Los fantásticos 200 años de El Prado (I)

El Museo del Prado.

Así, con mayúsculas, porque hay que ser conscientes de que para El Prado, la palabra Museo es afortunadamente un epíteto.
Es desde luego el museo por antonomasia (y aquí sí que está perfectamente empleada la sinécdoque).

Y creo que, si bien es legítimamente opinable sobre el qué o de quien los españoles podemos o debemos sentirnos orgullosos, en lo que respecta a El Prado la unanimidad debería ser absoluta; considero que este Museo en lo pictórico no admite parangón (El Louvre, quizás, pero en mi modesta opinión, a cierta distancia).

Es tanta la calidad y cantidad de las obras de arte que atesora que nos produce vértigo solo el pensar en poder ser dignos al menos durante unas horas de poder enfrentarnos a los cuadros más logrados de genios como Velázquez, Goya, Rubens, El Greco, Rafael, Tiziano, Tintoretto, Veronés, Van der Weyden, Bermejo, Morales, Fra Ángelico, El Bosco, Ribera, Murillo, Van Dyck, Van der Hamen, Teniers, Maino, Sanchez-Cotán, Patinir, Claudio de Lorena, Correggio, Fortuny, Poussin, La Tour, y tantos y tantos maestros que harían que esta relación fuese casi, casi, interminable, y sabedores también que la sola contemplación de las obras de uno solo de ellos haría que mereciese la pena dedicarle todo el tiempo de la visita.

El pequeño milagro, la magia que se produce cuando asumimos el engaño de que algo que tiene tres dimensiones (las reales), pueda ser representado de una manera sublime en solo dos (las del cuadro), en este lugar nos conmueve todavía más cuando entramos en ese juego, al descubrir con sorpresa que no solo nos deslumbra la belleza intrínseca de tal o tal cuadro, sino que además, cada uno de ellos (especialmente en lo referido a la pintura del Barroco), esconde mil y un significados o claves ocultas a primera vista y con las cuales el pintor ha intentado movernos hacía un sentimiento más elevado, de orgullo, amor en cualquiera de sus formas, piedad, rechazo en ocasiones, odio, simplemente burla, o admiración. Y si encima conoces o te cuentan la pequeña o gran historia de ese cuadro, o del pintor… Eso ya es la leche.

Esta ingente riqueza se la debemos en primer lugar al buen gusto y a la sensibilidad artística de la mayoría de los Austrias, que teniendo la oportunidad, y los medios (sobre todo), en este sentido supieron seguir la estela de los príncipes del Renacimiento.

Pensaba dejar para mejor momento la mención a uno de los mayores artífices de esta historia, pero sería realmente una injusticia hacerlo así. Vaya pues aquí y ahora, sin mayor dilación, nuestro aplauso y merecido reconocimiento para el Conde Duque de Olivares, que además de intentar salvar a España de la pendiente por la que empezaba peligrosamente a deslizarse tras el fatídico reinado de Felipe III, supo inculcar a su futuro “Rey Planeta”, Felipe IV , como guía, luz y protector de las más excelsas artes, un notable afán coleccionista, que este no abandonaría ya durante toda su vida.

Para que se hagan ustedes una idea, baste saber que con la excusa de la construcción del Palacio del Buen Retiro (horrible y casi poco digna de tal nombre la construcción exterior, que en parte pagaba el Conde Duque, pero cargado de riquezas y tesoros el interior, constituyendo la mayoría “regalos” a S.M.), solamente en la década de 1630 se habían adquirido 800 cuadros. Se estima que a su llegada al trono la colección real tenía ya unos 1200 lienzos, y se calcula que al final de su reinado había incrementado la colección en otros 2000 más.

Es curioso conocer el “sistema”, diseñado por el Conde Duque, que aparte del lógico mimetismo que despertó en las clases sociales más altas este afán coleccionista, hacía que todos los embajadores, cargos españoles oficiales o de representación de cierta relevancia en las distintas capitales importantes del extranjero, estuviesen muy atentos al mercado del arte de la época, como ocurrió por ejemplo con la almoneda en Londres tas el fallecimiento de Carlos I.

A este respecto, es importante señalar que por ejemplo, el Virrey de Nápoles, Conde de Monterrey (y cuñado del Conde Duque), trajo de allí numerosos Tizianos y Riberas, que el Marqués de Leganés (primo del anterior), poseía al morir 1300 cuadros, (muchos de los cuales también acabaron en las colecciones reales, aunque otros, por desgracia, se pueden ver en Londres). Por no hablar del sucesor del Conde Duque (y a la vez sobrino), D.Luis de Haro, y del hijo de este último (también virrey en Nápoles), el Marqués del Carpio, poseedor de una de las colecciones más importantes de la época.

