, posiciones políticas, hipótesis económicas, criterios jurídicos, argumentos filosóficos, razones prácticas, etc.

¿Quién tiene más derecho a definir las condiciones del trabajo: el capitalismo que lo gesta o el socialismo que lo cuida? ¿Realmente el trabajo es gestado por el capital y, de ser así, es esto relevante? ¿Realmente el socialismo preserva y mejora el trabajo?

Las preguntas entrañan complejidades semejantes a las de las dos mujeres que reclaman la custodia del niño en Círculo de tiza caucasiano, de Bertolt Brecht. Y las alternativas de respuestas son infinitas como el globo terráqueo borgesiano flanqueado por los dos espejos.

Situados y sitiados al interior del círculo de tiza, los trabajadores escuchan a sus empleadores; éstos les ofrecen que no habrá más despidos, pero que las personas que han sido dadas de baja no volverán a la empresa y la rebaja de sueldos permanece. La ley ampara a los empresarios. La razón -su razón- también: es mejor aceptar la rebaja de sueldos que quedarse sin trabajo. La madre capital ha tirado fuerte. Muy fuerte.

Del otro lado del círculo no hay nadie. No hay izquierda organizada ni centrales obreras ni sistema judicial que proteja al vulnerable frente a los excesos del capital. Apenas unas pocas voces tan valientes como esporádicas.

Al momento en que termino estas líneas, esta historia latinoamericana se está resolviendo a favor del capitalismo: empresas, gobierno y grandes medios de comunicación han coludido para dar forma a lo que Xavier Flores denomina la dictadura inadvertida en su artículo homónimo cuyo enlace está disponible al final de estos párrafos.

La esperanza (siempre) reside en Brecht: en su obra el juez observa la conducta despiadada de la madre biológica y le da la custodia del niño a Grusha, su cuidadora en tiempos de carencias.

¿Dónde está Grusha? ¿Dónde está el juez? Tal vez los encontremos en las próximas elecciones. Tal vez.

https://elestado.net/la-dictadura-inadvertida-i-los-origenes/

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