Asalto al capitolio: la consecuencia de la ultraderecha en el poder

Donald Trump, y los que lo han acompañado hasta el 6 de enero, ha golpeado la democracia de su país, como su nación ha hecho en el mundo durante décadas.

Un sujeto vestido como si fuera una mezcla entre un cazador de castores y el jefe de la tribu de los Seminolas. Otro, corriendo como un poseso vestido de Batman, sólo le faltaba el batcoche. Uno que sabe perfectamente dónde ir, y se agencia un atrio del mismísimo congreso.

Los pocos policías y agentes de seguridad se parapetan armados, cubriendo su posición con el mobiliario del lugar para hacer frente las hordas de gentes que corren como búfalos -aunque estos bóvidos al menos corren en manada, con sentido de pertenencia a una clase- en busca de un selfie o una foto que inmortalice “suasalto a la sede de la democracia de su país.

Al final de este asalto improvisado, todos hacen cola para salir como si nada hubiera sucedido. Una mujer fallecida por bala, cuatro más por ataque al corazón. Pocos detenidos, mucho ruido, mucho destrozo.

Pocas horas antes, el presidente, su presidente, alentaba las masas concentradas a negar la legitimidad de quién ha sido ganador de estas pasada elecciones presidenciales. Él señaló, ellos dispusieron.

Sí señores y señoras, esto no es una escena de teatro, ni una película de Hollywood -aunque vale pena decir que al menos en las películas de Hollywood el Congreso de los Estados Unidos parecía estar mejor protegido-. Esto es el presente de la supuesta primera democracia del mundo, los Estados Unidos. Y su principal protagonista, por más increíble que les pueda parecer, es su presidente: Donald Trump.

Nadie puede decir que Trump no avisó. Y es que como dice el refrán, “de esos barros estos lodos“. Resulta como mínimo hipócrita ver como ahora muchos de los que vitoreaban las “burradas” de su presidente, cuando han visto “las barbas del vecino quemar”, han decidido saltar del barco de asalto trumpista.

Cargos públicos, medios de extrema derecha, miembros de la dirección del Partido Republicano etc., todos ellos son tan culpables como Donald Trump de conducir su país a la absoluta polarización a través de la mentira y la agresión física y verbal de todos los que no piensan como ellos.

Y sí, la comunidad afroamericana tiene toda la razón. ¿Qué hubiera sucedido si esos manifestantes hubieran sido negros?

Y siguiendo con los refranes, “quién siembra vientos, recoge tempestades“. Y es que los Estados Unidos son víctimas de su propio pasado no tan lejano -eso incluye a republicanos y a demócratas por igual-, pues este país, con esa maldita idea de meter la nariz en todos los rincones del mundo donde tienen intereses económicos, han sido protagonistas de infinidad de golpes de estado.

Recordemos: Chile, Nicaragua, Cuba, Irak, Venezuela, Honduras, Paraguay y Bolivia por nombrar algunos. Esa cultura golpista algún día la pagan sus propios ciudadanos, y Trump ha sido el gran condensador de las ideas supremacistas y golpistas tejidas durante decenios y decenios en la práctica de la inteligencia norteamericana.

No es fácil resolver este embrollo. Por mucho que muchos demócratas, y no nos engañemos, muy pocos republicanos, quieran echar a Trump, el trumpismo (¡con sus 70 millones de votantes!) seguirá ahí.

Y quizá Trump, si no es que le cae encima alguna condena entre sus múltiples querellas, también permanecerá ahí, al frente del Partido Republicano. Los suyos, que entre sus filas hay muchos que hacen la vista gorda con una gran hipocresía, (Ted Cruz, Mitch McConnell, Lindsay Graham, Mike Pence…) serán incapaces de echar a Trump porque Trump es el Partido Republicano.

Y fijando el foco en la política española, mucho me temo que esta gestualidad subversiva de la derecha norteamericana va a ser un preludio con amplias simpatías en la derecha y la ultraderecha española.

Las reacciones de ambos partidos –Vox y PP- tirando pelotas fueras con fantasías propagandistas sobre lo “malitos” que son los otros (la izquierda) vuelven a negar la condena de un hecho tan grave como el acometido por los seguidores de Trump en el Capitolio.

Resuenan aires de negación de la realidad porque esa realidad, o les es incómoda, o la sortean mirándola de frente con una cierta admiración. Con el franquismo, la derecha, hizo lo mismo: negar la realidad porque la realidad no les favorece.

El asalto al Capitolio es un acto de propaganda propiciado por el primer mandatario del país, a eso se le llama golpe de estado, sin tapujos, pero también, pensando en lo que trama la ultraderecha española, por ejemplo, con los militares en pie de guerra, es superar las capacidades del viejo y aburrido sistema democrático “por el bien común, por el bien del pueblo supremo que representa la suprema soberanía”.

Quizá no veremos golpes de estado chapados a la antigua, pero veremos movimientos subversivos de verdad -no como los inventos mentirosos en el juicio a los líderes del Procés– donde habrá más agresividad, y por encima de todo se centrará el foco en el hecho que no en las consecuencias. La democracia como sistema se verá entredicho, superada por hechos que no contarán con una masa de gente, pero sí contará con efectivos clave para verse en apuros.

La ultraderecha de este país lo intentará, intentará en su momento protagonizar su nuevo asedio y resistencia en el Alcázar de Guadalajara, depende mucho de la reacción de la izquierda, de si está movilizada o no, del arraigo del sistema democrático (que con la fuga del rey parece una zambomba de Navidad y ¡qué caray! Depende de nuestra dignidad parar la barbarie de quienes se creen superiores al resto.

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