El baile de los que sobran

Lo que ocurre ahora en América Latina no es inédito. En la década de los años 1960 y 1970, los latinoamericanos fuimos protagonistas de revueltas y manifestaciones en contra de modelos económicos que mantenían a la población en situación de pobreza y de desigualdad.

Una de las cosas más interesantes de este momento histórico fue la existencia de un movimiento cultural que apoyaba la revuelta, impulsado a través de lo que se conoce como “canción protesta”. Este tipo de canciones tenían la particularidad que recoger en sus letras: protestas sociales, reivindicaciones políticas, incluso posturas filosóficas.

Sus letras súper variadas, sus ritmos pegajosos y el ingenio combinado con la ironía hacían que las canciones fueran especialmente fáciles de memorizar y de utilizar en las movilizaciones sociales como consignas. Yo misma recuerdo con cierta gracia un estribillo que decía “gracias le queremos dar, señor gobierno, por permitir el infierno en que vivimos, si de hambre no morimos, moriremos del pesar, al ver que van a acabar, con la Patria en que nacimos”.

Las melodías de estas canciones estaban adscritas a la tradición folk-acústica, lo que implicaba el rescate de los sonidos tradicionales latinoamericanos y de sus instrumentos musicales (como la quena, el rondador, la zampoña, el requinto, entre muchos otros), como una reivindicación de la identidad local y como una rebeldía ante las pretensiones de imposición cultural.

En esa época, tuvimos cientos de canciones interpretadas por bandas, solistas, duetos y demás. Es decir, contamos con múltiples cantautores que más allá de la fama, buscaban reflejar el sentir de la sociedad, sus miserias, sus contradicciones y sus esperanzas.

Por toda América Latina podíamos identificar cantantes cuyas letras y tonadas acompañaron muchos momentos de relevancia política y social. De hecho, y sin ánimo de ser exhaustiva –aunque corro el riesgo de ser injusta al no nombrar algunos- muchos artistas como Silvio Rodríguez y Pablo Milanés en Cuba, Soledad Bravo en Venezuela, Pueblo Nuevo en Ecuador, Inti Illimani, Violeta Parra, Quillapayún, Víctor Jara en Chile, Mercedes Sosa, Víctor Heredia, León Gieco, Piero en Argentina, se inmortalizaron en nuestra memoria.

Con el advenimiento del orden neoliberal, la música fue cambiando y se fue despolitizando paulatinamente. Con el tiempo, cada vez menos bandas persiguieron objetivos de denuncia social, a pesar de que ni la pobreza, ni la inequidad desaparecieron.

No obstante, unas pocas bandas mantuvieron el sentido político. Por ejemplo, durante la década de los ochenta, la banda chilena conocida como Los Prisioneros articuló casi toda su producción musical en clave de hip-hop, en torno a la protesta, a la denuncia y a la crítica social. Se hicieron famosos con canciones como “El baile de los que sobran”, “Sexo”, “Por qué no se van”.

Más adelante, en la década de los años 1990, unos pocos grupos utilizaron el rock para protestar, entre ellos la banda mexicana Molotov que con canciones como “Gimme the power”, o “Frijolero”, denunciaban los abusos del poder o la sumisión mexicana a los Estados Unidos.

En el siglo XXI, fueron más reducidos los intentos por ponerle melodía a la política y al descontento social. Sin embargo, exponentes como Calle 13 de Puerto Rico, que utilizó el rap fusión para hablar de los problemas de la sociedad, tuvo un eufórico momento de fama con canciones como “Latinoamérica”.

Otros cantantes, con un impacto más local, se han abanderado de la lucha social con reivindicaciones feministas, con denuncias sobre la situación de los migrantes o de los refugiados, entre otros temas. Estos intentos, no han logrado tener un impacto regional a pesar de su gran calidad musical.

Esto no quiere decir que ahora se produce menos música en América Latina, todo lo contrario. Con el pasar de los años, tenemos más estrellas de fama global. Cantantes que suenan en todas las discotecas del mundo, que han llegado a la gloria con el apoyo de mega empresas y gracias a las cuales se han dado a conocer hasta en el último rincón del planeta tierra. Algunas de estas estrellas son más conocidas que varios líderes políticos de la región, cuentan con enormes fortunas, y en su tiempo libre se dedican a la caridad.

Sin embargo, pasaron ya las épocas en que se podía hacer música de autor, pasó también el tiempo en que la política se podía cantar. Nunca más existió un movimiento musical o cultural tan fuerte como el de los años 1970. De hecho, cuando vemos a través de las redes sociales las protestas en Ecuador y Chile, encontramos que los cánticos de las multitudes utilizan coros de canciones creadas hace más de tres o cuatro décadas. Temas como “El pueblo unido jamás será vencido”, “El baile de los que sobran”, “Te recuerdo Amanda” o “El derecho de vivir en paz” acompañan a los manifestantes en esta nueva ola de protesta social.

Este tema podría parecer trivial, pero no lo es. La actual falta de politización de la música muestra dos cosas: una, que la cultura que le ha virado la cara a los problemas sociales y que por tanto solo es capaz de reflejarlos muy marginalmente; y dos, que las luchas de antaño siguen vigentes.

El hecho de que tengamos que utilizar una banda sonora del pasado para musicalizar nuestro quehacer político actual, muestra que ahora la cultura no está interesada en la lucha social, que reconoce un mayor valor al esfuerzo individual que a las luchas colectivas, pero que por sobre todo refuerza el orden social existente. Sin embargo, quienes somos excluidos de este sistema, los que le sobramos al sistema, todavía tenemos mucho que cantar.

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