Demoliendo teles… y prejuicios

El gusto por las expresiones artísticas de todo tipo, se sabe, son bien subjetivas. El conocido dicho, “sobre gustos no hay nada escrito” apoya esta idea. Sin embargo, cada cierto tiempo salen a la palestra obras que por algún motivo, destacan por sobre las demás.

Ya sea por la belleza, por la creatividad y el talento de sus creadores, plasmada en el resultado de su trabajo, o por conectar con un momento particular de la realidad del país, de una región, o a veces, en casos extraordinarios, directamente del mundo entero. Si tomamos el caso musical, la década del sesenta nos brindó abundantes ejemplos –Los Beatles, la Bossa Nova, Bob Dylan, etc-.

En mi caso, me inclino por apreciar, descubrir –y por qué no, redescubrir- mayoritariamente las obras musicales de la citada década. Sé que no soy el único que piensa así, pero me llevó mi tiempo apreciar también las producciones locales de esos tiempos fecundos, y las de mi tiempo (aclaro que fui adolescente en la década del ochenta).

Tuve que quebrar más de un prejuicio para poder disfrutar y mucho de las riquísimas obras de un Charly, de un Spinetta, de un Nebbia, etc. Experimentaba en carne propia, entendiendo en todo su esplendor que muchas veces los argentinos tendemos a menospreciar a nuestros artistas -refiriéndome a mi estadío anterior en que no soportaba las canciones en español, que me sonaban a meras copias de baja calidad de las producciones extranjeras, con mejor sonido, “siempre” más originales-.

Por esa época, o más adelante, bien no recuerdo, nos enterábamos que los japoneses hacían acopio de piezas de colección provenientes del tango (argentino, ¿hay que aclararlo?), que acá dejábamos arrumbados en el cesto de la basura. Es decir, que afuera apreciaban la calidad de nuestras producciones mucho más que nosotros mismos.

Pero ahora volvamos a los tiempos que nos tocan vivir, cuando ya han pasado casi veinte años de este siglo XXI, e invoco un prejuicio de esta época. Que la música de ahora es una porquería. Idea falsa, sí las hay, porque basta incursionar, -activamente por cierto- por la web, para echar por tierra semejante burrada.

Y otra vez, lo voy a ejemplificar con lo que tengo más a mano, mi propia experiencia: un día de 2016, navegando por la plataforma Youtube, me topé con un videoclip de un tal Daniel Devita. Hoy, reconozco y reflexiono, no se si agradecer al canal de los vídeos, al algoritmo que permitió que apareciese al costado derecho de mi pantalla, a mí mismo, por clickearlo, o a los tres factores juntos, pero en ese instante pude conocer y apreciar en forma creciente hasta el día de hoy, en que han pasado ya más de tres años, a un artista fenomenal.

Sin embargo, también tuve que demoler algunos prejuicios, sin lo cual, me lo hubiera perdido, directamente. Era –es ,y mi corazonada es que seguirá siendo-, un artista proveniente del Rap. Ya sabía que, como el reaggeton, había trascendido las modas, para permanecer tanto tiempo en el candelero, pero yo las evitaba, porque que siempre privilegié las melodías, y el Rap, ya lo sabemos, destaca por las letras.

Cuando, sorprendido, y habiendo escuchado tan solo dos o tres temas, descubro que Devita contaba con veinticinco años, mayor fue mi sorpresa. Pensé, ¡qué cabeza tiene, qué verba, qué manera de combinar las ideas, cómo hace que fluya naturalmente (luego aprendí que a eso lo llaman con el anglicismo “flow”), tiene humor, y del inteligente, cuenta con compromiso y encima político! (Otra “mala” palabra con nula prensa en ese primer año de gobierno amarillo).

La pucha, cuántos prejuicios fue necesario demoler, cuánta cáscara para apreciar y disfrutarlo. Porque otro plus de placer, debo reconocerlo, era sentir que estaba por fin, después de muchos años, cantando y aprendiendo unas letras que además tienen su complejidad, en castellano y de los tiempos que corrían. Y como yapa, poco tiempo después, las cantábamos con mi familia, incluidos mis hijos, que además, aprendían, porque preguntaban, qué significaba la palabra cipayo, hegemonía absoluta, el FMI, o quién cornos había sido Cavallo. Encima era educativo. ¡Increíble!

 https://www.youtube.com/watch?v=EAKrMBqIizM&app=desktop

No es mi intención aburrir con adjetivos caificativos, pero para abordar mejor a un artista de su talla, debería agregar que perfila como más de los llamados “de culto”, aunque tiene todos los ingredientes para ser bien popular.

