Alexandra Ocasio-Cortez y el nuevo Sueño Americano

Muchos podrían romantizar la idea de que Alexandra Ocasio-Cortez es la demostración inequívoca de que el sueño americano sigue siendo posible, pese a los agoreros del desastre que insisten en señalar que los Estados Unidos son una potencia unipolar en decadencia.

La verdad es que la emergencia de esta mujer de 29 años e hija de puertorriqueños, como figura política estelar de la nueva izquierda estadounidense viene a ser, paradójicamente, una consecuencia de la “pesadilla americana” que se desató en 2008 con la caída de Lehman Brothers y el colapso financiero más grave de los siglos 20 y 21, que, hasta la actualidad, el planeta no ha logrado superar.

¿Cómo es, entonces, que esta camarera de la taquería Flats Fix, ubicada en Manhattan, renunció a su trabajo, decidió incursionar en un ecosistema político hostil, lleno de halcones, vacas sagradas y elefantes invencibles tanto demócratas como republicanos, y, contra todas las predicciones, salir airosa y fortalecida para protagonizar un inédito giro en el debate de la política norteamericana?

En realidad, el ascenso de Ocasio-Cortez no es una casualidad, sino más bien la consecuencia de una clara causalidad. Sus padres comprendieron que en “el país de las oportunidades”, la meritocracia, al igual que en otras democracias jóvenes y dolorosamente imperfectas (aunque la gigantesca maquinaria de alienación cultural estadounidense pretenda ocultarlo), está definida por la suerte de habitar lugares más privilegiados que otros.

Es así que Alexandra, pese a haber nacido y crecido en el Bronx, gracias al esfuerzo de sus padres logró mudarse a un sitio localizado más al norte: Yorktown. De esta forma, AOC logró evitar la mala educación de su condado de nacimiento, y pudo recibir una mucho mejor formación que, a la larga, le abrió las puertas para ingresar a la Universidad de Boston, en donde se graduó en Economía y Relaciones Internacionales.

Cuando retornó al Bronx, dos poderosos eventos forjaron su determinación política: el fallecimiento de su padre a causa de un cáncer y la caída de Lehman Brothers, ambos sucesos ocurridos en 2008. Ocasio-Cortez vivió en carne propia la debacle: debió trabajar en turnos de hasta 18 horas diarias como camarera en varios restaurantes para evitar el colapso financiero de su familia y, pese a todo, no pudo impedir que su madre y abuela migraran hacia la Florida para buscar un mejor destino.

Estos antecedentes, sumados a su condición de hija de migrantes, una indoblegable voluntad, ímpetu juvenil y claridad de pensamiento, no podían causar otro resultado que la definición de una fuerte contradictora del sistema como tal.

Es así que Ocasio-Cortez se autodenomina socialista, pese al estigma que el término tiene en una sociedad cuya institucionalidad se encargó de asociarlo con el «totalitarismo comunista«, hasta proscribirlo, incluso, judicialmente. Pero AOC llega sobre la ola de una nueva era y ha sido capaz de trascender la mezquindad de los membretes para aterrizar en una plataforma programática potente como ambiciosa, cuyos ejes son la universalización sanitaria, la gratuidad en las matrículas universitarias, un gravamen del 70% a las rentas altas y un New Deal Verde que convierta a Estados Unidos en una economía con energías renovables.

Ocasio-Cortez supo comprender desde un principio la dinámica política norteamericana, tan sajonamente formal, y trocó su inicial e impetuoso discurso de campaña, por intervenciones parlamentarias aderezadas con inteligentes analogías, punzante ironía y propuestas claras, tangibles e integrales.

Curiosamente, a diferencia de sus compañeros, cuando no coidearios, demócratas del ala más moderada que han caído en el juego ramplón de Donald Trump de llevarlo todo a la simulación de una pelea callejera, Ocasio-Cortez ha optado por una posición mucho más inteligente y práctica: “lo que necesitamos es exponer un plan y una visión en los que la gente pueda creer. Y meterse en peleas de Twitter con el presidente no es la manera en que vamos a hacer progresar al país”, ha dicho al respecto.

Es por esto que quienes la veían en un principio como una manifestación momentánea y hasta, quizá, exótica, ahora miran a Ocasio-Cortez como una seria amenaza al establishment. Sus planteamientos pueden sonar utópicos, pero van desnudando una realidad de insólita desigualdad que ya es inocultable para el pueblo norteamericano, y pone las cosas en blanco y negro.

AOC propone, por ejemplo, un nuevo modelo impositivo que carga la presión fiscal sobre las grandes fortunas a las que pretende gravar hasta en un 70%, afectando directamente al 5% más rico del país que es el segmento que más se ha beneficiado de las rebajas tributarias republicanas de los últimos decenios, incluida la reciente de Trump.

Finalmente, su proyecto estrella el New Deal Verde, persigue el ambicioso objetivo de que la provisión energética estadounidense proceda en su totalidad de fuentes limpias para el 2035, la reducción de la emisión de gases de efecto invernadero de un 40% a un 60% para 2030, y cero emisiones globales hacia 2050. Todo esto en un contexto de alta competitividad con desarrollo económico sostenible, creación de empleo constante y estable, innovación tecnológica y niveles de ingresos que financien un Estado del Bienestar.

En el papel todo luce como deseable y refrescantemente sensato. No obstante, aún está por verse si la sociedad estadounidense está preparada en este momento histórico para permitir que una persona proveniente de las minorías, latina, progresista y mujer ocupe el despacho oval de la Casa Blanca, algo que, aparentemente, es todavía improbable.

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