David Hockney en el Guggenheim

Nuestro equipo cultural se ha desplazado en esta ocasión a Bilbao al objeto de disfrutar de una de las exposiciones del año: 82 retratos y un bodegón; del genial, inimitable, único, David Hockney.

Para aquellos de Vds. que ahora mismo no lo recuerden, bueno será señalar que este artista británico, que acaba de cumplir ochenta años, goza merecidamente de un reconocimiento universal a su trabajo por su maestría en el tratamiento de los colores, especialmente en acrílicos, su originalidad, con una visión absolutamente personal, que imprime un sello inconfundible, como en todos los grandes artistas a cada una de sus obras, su inquietud en la búsqueda de soluciones para otros soportes, fotografía por ejemplo, y famoso sobre todo por sus archiconocidas pinturas de piscinas (¡esos reflejos del agua!) y vistas de Los Angeles, lugar en el que aterrizó veinteañero y de cuya luz se enamoró, y en donde desde entonces reside salvo alguna reciente estancia en su Yorkshire natal.

Recomendamos una incursión por internet para realmente sorprenderse con sus pinturas, y si disponemos de tiempo y posibles, adquirir alguno de sus libros, da igual el elegido, sinceramente incluso escribiendo, el tío es un tipo muy, muy interesante. Nos lo agradecerán.

Y ahora vamos con la exposición.

El marco es el Museo Guggenheim, un edifico increíble, ya en sí una obra de arte, que visto desde fuera no parece posible pueda reunir las condiciones idóneas para albergar no ya esta, sino cualquier exposición, y que por el contrario, cualquier artista contemporáneo sin duda soñaría con poder estar allí representado.

Nada más acceder al edificio, entras a la derecha en una sala enorme donde de repente, te ves, si, dudaba decirlo, pero es cierto, te sientes intimidado, por la mirada de los ochenta y dos retratos. Realmente impresiona.

El artista, tras un periodo sabático, y ante la apatía derivada de su sordera y la falta de entusiasmo lógica de su edad que le produce ya el salir de casa pese a su carácter extrovertido y jovial, decide retomar los pinceles y retratar a sus amigos, no a los famosos (alguno hay, claro, que reúne los dos requisitos. El arquitecto del edificio, Frank Gehry, un Rostchild…, pero también el obrero que le arregló ese día el frigorífico. Pero el dice que “los famosos están hechos para las fotografías”.

Seguimos.

El pintor dedica tres días a cada retratado, en sesiones de unas siete horas, y tiene la genial idea de emplear solamente una sencilla silla, la misma para todos (desecha un sillón de orejas para que no quite cuerpo a los retratados), lo que ya nos permite con este “truco” hacernos una perfecta idea de las proporciones de cada uno de ellos, y les exhorta a vestirse como quieran y a acomodarse como mejor les parezca. Por increíble que resulte, ¡son todos tan distintos! Ninguno se sienta igual, ni mira igual, ni coloca sus manos igual. Y lo milagroso es que no solo su gesto, su atuendo o su mirada nos pueden hablar, nos pueden dar una idea de su personalidad, sino que incluso por la forma determinada de colocar los pies (Hockney dixit), o los zapatos que han elegido nos podemos permitir intuir más o menos como es esa persona. Y los ves, mal comparado, como puedes imaginar a unos viajeros esta tarde en un vagón del metro, fuertes, inseguros, ingenuos, agradecidos por dejarse retratar, aburridos, activos, felices (con esa paz interior que a veces se detecta), huraños, tensos, bonachones, y en la mayoría (y pensamos que quizás en el fondo el artista era lo que en realidad buscaba) una mirada de cariño hacia el pintor.

La muestra es fantástica. En cada uno de los ochenta y dos cuadros puedes encontrar un detalle que lo hace no solo interesante, también diferente. No nos resistimos a comentar, por su ternura, el de un jovencito de unos catorce años, que totalmente despreocupado (como felizmente corresponde a su edad), muestra un trozo de la tersa piel su joven pierna entre el pantalón excesivamente subido y el calcetín bajado hacia el zapato. Bueno, pues de verdad que cada cuadro tiene algo.

Comentario para aquellos pintores profesionales o aficionados que en alguna ocasión nos han hecho llegar que nos siguen (cosa que agradecemos); parece imposible conseguir con acrílico unas calidades en el retrato similares al oleo. Salvo que te llames David Hockney, por supuesto. ¡Increíble! Como con sutiles y rápidos toques de color consigue esos matices….., hay que verlo para creerlo.

Por fortuna, a una de sus amigas (estos americanos y su forma tan ecléctica y desinhibida de vestir), no tuvo mejor ocurrencia que presentarse en el estudio a la hora señalada ataviada con una enorme e inmensa falda, entre seda y raso, casi un vestido de noche; prácticamente le cubría hasta el pecho y descendía majestuoso y solemne hasta los pies. Vamos, un uniforme como para ir empujando el carrito por el súper. Al contemplar aquella barbaridad, a Hockney se le debió de caer el mundo encima, y, seguro que recordando a Velázquez y su retrato del papa Inocencio X (el retrato tiene resonancias, y el color es el mismo), el famoso también de Velázquez de Felipe IV en gris que se encuentra en Londres, comprendió que debía cambiar su forma de trabajar (esbozaba a carboncillo las figuras, y luego atacaba lo primero el rostro), y se dedicó en primer lugar a la puñetera falda, a toda velocidad, consciente, (como debió ocurrirle en su día a Velázquez y en el que seguro pensaba durante la ejecución), de que por mi dócil que fuese el modelo, durante siete horas todos los pliegues y reflejos cambiarían (la misma luz del estudio con el progresivo movimiento del sol). El resultado es una obra maestra, que nos tuvo extasiados en su contemplación durante casi media hora. Soy consciente de que este tipo de detalles, ajenos a los profanos, son los que te permiten disfrutar de verdad de la pintura, y es por ello que se echa de menos en demasiados museos famosos (el Prado p.e.) una breve explicación técnica cuando ello lo merezca en alguna de las obras expuestas. De manera sucinta (nosotros, perdón, somos algo pesados).

Y además hay un bodegón. Por lo visto uno de los modelos llegó tarde o simplemente no acudió (y se quedó por ello con toda justicia sin salir en la serie), y Hockney, que estaba predispuesto para el trabajo eligió obsequiarnos con un encantador bodegón para el que se nos han acabado los adjetivos. Las sencillas frutas, sobre la madera pintada en azul hubiesen por si solas justificado el viaje. Hay que verlo, y dense prisa (solo hasta el 25 de febrero).

Delenda est Moscardó.

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