Genios

El ciclo político abierto en 2014 se niega a darse por vencido. Pese a que en cada convocatoria electoral (y llevamos unas cuantas) todo el coro político-mediático del establishment hace profesión de fe de cierre de la crisis política, la cosa está lejos de ese punto.

En todo caso, sí es cierto que se han ido despejando incógnitas y desplazando actores a un lado y al otro del espectro político.

Empecemos por el principio. Y al principio fue Podemos. Su fulgurante aparición (de 0 a 65 diputados en 2015: techo no igualado por nadie, no lo olvidemos), desató una serie de réplicas a un lado y a otro que cambiaron para siempre el panorama político español. Nuevos partidos se lanzaron a sucesivos “asaltos” y “blitzkriegs” desde los márgenes del régimen, espoleados por sofisticadas estrategias mediáticas.

Este ha sido, por tanto, el ciclo de la novedad y de la innovación. De los estrategas y de los tácticos. Un ciclo de laboratorio. Pero también de teatro. El de la sobreactuación, el del histrionismo, el del hiperpersonalismo. Se ha impuesto una política hiperbólica, testosterónica, de pugna por ser el “sheriff del condado”, el “gallo del corral”. Querían que solo quedara uno… pues ahora hay ¿seis?

Todos los nuevos liderazgos, convencidos de su buena estrella y genialidad comparten un criterio, que se ha convertido en la nueva ley de hierro de la política española: o César o nada. El indudable talento de algunos parece aguijoneado por una astilla íntima y punzante: “¡pero si soy más listo que éste! ¡Se me tiene que notar!”. Rivera más listo que Casado, Errejón más listo que Iglesias, Iglesias más listo que Sánchez y Sánchez más listo que todos.

A veces uno tiene la sensación de que esta nueva camada de líderes ha comido poca mierda y no es capaz de aceptar ni un bocata de mortadela. Antes, los liderazgos se forjaban en un penoso transitar por las burocracias partidistas, que templaba a los aspirantes en la asunción de las servidumbres y miserias varias de la política.

Desarrollaban unas importantes tragaderas. Ese modelo fracasó pues se reveló incapaz de sintonizarse con las tendencias de fondo que la sociedad española estaba incubando en plena crisis. La lealtad a los capos internos siempre era más importante que la atención debida a bases, votantes y demás masa que, por anónima, se tenía como accesoria. Pero las redes sociales convirtieron la masa anónima en un enjambre insoportable.

Una coyuntura marcada por la crisis del marco constitucional propició, a izquierda y derecha, la viabilidad de aventuras cuasi-personales que, en otro tiempo, se hubieran contentado con su cuotita de poder en alguno de los partidos con representación parlamentaria. Fuera siempre hacía mucho frío. Ese es el origen de la “nueva política”: el triunfo de los outsiders.

Así, la “nueva política” se ha basado en el desprecio aristocrático de los viejos equilibrios y usos aparateros, aunque no le ha temblado el pulso en usar sus peores artes para imponer disciplina interna. Los actuales líderes son incontestables, tanto en partidos viejos como nuevos. Y ese proceder irrestricto lo trasladan extramuros de sus fortines.

Y, claro, pasa lo que pasa: todo conflicto, sea intramuros o entre dos formaciones, se trata como un asunto personal, cualquier discrepancia o contratiempo se convierte en agravio personal, cuando no “humillación”. Nunca han tenido que transigir, no saben hacerlo y tampoco quieren. Lo que tienen se lo han ganado ellos, a pulso, sin depender de nadie. Y nadie les va a imponer nada. “Porque yo lo valgo”. Hay poca, muy poca tolerancia a la frustración.

No es cuestión de elogiar el viejo modelo, totalmente desprestigiado y superado por los hechos. Es cuestión de encontrar una forma de “equilibrio y contrapeso” que, sin bloquear los cambios, facilite una dinámica constructiva.

Otras consideraciones. La posibilidad de un desborde por la izquierda ha pasado a mejor vida. Desde la moción, sino antes, todos los esfuerzos se centran en componer un gobierno que refleja la mayoría plural de esa moción. Mejor dicho, en obligar al PSOE a asumir esa realidad. De momento, sin éxito.

Sánchez, en su graciosa magnanimidad, le ofreció al electorado progresista una segunda oportunidad para que le reconocieran como líder indiscutido. “Mejor os lo pensáis otra vez”, vino a decir. Una maniobra que revelaba una soberbia descomunal. La repetición electoral de 2016 ha abierto la Caja de Pandora: si no me gusta lo que han votado, que vuelvan a votar. El fracaso de Sánchez debería entenderlo como una cura de humildad en toda regla. “Os he entendido”, se decía antes. Pero no nos engañemos: no va a pasar.

La posibilidad de un desborde por la derecha vivió su gran momento en “la primavera de Colón”, pero la cosa acabó en gatillazo. Ahora, pese al triunfalismo y envalentonamiento que vamos a padecer, lo cierto es que andan a la búsqueda de la propina.

