Tlatelolco, México: dos de Octubre

Mucha agua ha fluido por el Rio Bravo del Norte, desde que en 1914 la Expedición Punitiva, al mando de John J. Pershing (con el apoyo de Ike Eisenhower y George Patton) invadió México persiguiendo a Villa.

El general zapatista, Rubén Jaramillo, se levantaría en armas y caería bajos las balas de la dictadura perfecta, todavía en ciernes, que lo asesinó a traición en 1962 y el Cuartel Madera en Chihuahua seria ataco por insurgentes en septiembre 23, 1965 y a partir de ello, la Liga Comunista 23 de septiembre se organizaría como movimiento insurrecto.

Se sucederían las movilizaciones en la capital azteca, día tras día y los órganos de represión contrainsurgente afinaban los mecanismos de tortura buscando a los integrantes de la Liga 23 de septiembre, incluyendo aquel día, hace 52 años.

Ese día, se desplazaban, de bengala, luces; saludando los ventanales de los 15 pisos del Edificio Chihuahua en Tlatelolco, expulsadas de helicópteros. Miles de estudiantes les acompañaban con la mirada en su vertical e inexorable movimiento, ordenado por la gravitación universal, que anunciaba la inminencia de la masacre que en 2018, se rememoró con movilizaciones y la música de los Guaraguao en la Plaza de las Tres Culturas.

La Cultura Tres, del México moderno, representada por la Torre de Tlatelolco, sede hasta 2005 de la Secretaría de Relaciones Exteriores y posteriormente del Centro Cultural Universitario y Memorial del 68 de la UNAM.

Días después, lavada la sangre del suelo, la carrera duró poco más que un soplo, pero la ceremonia de premiación y la hecatombe anunciada por las de bengala, luces, pasaron a conformar parte de la memoria colectiva.

En los 200 metros planos, Olimpiadas de México 68, Tommie Smith se llevó el oro, el australiano, Peter Norman, se coló segundo y John Carlos ganó el bronce. En el podio, Tommie Smith y John Carlos aparecieron en calcetines, con zapatos en mano, portando un guante negro.

Los tres atletas llevaban botones del Proyecto Olímpico Para los Derechos Humanos. Cuando sonaron los acordes del himno de EEUU, los velocistas afroamericanos bajaron la cabeza y alzaron el puño en señal de protesta.

Peter Norman fue solidario; ello y su crítica a la política australiana de restricción de migración de “no blancos” lo condenó al ostracismo mediático en Australia. ¡Fueron expulsados de la sede olímpica!

Oriana Fallaci, periodista italiana, enviada a reportar las olimpiadas y descansar de los horrores norteamericanos en Vietnam, permaneció tirada sobre su propia sangre. Se cuenta que escondida dentro de un basureo en forma de hongo, de los muchos que había en Tlatelolco, sobrevivió a la matanza.

Mientras tanto, helicópteros, tanques, granaderos, militares y federales del Batallón Olimpia contaminaban, con su presencia, el ambiente. Los gritos se veían en los rostros de desesperación, impotencia e indignación de los manifestantes, estudiantes de preparatorias y vocacionales, UNAM y Politécnico.

La Cultura Dos, de la España colonial, representada por la Iglesia Católica de Santiago. Los invasores construían sus templos cristianos sobre los templos de los pueblos originarios. De esta manera aprovechaban las piedras para la construcción y se engendraba la sacralización del espacio.

Ese día lo sagrado fue cerrado por órdenes del cura. La iglesia decidió no conceder refugio a los martirizados y garantizó el éxito del genocidio.  Así, las piedras, dos veces sagradas, se convirtieron en testigos mudos de dos masacres.

Las de bengala, luces, siguieron el camino de Newton y su manzana y al besar el suelo iluminaron la plaza, comenzaron los disparos y, con su sonido, los muertos. A pocos metros, sobre la Avenida San Juan de Letrán hoy Eje Central Lázaro Cárdenas, grandes camiones de militares, con pliegos de madera en sus laterales y gruesos lazos en la parte trasera, se llenaban de estudiantes que eran traslados con rumbo desconocido y a Lecumberri, la prisión, los afortunados.

La Cultura Uno, de Tenochtitlan, representada por ruinas prehispánicas del pueblo mexica llamado Tlatelolca. En esa época y en ese lugar existía un mercado que abastecía de mercancías provenientes de Mesoamérica a los habitantes del Valle de México.

Los gritos dejaron de verse y pasaron a escucharse. Al acercarse vertiginosamente a la Escuela Vicenta Trujillo el correr de los martirizados. Como ecos de la otra matanza. Botellas vacías eran arrojadas por los habitantes de los condominios tratando de ayudar al escape de las víctimas.

En la Vicenta Trujillo, como en todas las escuelas de México, regalaban los libros de texto, se subrayaba que los gringos le robaron la mitad del territorio a México y asesinaron a los niños héroes, que la Malinche es traidora y que Hernán Cortes quemó los pies de Cuauhtémoc.

Ergo, resulta irritante pensar que en Honduras existe un departamento con nombre de “gachupin” asesino, mientras nos alejamos del “civilon” José Trinidad Cabañas, con cada acto de corrupción.

Bernal Díaz del Castillo describe la carnicería de 1521: “fue tan sangriento que era imposible caminar por el lugar debido a la cantidad de cadáveres apilados”, más de 40.000 mexicas fueron asesinados ese día. Ese día, desde la ventana del tercer piso del edificio Ignacio Zaragoza, a 200 metros de la escuela Vicenta Trujillo y 300 de la Plaza de las Tres Culturas.

00 Poco después, surgirían Lucio Cabañas, Genaro Vásquez y Héctor Heladio para combatirla y con ellos la guerra desconocida del movimiento insurgente mexicano.

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