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Historia de horror ecuatoriana

Para ser un poco más precisa en la descripción de las disparidades económicas y sociales, vale mencionar que Ecuador tiene 46,7% de empleos informales, a inicios de este año 2020. Este tipo de trabajadores no cuentan con ningún tipo de cobertura de seguro de salud o social, ni en lo público ni en lo privado.

A esto se suma que los trabajadores que cuentan con un empleo formal, el 60%, tampoco cuentan con estos servicios. En otras palabras, existe un pequeño segmento de la población que cuenta con una adecuada cobertura de salud pública o privada.

En estas circunstancias, el acceso a la salud es un lujo para un porcentaje importante de empleados formales e informales; ni qué decir de los desempleados (3,8%), de los que viven en situación de pobreza (25% de la población) y de pobreza extrema (8%).

Esta población no tiene acceso a servicios de salud como atención médica oportuna, medicinas, exámenes de laboratorio, cirugías, tratamientos y un largo etcétera.

Hace unos años se trató de democratizar el acceso a la salud, y ampliar su cobertura como un servicio público gratuito y universal. Pero el actual gobierno consideró que este era un objetivo innecesario, y echó marcha atrás por el camino andado.

Fue así que inició un proceso de desmantelamiento de la infraestructura hospitalaria que recientemente se había construido. Además se redujo significativamente la inversión pública en salud lo que implicó, entre otras cosas, el despido masivo de médicos.

En plena efervescencia por el recorte de la salud, el mismísimo presidente Don Lenín Moreno Garcés llegó a decir que era innecesario tener más infraestructuras hospitalarias grandes, como se puede ver en el tweet que enlaza al vídeo donde aparece el discurso original:

En esta situación llegó el coronavirus al Ecuador. Inicialmente el gobierno no tomó la pandemia con la suficiente seriedad y dispuso el aislamiento obligatorio de todos los ciudadanos, impuso el toque de queda y también el estado de excepción en todo el territorio nacional.

Si bien esta medida fue aplaudida por algunos por considerarla temprana y oportuna, esa fue la única decisión que tomó el gobierno.

Se consideró que con guardar en casa a los ciudadanos, el virus desaparecería por obra y gracia del espíritu santo. Por tanto, nadie mandó a comprar pruebas para detectar el virus, a nadie se le ocurrió que se necesitarían más hospitales, personal médico, insumos, medicamentos y servicios mortuorios, porque se enfermaría mucha gente y moriría mucha más. Estas elementales medidas a gobierno por inexperiencia, inacción, falta de visión o por indolencia, han generado un drama social difícil de retratar.

Como consecuencia, muchas personas están muriendo en la calle (y no es una metáfora). Otras tienen la fortuna de morir en su propia cama, gozan de ese privilegio por falta de atención hospitalaria y no por voluntad propia.

>>Ecuador: ciudadanos mueren en sus casas y se pudren en las calles por el coronavirus<<

En algunos sectores de la costa, donde el calor arrecia (30 grados promedio, con un elevadísimo nivel de humedad), los cadáveres comienzan a podrirse en la sala o en una habitación. En este ambiente, bastante parecido al de un baño sauna, las familias no tienen otra opción que sacar los cuerpos a la calle para evitar contagios (si acaso logran evitarlo).

Esta acción desesperada entraña mucha violencia contra los deudos, porque muestra la desatención del Estado tanto en la vida como en la muerte, y su incapacidad para garantizar la dignidad de las personas en cualquier momento de su ciclo vital.

Lo que aquí cuento, para mí dejó de ser un relato distante, apreciable ocasionalmente por televisión. Me tocó el turno de ver el drama del padre de una amiga querida. Un artista plástico, reconocido porque retrató, en acuarela, con mucho y magia a la ciudad de Guayaquil y a otros pueblitos de la costa ecuatoriana.

>>Ecuador consumido por la falta de liderazgo<<

Vivió de su arte, dando lo mejor de sí, sin embargo vivió en el desamparo que ha caracterizado al Estado para con sus artistas, y murió de la misma manera…., desamparado. Ahora, tres días después de su defunción, su cuerpo inerte sigue en la que fue su casa, esperando que algún servicio mortuorio pueda darle descanso.

Dentro de pocos días más, si no llegase la ayuda necesaria, esta familia también tendrá que despedir a su difunto poniéndolo en la vereda de su casa; tendría que hacer un vídeo con el celular y subirlo a las redes sociales para ver si los likes logran sensibilizar a alguna autoridad para así conseguir sepultura en una fosa común o como mucho la cremación.

Este es el Ecuador que nos deja Lenín Moreno y su gobierno. Esta historia de horror está ocurriendo ahora, mientras usted lee esta nota.

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