Y como suele pasar, a la dinámica centrípeta, se le opone una dinámica centrífuga análoga y correspondiente: los independentistas suben. Es así desde el Conde-Duque de Olivares. España no es tan ininteligible.

Así pues, empate catastrófico: ninguno de los dos bloques llega a la mayoría absoluta. Cada uno ha tenido sus propias recomposiciones internas y disgregaciones. Cada uno ha tenido su “momento destituyente”, su 15M. Uno a izquierda, otro a derecha. Sin olvidar que el Octubre Catalán oficia tanto del 15M particular del independentismo como de la reacción españolista.

Los desbordes, en todo caso, no dejan de ser opciones de afianzamiento del régimen. Son destituyentes por su incapacidad de ser constituyentes. No eran más que el sorpasso al PSOE o al PP. No eran desbordes del régimen. Eso fue lo primero que quedó atrás.

El bipartido dinástico-felipista PSOE-PP ha demostrado un suelo firme. Ni siquiera llega al 50% del electorado frente al 80% de los buenos viejos tiempos, pero se mantiene en cabeza en sus respectivos bloques. Los nuevos partidos, para su desconsuelo, se han limitado a disputarse la tercera plaza, sucediéndose en esa posición Podemos, Ciudadanos y ahora Vox.

Una tercera plaza que se ha revelado “el asiento peligroso” del arco parlamentario, pues ha triturado a todos los que hasta ahora han pasado por allí, desde el PCE hasta Ciudadanos pasando por UPyD y Podemos. El mecanismo de representación diseñado en la Transición se ha revelado más flexible y permeable de lo que parecía. Sigue cumpliendo su doble función: taponar aventuras y facilitar mayorías. Si no hemos conseguido estabilidad hasta ahora es por la resistencia de los geniales líderes a asumir la realidad de la situación.

Sin desborde, ¿qué queda? El bloqueo y algo más: un pudrirse, un ir acumulando contradicciones hasta que un factor externo aclare el panorama. En todo caso, y desde un punto de vista de régimen, la opción de un cierre autoritario o una componenda sigue ganando puntos frente a un desborde popular y democrático.

Más consecuencias. La estrella de Albert Rivera se acabó. En cuanto Ciudadanos se enganchó a los esteroides le dejó el terreno expedito al profesional en la materia: Vox. Resultado: muerte por sobredosis. Una curiosa lección política: un partido sacado de Cataluña, donde su misión era ser oposición frontal al nacionalismo, que fue lanzado para taponar a Podemos por un flanco y mimado para servir de comodín a izquierda o derecha acabó hundido al negarse a cumplir la tarea para la que fue preparado.

Roma no paga traidores.

Vox ha conseguido superar los márgenes de la nostalgia franquista. El incremento de sus apoyos le permite acceder a la categoría de grupo parlamentario de vigilancia constitucional: podrá recurrir al TC las leyes que considere contrarias a la Constitución. Una lectura postfranquista de la Constitución es posible. En realidad, llevamos en ella desde 1981. El Golpe “chapucero” que “fracasó”, ¿verdad?

La operación de blanqueo, en fin, se ha consumado. Más de una década de TDT Party no puede salir gratis. Ahora sí, Vox puede constituirse en una opción de populismo autoritario genuina. Su evolución va a marcar el panorama político entero a partir de ahora.

El PP está ante la encrucijada de muchos de sus socios europeos: asumir parte del discurso de la extrema derecha o imponerle un cordón sanitario o ambas cosas. Desde 1993 el PP ha vivido muy bien agrupando desde el franquismo hasta el moderantismo. Veremos cómo se las ventila ahora. De momento, Casado ha ganado tiempo.

Pese al desgaste, la operación de marginar a Unidas Podemos (uno de los objetivos de la repetición electoral) ha vuelto a fracasar. Mientras UP siga claramente por encima del 10 % (el techo de PCE/IU) no será posible una componenda del bipartido pues seguirá teniendo capacidad de bloqueo constitucional: puede solicitar un referéndum ante reformas constitucionales acordadas por la cámara a espaldas del electorado.

La “unidad de la izquierda del PSOE”, tan denostada por Podemos en sus inicios, va a pasar a ser un punto ineludible de la agenda. El problema es que, ya instalados en sus confortables fortines, cualquier hipotética convergencia se topará con la actual correlación de fuerzas interna, con la consiguiente consagración de la práctica del cuoteo y la mesa camilla, que tanto hicieron por destrozar a IU.

Se impone una clarificación a la izquierda del PSOE: si el objetivo es complementar al PSOE eso es ser IU, lleves la camisa por dentro o por fuera. Ya está, no pasa nada. Mejor con un 12% que con un 5%. Pero que dejen de vacilarse entre ellos y de vacilar a la gente. Y si el objetivo es otro pues no se nota.

Todo apunta a que estamos a las puertas de una nueva turbulencia económica y nos va a pillar sin haber resuelto ninguna de las crisis abiertas por la primera fase de la Gran Recesión. Ni la crisis política, ni la social ni la territorial ni ninguno de sus subsistemas.

Mientras los genios discuten, los oligarcas van soltando su mensaje: “id preparándoos”.

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