La nueva normalidad huele a anarquía

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Hemos construido un cementerio en nuestros corazones, que se alimenta con los compañeros y compañeras que no hemos podido sepultar, con la preocupación por los presos políticos que no hemos podido liberar y con la ansiedad que genera el temor que la “nueva normalidad” termine con nuestras utopías. A pesar de ello, en nuestros corazones palpita la rebeldía.

El mundo atraviesa por una etapa de crisis sistémica, estructural y global profunda, que impacta todas las áreas de la vida humana y de la naturaleza en que está sustentada, mientras en el sistema capitalista se abren enormes fisuras y contradicciones impredecibles.

El imperialismo y el Neo Imperialismo buscan alternativas en el posicionamiento geopolítico y en la guerra para atenuar los efectos económicos y políticos de las cada vez más profundas crisis económicas, y a crear artificialmente conflictos con métodos neocoloniales a fin de conseguir mejores condiciones para la acumulación de capital.

Esta crisis global, estructural y sistemática del capitalismo, acompañada por los diferentes estallidos de las burbujas financieras, va unida al desmantelamiento de la economía productiva real y a la especulación en el mercado de las tierras. La crisis se refleja, además, en el elevado precio de oro, en tanto que valor de refugio ante una situación de incertidumbre económica.

De esta manera, la vorágine de incertidumbres arreciada con la pandemia, se suma a la ampliación de los márgenes de todo aquello que desconocemos y ante lo cual buscamos, con urgencia, explicación alguna.

Lo anterior obliga a plantearnos dudas que se encaminan a intensificar la noción del fin de las certezas y hace estallar la posibilidad de un conocimiento acabado respecto al mundo fenoménico y sus cataclismos “post pandémicos” donde se incluye el futuro de la desigualdad social que desgraciadamente tiende a intensificarse con la crisis epidemiológica.

La nueva peste es un fenómeno global, pero la misma globalización ya estaba preñada de dudas; de ahí el margen de desconocimiento y de impotencia ante lo imprevisible. Son los signos de un cambio de ciclo histórico en el mar de un colapso civilizatorio de amplias proporciones para los poderes imperialistas y la esperanza de una nueva ola civilizatoria para las naciones del Sur. Nuestro Norte, está en el SUR.

La pandemia desnudó las múltiples miserias y flagelos de la humanidad y posibilitó el escenario para vilipendiar y diezmar la palabra desde la resistencia. En medio de esta crisis, la construcción de significaciones se tornó un terreno minado y expuesto a las disputas propias de los senderos del poder y el ejercicio de la dominación.

Curtidas a flor de piel por el capitalismo, las desigualdades se manifiestan en un problema sanitario que no afecta a todos por igual, y que segrega la exclusión de amplios sectores sociales que, con las privatizaciones y el desmantelamiento sistemáticos de los sistemas de salud, no solo padecen los estragos del contagio, sino la inducida escasez y la negligencia médica.

En el informe de Oxfam Intermón titulado Una economía al servicio del 1%, se indica que, hacia el año 2015, el 99% de la población mundial posee menos riqueza que el 1% más acaudalado. Ese mínimo porcentaje posee más del doble de la riqueza que el equivalente a 6.900 millones de habitantes.

Esta desigualdad económica se expresa también en los 3,600 millones de personas que contaban en 2015 con igual riqueza que los 62 individuos más acaudalados del mundo. Una mínima comprensión de los problemas contemporáneos, necesariamente, atraviesa por el abordaje de esta polarización socioeconómica.

La cantidad con la cual sobreviven la mitad de los habitantes del planeta es $ 5, 50 al día. Ello, por supuesto, no bastaría para sufragar el pago de las facturas hospitalarias para atender un sinfín de enfermedades; incluido la COVID-19.

Esa desigualdad extrema global, en parte, se explica por las políticas fiscales regresivas que eximen de impuestos a la riqueza y al gran capital, y cuyos poseedores solo aportan 4 centavos de cada dólar a las arcas públicas.

A ello se suma que las grandes fortunas evaden alrededor del 30% de sus obligaciones fiscales. Este fortalecimiento del capital en detrimento del Estado, redunda en menor proporción de servicios educativos y sanitarios para los trabajadores que soportan el grueso de las cargas impositivas.

En materia de servicios sanitarios, con la austeridad fiscal difundida por el fundamentalismo de mercado, persiste un déficit en la financiación y/o predomina un esquema de subcontratación donde las empresas privadas tienden a excluir a las familias pobres.

Esta desigualdad se expresa en las 10, 000 personas que mueren diariamente por su imposibilidad para pagar servicios médicos; al tiempo que anualmente, 100 millones de habitantes se precipitan en una situación de pobreza extrema y marginación ante la urgencia de hacer frente a estos gastos en salud.

Ello, sin duda, incide en la reducción de la esperanza de vida en las sociedades subordinadas a los intereses imperialistas. Estos pobres viven hasta 10 o 20 años menos que los miembros de familias ricas.

Subsumida por la pulsión y defenestrada por el rumor y la mentira, la palabra en la era de la pandemia experimenta una pérdida de sentido al engarzarse con el miedo y con las posibilidades de control del cuerpo, la mente, la conciencia y la intimidad.

Lapidada por el instinto y la emoción, la palabra regida por la “post-verdad” gesta una realidad paralela al propio curso contradictorio de la pandemia. Repetidos una y otra vez esos argumentos infundados, se entronizan como discurso hegemónico que rige perspectivas, posicionamientos, decisiones, cursos de acción y comportamientos que tienden a la rebeldía desorganizada. La nueva normalidad huele a anarquía.

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