21001: el último Miguel Hernández

1939: Madrid cercado y el gobierno de la República huido. El poeta-soldado y comunista Miguel Hernández llegaba por la noche a la sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, lugar de retaguardia y reunión para el arte republicano y revolucionario que le había servido de cobijo algunos descansos durante los tres inviernos que duró la contienda. Cansado por el frente y la previsible derrota ante el fascismo, el poeta encontró otra nueva fiesta en el local, esta vez realizada por la también poeta María Teresa León. Era en honor a la Mujer Antifascista.

Miguel había luchado durante la guerra allí donde había podido, con el fusil y la palabra. Se enroló en el ejército republicano al clamor de la sangre. Había visto morir a camaradas y civiles ante las tropas legionarias, italianas, alemanas y moras. También había podido sentir la rabia contra los artistas que hablaban de la revolución y la guerra solo desde la retaguardia, donde no llegaban las balas; tal era el caso de la poetisa María Teresa León. Juan Ramón Jiménez diría años más tardes: «los poetas no tenían convencimiento de lo que decían. Eran señoritos, imitadores de guerrilleros, y paseaban sus rifles y sus pistolas de juguete por Madrid, vestidos con monos azules muy planchados. El único poeta, joven entonces, que peleó y escribió en el campo y en la cárcel, fue Miguel Hernández…».

¿Quién habló de echar un yugo / sobre el cuello de esta raza? / ¿Quién ha puesto al huracán /
jamás ni yugos ni trabas, / ni quién al rayo detuvo / prisionero en una jaula?.

«Vientos del pueblo». Miguel Hernández

Aquella noche el poeta valenciano se dirigió a Rafael Alberti (marido de María Teresa León y encargado en Madrid para la fuga de exiliados) exclamando «Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta». Alberti retó a Hernández a decirlo en voz alta y delante de todos, a lo que éste último, enfadado, aceptó dirigiéndose a una pizarra que colgaba en el salón y escribiendo con mayúsculas otra vez: «Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta». María Teresa viendo lo ocurrido se acercó a Miguel dándole una bofetada y dejándolo caer al suelo. Ninguno de los tres lo sabían que la ruptura de su amistad había condenado la vida de Miguel Hernández. Los días pasaban también desde aquella noche, y Madrid estaba más cerca de capitular -o caer luchando-. En tanto, y conociendo la fama que Miguel Hernández había cosechado durante la guerra civil, Vicente Aleixandre y José María de Cossío suplican al poeta alicantino que abandone España, sabiendo que sería de los primeros en ser asesinado. Gracias a la mano de los amigos Antonio Aparicio y Juvencio Valle, ambos poetas y dramaturgos, Miguel se reúne aquel día con el encargado de negocios en la embajada de Chile en Madrid.

Horas más tarde, el 26 de febrero de 1939, volvería el poeta-soldado a reunirse con Rafael Alberti y María Teresa en la sede de la Alianza, junto al diplomático chileno Carlos Morla para acordar su salida de España. Al día siguiente, el 27 de febrero, salían rumbo a Alicante –donde se encontraba el último gobierno de la República y la última base aérea de las fuerzas republicanas- el matrimonio Alberti, aunque no Miguel. Carlos Morla había recibido esa misma mañana la lista de recomendación de Alberti, donde no figuraba el nombre de Miguel Hernández, pero sí el de su secretario y el de otros hombres que no corrían tanto peligro. Al día siguiente el diplomático escribía en sus notas privadas: «Ha venido a verme esta mañana el poeta chileno comunista Juvencio Valle, acompañado de Miguel Hernández […]. El peligro en que se encuentra [Hernández] es grande y viene a pedirme ´asilo´ […]. Querría salir de España, dan pasaportes a millares, pero naturalmente no a los de edad militar que están movilizados […]. Sin embargo, sale todo el que puede hacerlo. Me cuentan que Alberti, María Teresa León y Santiago Ontañón han salido ya, sin acordarse de él. Así es la vida. Por eso estaban tan tranquilos el otro día…». Dos días más tarde vuelve a escribir: «… [Hernández] no ha pensado un momento en tomar medidas de precaución, y Alberti, que tenía su salida muy arreglada, no se ha preocupado de él a pesar de que también era miembro de la Alianza Intelectual«.

Mas, algo me ha empujado desesperadamente. / Caigo en la madrugada del tiempo, del pasado. / Me arrojan de la noche. Y ante la luz hiriente / vuelvo a llorar, desnudo como siempre he llorado. El niño de la noche. Escrito en la cárcel, fecha indefinida (1939-1941).

Miguel Hernández

El 5 de marzo de 1939 Cataluña ya había caído y el coronel Casado, junto a las fuerzas de la quinta columna, el líder de UGT Wenceslao Carrillo (padre del después dirigente comunista Santiago Carrillo) y el anarco-sindicalista Cipriano Mera conjuraron un golpe de Estado contra la República y Juan Negrín para entregar Madrid a Franco. Mientras los comunistas repelían y ganaban las últimas batallas contra el fascio en la Casa de Campo, también se desataba otra guerra civil dentro de la capital. La derrota y la represión eran cercanas y el caos y el miedo habían tomado la ciudad; las sedes de la CNT, UGT, PCE, etc. Ardían intentando eliminar el nombre de todo militante sindicalista o comunista. Cossío y Aleixandre acompañaron a Miguel a las afueras, para que escape en dirección Valencia. Cinco días más tardes el poeta logra reunirse con su mujer y su hijo en Cox en Alicante. El matrimonio sabe que el poeta debe seguir huyendo.

Es posible que no haya nacido todavía, / o que haya muerto siempre. La sombra me gobierna. /
Si esto es vivir, morir no sé yo qué sería, / ni sé lo que persigo con ansia tan eterna. Sigo en la
sombra, lleno de luz ¿Existe el día?

Escrito en la cárcel, fecha indefinida (1939-1941). Miguel Hernández

Dejándolos en su hogar, Hernández pasa como puede toda la Andalucía del sangriento Queipo de Llano. Llega a Aroche en Huelva, donde cruza el río Rivera de Chanza para entrar a la Portugal fascista de Salazar. Hambriento y en harapos, el poeta-pastor vende allí el traje y el reloj que Aleixandre le había regalado por su boda con Josefina, aunque el comprador avisa a la policía portuguesa extrañado por la apariencia del vendedor, que se lleva a Miguel a los calabozos del puesto fronterizo de Rosal de la Frontera en Huelva y lo entrega a las tropas franquistas.

A partir de este momento Miguel Hernández corre una suerte de prisiones y campos de concentración franquistas en donde su salud mengua poco a poco. El 18 de mayo de 1940 el poeta-pastor-soldado-preso está en la prisión de Torrijos (Madrid) cuando recibe una más de tantas cartas de Josefina. En esta conoce que su hijo y ella sólo comen pan y cebolla, el poeta responde con un poema, Nana de la cebolla:

Vuela niño en la doble / luna del pecho: / él, triste de cebolla, / tú, satisfecho. / No te
derrumbes. / No sepas lo que pasa ni / lo que ocurre.

Miguel Hernández en harapos empieza desde entonces a caer ante la sarna y la tuberculosis. En los huesos, vaga por las prisiones recordando a Manolillo y Josefina. A las 5.30 del 28 de marzo de 1942 el carnet número 120395 del ejército republicano cae en prisión franquista. El poeta Hernández se convierte en el final del expediente 21001.

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