El brazo azteca que dobló a Trump

Rusia, China, Turquía, Irán, Venezuela, Corea del Norte, Afganistán, Alemania, Siria. La lista de frentes de disputa, ya sea bélica o comercial, abiertos por la administración estadounidense de Donald Trump es larga y esquizofrénica. Sin embargo, no ha podido doblegar a ninguno de esos países y restan 16 meses para las próximas elecciones presidenciales en los Estados Unidos. ¿Qué le quedaba a mano? Pues, “la vieja confiable”: México y una cacofónica y lenguaraz amenaza contra la migración, con lo que suma una pelea más al prontuario.

Era lo que faltaba. Ante la evidente inopia estratégica para manejar las relaciones internacionales, Donald Trump no quiso anotarse un fracaso más en este campo y fue tras el que, se supone, era el eslabón más débil de su entorno geopolítico. Para nadie es desconocido que México es el país más acorralado por los Estados Unidos en el mundo entero, y que los gobiernos entreguistas de Miguel De La Madrid, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón, y Enrique Peña Nieto se encargaron de cortar las piernas al Estado mexicano para montar sus restos sobre el carro hegemonista estadounidense y refrendar así una dependencia absoluta.

Trump apeló entonces al ya conocido libreto de su lucha contra la migración y amenazó con sanciones arancelarias a todos los productos mexicanos que ingresan al mercado estadounidense, si México no ponía un alto a la entrada de miles de ciudadanos centroamericanos por su frontera sur y cuyo destino final son los Estados Unidos. El supremacista Trump utilizó la herramienta de la confusión, mezclando los temas migratorio y comercial para tratar de entorpecer alguna reacción mexicana.

Sin embargo, a contramano de lo que hicieron sus antecesores pro-neocolonialistas, el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) comprendió la jugada de inmediato y contraatacó de forma inteligente y a dos bandas: primero dispuso una fuerte campaña a nivel internacional (incluyendo el interior de los Estados Unidos) para promover la posición fraternal de México ante su amenazante vecino para lograr una solución no impuesta al problema, y, al mismo tiempo, buscó un acercamiento directo con las más altas autoridades norteamericanas para abrir un diálogo sin intermediarios.

La presión dio resultado, y el vicepresidente estadounidense Mike Pence y todo un equipo negociador del Departamento de Estado recibieron el pasado viernes 7 de junio al canciller mexicano Marcelo Ebrard y a su equipo diplomático para tratar el tema. A decir de Ebrard, el escenario pintaba en blanco y negro: la posición norteamericana era la de CERO migrantes en la frontera sur de México y que se lo declarara como primer país seguro para quienes solicitan asilo, es decir que aquellos que entraran en territorio mexicano realizaran de inmediato ese trámite en el país, lo cual impide definitivamente hacer un procedimiento similar en los Estados Unidos. Obviamente, a esto se agregaba la inminente aplicación de castigos arancelarios a los productos mexicanos si no se cumplías esas condiciones.

La posición mexicana, en cambio, fue la de cero condicionamientos y cero imposiciones, pero con un tono diplomático cordial y propositivo. AMLO envió a Ebrard con dos instrucciones claras: lograr que Estados Unidos acepte separar el tratamiento del tema migratorio, del ámbito comercial entre las dos naciones; y que reconozca su coparticipación en el abordaje del problema, en el marco de una solución integral que lidera México y que tiene como eje central la implementación de un plan de desarrollo real para los países centroamericanos. Obviamente, la disposición de López Obrador era la de no aceptar nada que no se ajustara a esas dos condiciones, aún a costa de que se debiese enfrentar una eventual sanción arancelaria norteamericana.

Así, mientras los empresarios mexicanos ya hacían cuentas de cuál iba a ser el impacto del castigo gringo a las exportaciones hacia los Estados Unidos, ocurrió lo que no estaba contemplado en el horizonte: la administración Trump dio marcha atrás y aceptó las propuestas que México puso en la mesa de negociación. ¿Qué ocurrió? ¿Cómo es que un bravucón y peleador callejero como Trump enfrió sus ímpetus guerreristas frente a un presidente sereno, aunque firme y respetuoso como AMLO?

Las explicaciones son varias, pero entre las más consistentes está el hecho de que ese “eslabón más débil” que Estados Unidos supuso que era México, en realidad no es tal. Estamos hablando de que México es el principal socio comercial de los estadounidenses en el mundo. De hecho, el principal destino de las exportaciones de Estados Unidos es México, por encima de China y Canadá, con $181.000 millones de dólares al año, y las importaciones de productos mexicanos por parte del mercado estadounidense suman una cifra anual de 307.000 millones de dólares, es decir el segundo lugar después de las importaciones que hace de China.

Es decir que Estados Unidos mantiene una balanza comercial negativa con los aztecas que asciende aproximadamente a 126.000 millones al año. Imaginemos si México reacciona aplicando medidas recíprocas de castigos arancelarios a productos procedentes de los Estados Unidos. Sin duda se configuraría un escenario en el que todos pierden, especialmente Trump, y quizá, esto fue lo que le alertó de no dispararse en el pie.

Pero, por otro lado, ocurrió también un pulso político del que AMLO salió muy bien librado. Esta amenaza de agresión trumpista solo provocó que se accionara la fuerza del capital político de López Obrador, que bordea el 72% de aceptación en su país, y que la sociedad mexicana cerrara filas en torno a su presidente, fenómeno que se replicó, incluso, dentro de los Estados Unidos, donde varios sectores demócratas también expresaron su respaldo a México, motivados no solo por su oposición declarada contra Trump y lo que representa, sino además por el tono conciliador pero firme que manejó el mandatario mexicano ante sus interlocutores estadounidenses.

Estados Unidos aceptó que México aplique su plan para enfrentar el tema migratorio y los mexicanos tienen 90 días para demostrar que ese plan funciona. Es prematuro todavía pronosticar si tendrán éxito, pero más allá de aquello, la amenaza trumpista no cesará de manera alguna. Recordemos que el tiempo corre en contra del supremacista que pretende quedarse 4 años más en la Casa Blanca y que ante los reiterados despropósitos que comete a semana seguida, no le queda otra carta para exhibir a su electorado que la del odio contra los latinos a los que mete indiscriminadamente en el saco de los violadores, criminales, asesinos y perturbadores de la nueva Pax Americana.

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