Por otra parte, no está de más aclarar que lo maratónico al estilo riña de gallos, hoy tan en boga, no va con Devita. Si lo que estás buscando es velocidad, escuchar el epíteto “wacho” cada siete segundos, competencia por un destacamento individual, estás frito.

La obra de Doble D va en sintonía con lo colectivo, aspecto que lo transforma en un artista atípico –y tal vez, único. Mes a mes, y hasta el día de hoy, va desgranando tema a tema, sorprendiendo, porque no se repite, confirmando su talento y reafirmando su compromiso por los más desposeídos y denunciando las injusticias que en estos tiempos son insoportablemente patentes.

La música y los arreglos son de una gran calidad, y se anima a introducir pinceladas de instrumentos nada convencionales para el género que domina. Además cuenta, si la canción lo pide, con dosis de buen humor, detalle tan necesario y balsámico para estos tiempos. Canta bien, y es melodioso, enriqueciendo la recitación, que tratándose de un rap, sonaría tan monocorde, como la gran mayoría de las producciones de ese género. Y casi todas sus creaciones cuentan con videoclips de calidad.

Si bien es más conocido por su hitazo “Yegua” dedicado a Cristina Fernández –resumiendo en algo más de ocho minutos el recorrido de su vida hasta nuestros días- hay como mínimo treinta canciones muy originales, con versos inoxidables.

La trilogía de los globos es directamente magistral, pero sabiendo buscar, uno se puede topar con joyas como “Síntoma del miedo”, en el que va directo al hueso en cuanto al mecanismo que opera alrededor de la discriminación. Es cierto que es una recompensa disfrutarlo entero, porque al comienzo no hay esbozo de lo que vendrá, solo una intro un tanto tétrica, que a los oídos que saben esperar con paciencia, da paso a un ritmo, una letra, un estribillo y unos arreglos musicales muy cuidados y de esmerada técnica.

Sin embargo, el mensaje sigue siendo lo preponderante. “Anglsísmico” es un video clip auditivo, donde con mucho buen humor y crítica mordaz, nos va paseando por miles de palabras de nuestro hablar cotidiano que no son precisamente del idioma español, el nuestro, tan pero tan rico.

AngliSismico: https://www.youtube.com/watch?v=9RRllKUNbDc&app=desktop

Aún sigo sin entender como “Sí se puede” no es coreado en los estadios, donde Daniel en un bricolaje sonoro, hace arrancar el tema con la voz del mismísimo presidente Macri, y le da un broche de oro con el susurro del exministro de Educación, Esteban Bullrich. Lo reconozco, es raro, pero increíblemente queda muy bien, y hasta logra darle estatura de artistas a gente que, sabemos, no lo es.

Posteriormente, tuve la oportunidad de conocerlo, y mi admiración se acrecentó, al descubrir un ser humano tan enorme como su talento, sin aires de divo y careciendo de esa necesidad de florear su narcicismo, muy típico de los artistas, ya sea nacional o internacional, de ahora y de todos los tiempos.

Hoy, me complace cada vez que descubro cómo lo aprecian internacionalmente, sólo para citar dos ejemplos, siendo reconocido y admirado por un ex presidente latinoamericano, o “citado”en sus versos, en más de una oportunidad por una banda reconocida de rap español. Es también destacable, que fue elegido por Roger Waters para calentar la previa de su charla sobre DDHH en nuestro país.

Hoy, como máximo representante del subgénero denominado rap político, va logrando día a día el reconocimiento que se merece, también en la Argentina, por lo que dan ganas de creer que por fin estamos aprendiendo a valorar a nuestros mejores artistas del presente, y de paso colocando en su justo lugar a nuestra autoestima, que últimamente viene cada vez más golpeada.

Gracias Doble D, por haberte descubierto y continuar sorprendiéndonos con tu obra, siempre en constante movimiento.

Chapeau!

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