Perdónenme pero les juro que no es una broma para finalizar esta historia; solo pretendo facilitarles una perspectiva un poco mas cómoda para que disfruten más la función: el mismísimo abogado del Conde Duque, que lógicamente terminó siendo una especie de ministro, D. José González, dejó al morir, entre otras muchas propiedades……¡750 cuadros!

Y a continuación, vinieron los Borbones (ya, desgracia, pero no estamos hablando ahora de eso), que también tuvieron en este sentido el acierto de saber conservar este inigualable patrimonio y valorarlo a la luz, seguramente cegadora para la época, de la Ilustración y su novedoso y justificado interés por las cuestiones patrimoniales y culturales de los pueblos.

Y por qué no decirlo, esta riqueza también se la debemos en segundo lugar a la Iglesia Católica, que pese al enorme lastre que supuso para este país su asfixiante presencia durante toda su historia, de cara al desarrollo tanto individual como colectivo de la sociedad en su conjunto, sí tuvo una decisiva importancia en la creación de nuestro acervo cultural con su mecenazgo en numerosas ocasiones, y su labor como comitente en otras tantas al encargar a los pintores más renombrados auténticas, y en ocasiones gigantescas, obras maestras, que fuerza es reconocer, de otro modo jamás hubiesen visto la luz.

Esta logradísima exposición, que conmemora los doscientos años del Museo del Prado, es sin lugar a dudas de entre todas las organizadas en los últimos años por el Museo del Prado una de las mejores que se ha conseguido presentar; nuestra felicitación por ello a su comisario por el indudable éxito de la misma, D. Javier Portús, jefe de conservación de Pintura Española hasta 1700, que ha conseguido aunar de manera perfecta el rigor y la solvencia que en sí cabía esperar, con una logradísima amenidad fuera de lo habitual, como si nos pareciese lo más natural del mundo este agradable y placentero paseo por 200 años de historia. Podrá ser visitada hasta el 10 de marzo de 2019, y mi consejo es que por favor, no se la pierdan.

La muestra está estructurada en ocho secciones y diferentes apartados dentro de las mismas, a saber:

  • 1819-33 El Museo Real. Los precedentes: la política patrimonial ilustrada, a la que ya nos hemos referido, que nos pone en situación y en el que podemos ver como algunas de las piezas expuestas en esta sección ilustran perfectamente estos anhelos de protección, comprensión y popularización del patrimonio, con la referencia a la propuesta de creación por parte de José Bonaparte del museo Josefino en 1809, y la exhibición de cuadros, órdenes, libros, y el diario de Madrid, con referencias al tema en ese periodo. Un fenómeno europeo, con unas maravillosas vistas de las galerías centrales de varios museos europeos y su estado en aquellos años. El nacimiento del Museo del Prado, con el anuncio de la Gaceta de Madrid y el conocidísimo oleo de la fundadora, María Isabel de Braganza, por Bernardo López Piquer. Un museo en formación y primeras adquisiciones: lagunas nacionales, a destacar la Sagrada Familia del Cordero, de Rafael, y el Cristo crucificado, de Diego Velázquez.
  • 1833-68 el Museo de la Trinidad. El descubrimiento europeo del arte español. La desamortización de Mendizábal y sus consecuencias, aumento de la financiación pública, disminución del poder de la Iglesia, favorecer sobre todo a la incipiente burguesía, y pérdida y deterioro de muchas obras de arte, a la vez de la necesidad de preservar el patrimonio, lo que origina la creación de la mayoría de los museos. Creación del Museo de la Trinidad para la conservación de estas pinturas procedentes principalmente de las instituciones religiosas desamortizadas del centro de la península. El descubrimiento por Europa del arte español y la consiguiente dispersión patrimonial. Obras de Genaro Pérez Villaamil, Pizarro, El Greco y Murillo (ahora que está de moda, nada menos que La Inmaculada Concepción de los Venerables. Obra maestra. A no perdérselo).
  • 1868-98 la nacionalización del Prado. Una meca para los pintores. Con La Gloriosa (la Revolución del 68), como no podía ser de otra manera, lo que hasta entonces era “real”, pasó a ser “nacional”.

Y aquí por el momento lo dejamos, consciente de que a todos nos está entrando ya el síndrome de Sthendal ante esta exhibición apabullante; les prometo continuar en esta misma sala en que interrumpimos hoy la visita con una sorpresa muy interesante la próxima semana que espero sea de su agrado. Y también espero que en el ínterin los que puedan acudan a esta recomendable exposición.

¡Feliz año!

Delenda est Moscardó.

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