Ecuador: los miméticos candidatos de la partidocracia

Siempre se mimetizaron entre sí. Desde el retorno a la democracia y mucho antes. Jaime Roldós formaba parte de la égida bucaramista que nació con Guevara Moreno y Asaad Bucaram, y que hasta hoy supervive bajo la sombra de Abdalá y su prole.

De Osvaldo Hurtado y la nefasta red demócrata cristiana de la que surgieron cuadros nefastos como Jamil Mahuad, Julio César Trujillo, Gustavo Noboa y Guillermo Lasso mejor ni hablar. Esa ala que se vendía como de derecha «moderada» fue la continuadora del neoliberalismo más fanático emprendido por Sixto Durán Ballén y Alberto Dahík, con Ana Lucía Armijos y Ricardo Noboa como brazos ejecutores.

Cómo no recordar a la socialdemocracia y su incestuosa relación con el socialcristianismo. Enemigos aparentes, sus dos máximos líderes eran primos lejanos entre sí: León Febres Cordero y Rodrigo Borja Cevallos. Los delfines que llegaron después, Jaime Nebot y Paco Moncayo, tienen exactamente el mismo concepto de la administración pública: quitar competencias al Estado para entregarlas al control de sus respectivos círculos de poder privado.

Y qué decir de la izquierda acomodaticia que secuestró los intereses colectivos y gremiales, para negociar los privilegios personales de sus líderes. A esa casta pertenecen Gustavo Larrea, Enrique Ayala Mora, Pablo Celi, el mismo Lenín Moreno y otros cuantos que se metieron por las tranqueras del poder cuando pudieron, sin importar si aquel a quien debían lamerle los zapatos fuese populista de derecha, extrema derecha o neoliberal radical.

Del movimiento indígena es mejor no hablar. Basta con mencionar cuadros como Luis Macas, Lourdes Tibán o Diana Atamaint, para darnos cuenta de la estrategia clientelar a la que han sometido desde dentro al movimiento, y que es la misma de hace 500 años: oro (base política) por baratijas (escuelas interculturales unidocentes y pedacitos de troncha).

Todos se mimetizaron entre sí, todos comieron del plato del otro, todos espoliaron juntos y revueltos las viejas instituciones de un Estado que se cayó porque ya no podía sostener la gula de cada uno de esos grupos. La pugna política solo era el tinglado detrás del cual se ocultaba la «mesa de concertación política» pero para delinquir.

Si algo hay que agradecerle al correísmo es el haberse convertido en una especie contraste farmacológico que sirvió para evidenciar esa radiografía colocada sobre una caja de luz en la que se hizo evidente lo invisible: la incestuosa relación que una vieja clase política disfrazó durante décadas bajo el falso telón de disputa partidista.

Si no solo hagamos memoria de cómo cientos de cuadros migraban de un gobierno a otro, aunque sus tendencias parecieran diametralmente opuestas: Aquiles Rigaíl, Enrique Herrería, Heinz Moeller, Jorge Egas Peña, Francisco Huerta Montalvo, Carlos Vallejo, César Robalino, César Verduga, Jorge Gallardo, Juan José Pons, José Gallardo, Leonardo Viteri, Carlos Vera, Rosalía Arteaga, Roberto Dunn, Marcelo Merlo, Marcelo Santos.

En fin, una larguísima lista de comodines que «se sacrificaron por el país» cambiándose del gobierno del un amigo al del otro amigo, sin que entre ellos se enemistaran porque al final todos juntos formaban parte de la misma «jorga» de gente que condujo desde siempre a un país que, a fuerza de bombardeo mentiroso disfrazado de información, quieren inducirnos a recordarlo como si hubiese sido una nación próspera y casi al borde de cruzar el umbral hacia el primer mundo.

Como nunca antes, esa incestuosa amalgama de nefastos se hace verdad ante nuestros ojos al día de hoy. El caso de Quito no puede ser más evidente: Paco Moncayo, candidato de la ID (o sea del grupo borjista) es en realidad el candidato del Gobierno (o sea de Lenín Moreno y Gustavo Larrea), y a la vez tiene un pacto con el saliente Mauricio Rodas (socialcristiano por el lado de Nebot y neoliberal por el lado de Guillermo Lasso) con el fin de encubrir los gravísimos casos de corrupción cometidos en el Municipio de Quito que perseguirán al mozalbete durante varios años.

En medio de todo, el CNE, árbitro de la justa electoral, está controlado por Jaime Nebot y sus fichitas: José Cabrera, Diana Atamaint (originalmente de Pachakútik, pero también acomodaticia de pseudo izquierda) y Estela Acero (ficha de Lenín Moreno quien, a su vez, es íntimo amigo de Jaime Nebot).

Es decir, el candidato de Moreno y Rodas, Paco Moncayo, tiene que ganar sí o sí, a la buena o a la mala, y de eso se encargará el amigo de los tres: Jaime Nebot. En Guayaquil y Guayas, el correlato es similar: Moreno sacó de la contienda electoral para la prefectura a su ficha (José Francisco Cevallos), para no restar votos a la candidata de Nebot a la alcaldía de Guayaquil (Cynthia Viteri), en una elección que puede determinar el futuro de una eventual candidatura presidencial de Nebot hacia el 2021.

Siempre se mimetizaron entre sí, siempre fueron ellos los verdaderos secuestradores de la nación y sus instituciones. Y han vuelto para seguir en lo mismo, ahora octogenarios, enfermos o discapacitados; da igual. Lo que les ha quedado intacto es su sed de poder y codicia sin satisfacer durante 10 años. Por eso están de regreso y por eso quieren refundar el país de los 70 y 80 en el siglo 21.

Si no entendemos eso, y no comprendemos que esta realidad trasciende la idiota virulencia del «correísta has de ser» porque lo denunciamos, será mejor que nos preparemos a un infame proceso de neocoloniaje que ya no se acabará con la muerte de los carcamales que se han metido por las ventanas, y que depredará a nuestros hijos y nietos a quienes deberemos rendirles cuentas.

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