Lenguaje inclusivo: aportes a un debate incipiente

En el mundo se vislumbra una nueva actualidad del lenguaje: no hablamos, ni nos comunicamos de la misma forma que como lo hacían nuestros antepasados. Esta característica no es propia del lenguaje inclusivo, sino de la mutación misma del lenguaje, su adecuación y apropiación en manos de las nuevas generaciones a través del paso del tiempo.

En este contexto, donde se presenta una metamorfosis sobre la lengua, propia de la modernidad, lo que muchos sectores conservadores critican es la apropiación de la juventud sobre el lenguaje. Por ejemplo, sería extraño que hoy alguien se presentase comunicándose en castellano antiguo, o utilizando modismos y palabras fuera de época, que no se encuentran vigentes.

Teniendo en cuenta las muchas alteraciones existentes en nuestro hablar cotidiano, como la inclusión de términos en idioma inglés, o transformaciones propias del lunfardo, o de modismos culturales, las cuales son aceptadas con la consecuente naturalidad, ¿por qué molesta una “e” y una “x”? ¿Es acaso esa evolución del lenguaje lo que aqueja, o los movimientos que la están impulsando?

El lenguaje al que estamos acostumbrades, falsamente “neutro”, el que mamamos de niñes, alberga en su interior una clara invisibilización de lo femenino y de la diversidad. No representa a las mujeres, ni a los colectivos de género y diversidad, lxs relega a un segundo plano y pone el centro en lo masculino de la sociedad y su centralidad en la órbita pública. Esto lo normalizamos durante muchos años, pero hoy nos preguntamos: si hay otras posibilidades de nombrarnos a todes ¿por qué no utilizarlas?

Desde esa premisa queremos partir este debate. El lenguaje es, desde la semiótica, una herramienta clave en la construcción de sentido y de las ideas, ya que nombra lo que existe, lo que reconoce, lo califica, transmite lo que sentimos, lo que somos, lo que pensamos, nuestras creencias y cultura.

El lenguaje inclusivo (o no sexista) lo entendemos como aquel que viene a democratizar no solo la palabra, sino también a visibilizar e incluir colectivos. Este cambio en la forma de comunicarnos tiene algunos detractores que, en nombre de las buenas formas, defienden el status quo (que todo siga igual) reproduciendo desigualdades en todos los aspectos de nuestra vida, incluído el lenguaje.

La Real Academia Española (RAE) no es guardiana de la lengua, su rol es establecer ciertos parámetros, no obligatorios, sobre el lenguaje español. No son leyes inquebrantables, ni es una organización con incidencia global: es una academia. Recordemos que la RAE, además incluye en su diccionario definiciones como:

  • Sexo débil: conjunto de mujeres.
  • Sexo fuerte: conjunto de varones.

Otras instituciones, por ejemplo las Naciones Unidas, han manifestado su apoyo al uso de lenguaje no sexista y han impulsado a su personal a empezar a utilizarlo, tomando en cuenta 3 premisas básicas:

  • No visibilizar el género en el discurso, ni hacer foco en el mismo cuando no sea necesario.
  • Hacer énfasis en el género para marcar alguna idea (por ejemplo, la desigualdad).
  • Evitar lenguaje y formas discriminatorias.

Hoy les que se embanderan en la defensa del “buen vocabulario”, en nombre de la RAE, lo hacen aferrades a normas rígidas, que protegen ciertos privilegios masculinos y del sistema patriarcal en general, que van desde lo discursivo hasta en la vida social, laboral y política.

El lenguaje es cambiante, dinámico, maleable, lo transformamos con modismos, con el tiempo, con el uso. Nos apropiamos de él.

¿Será que lo que molesta realmente es la novedad? ¿El miedo a perder los privilegios de los que se creen dignos? ¿Será querer negar la importancia de las nuevas representaciones, el surgimiento con más centralidad de las causas de las mujeres, cuerpos feminizados y diversidades? Movimientos que vienen a incomodar y a romper las bases de lo que se creía estático, preestablecido, lo “normal”.

El feminismo tiene una larga trayectoria (casi tan larga como la historia de la humanidad) de disputas, avances, retrocesos y luchas. Siempre buscó (y busca) cambiar e igualar espacios de poder político, social y económico provocando reacciones (no favorables) de aquellos no nos quieren ver allí, en esos lugares, sino en los establecidos por el patriarcado.

Aunque la revisión histórica la dejamos para otra entrega, no queremos dejar de remarcar que la lucha dentro del movimiento es sinfónica, y va avanzando en diferentes direcciones a la vez, una de ellas es la lengua.

El español es la segunda lengua más hablada del mundo, pero también es una de las que mayores diferencias posee en términos de género. Sin embargo, nuestra lengua es rica, existen múltiples palabras que nos brinda el diccionario para nombrarnos a todes, pero se ha normalizado que genérico es el término masculino, y eso es lo que venimos a cuestionar.

¿Por qué generalizar por el masculino nos parece apropiado y no así hacerlo por el femenino cuando hay más mujeres que varones presentes en una sala? ¿Sólo un varón presente alcanza para generalizar por el masculino? ¿No problematizamos esta exclusión, pero sí otras? ¿Por qué no encontrar una forma de incluir a todes sin asumir su identidad por su genitalidad? ¿Las mujeres y diversidades somos una mayoría invisible?

No problematizar que el lenguaje tal y como está debe ser modificado, significa excluir, invisibilizar y no representar a la totalidad de les miembres de la comunidad. Esta tendencia al desprecio por la inclusión (que suele darse no solo contra el feminismo sino contra colectivos diversos) tiene una relación directa con las prácticas machistas cotidianas y arraigadas, repetimos, conscientes o no de ellas.

Existen ciertas críticas al uso del lenguaje inclusivo donde vemos que no hay una visión con perspectiva de género, hay un desconocimiento o negación hacia una desigualdad históricamente existente. Mientras, del otro lado estamos quienes intentamos romper, a pasos pequeños pero constantes, ciertos esquemas de opresión esperando que a futuro esos pasos sean vistos como enormes.

El lenguaje inclusivo no implica, solamente, incluir a varones y mujeres como géneros estrictos, sino a todas las diversidades, identidades, configuraciones. La lengua es un terreno cambiante y en continua disputa.

Pretendemos transformar, desde nuestra comunicación cotidiana, la forma binaria en la que veíamos y nombrábamos las relaciones y a les sujetes que ya existían en la realidad (desde siempre) y ahora vienen a existir en el lenguaje.

Desde la diferenciación de géneros en el lenguaje no sólo estamos excluyendo a sectores que no se identifican con ellos, sino que además podemos tender a separar funciones, tareas y caer en el sexismo en el lenguaje para marcar lo inherente a lo femenino y a lo masculino. Es por eso que el reclamo por la universalización y la inclusión en la forma de nombrar sin invisibilizar al ser es bandera del feminismo, de la sociedad, de las disidencias genéricas, sexuales, amatorias, culturales y etarias.

Desde la lengua, pasando por la organización social y política, hasta nuestras prácticas cotidianas donde se reproducen desigualdades, habrá que seguir debatiendo, discutiendo, exponiendo, escuchando, repensando todo pero nunca callándonos, porque nos invisibilizamos.

El lenguaje, así como nosotres, debe darse su tiempo de cambio, de disputa y de renacimiento con un todes que se vuelva más amplio que nunca.

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Fiama Angelina Garde y Agustina Sarria, argentinas, politólogas y feministas.

Agustina Sarria y Fiama Garde

Fiama Angelina Garde y Agustina Sarria, argentinas, politólogas y feministas.

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