Mujeres. Disidencias en todas partes, igualdad en ninguna

Hoy en día, el Colectivo de Mujeres y Disidencias sufrimos violencia. No solo sobre nuestros cuerpos, sino también de otros tipos: laboral, económica, social y cultural. Existe además una invisibilización, negación u omisión de estas violencias, bajo el precepto de la “igualdad formal”, o legal, pero que tiene una brecha muy grande con la realidad diaria de las mujeres en el mercado laboral, en la vida social y política.

En palabras de la filósofa española Ana de Miguel: “aunque vivamos en sociedades formalmente igualitarias, la realidad, fuera de lo formal, refleja otra cosa”.

Las mujeres somos exactamente la mitad del mundo en términos de población, pero esa proporción no se ve reflejada en poder económico real, ni cargos políticos, gerenciales, ni en condiciones salariales.

A través de los años, esta diferencia fue adjudicada a cuestiones biológicas, o a la predisposición del género: “las mujeres no tienen ambición, prefieren acompañar”; “las mujeres prefieren dejar sus carreras profesionales por sus familias”, o bien “hay una edad en que la mujer busca casarse y tener hijos, no otra cosa”. Los nuevos paradigmas han dejado en evidencia que estas afirmaciones corresponden a un mandato social, impuesto a través de las generaciones.

Existe además, una diferencia entre la cultura empresarial, la cual se encuentra “masculinizada”, y los trabajos destinados al cuidado de personas, o labores de limpieza, los cuales son adjudicados naturalmente en mayor proporción a las mujeres. La suposición de la existencia de un instinto o rol de cuidado que deben ejercer en la sociedad las mujeres, es además de retrógrada, una clara muestra del intento por oprimir el crecimiento profesional y la paridad de género.

Esto no significa que muchas mujeres no hayan adoptado el rol de cuidar a sus familias por propia voluntad, pero toda decisión de vida se encuentra influenciada por un contexto y por la presión social y cultural.

El derecho al trabajo de las mujeres (particularmente a trabajar fuera del hogar), que es mucho menos evidente que el de los hombres, es una cuestión económica y social, pero principalmente política e ideológica. Es un hecho que la mujer le cuesta más llegar a altos cargos o simplemente desarrollarse profesional y personalmente en el ámbito que desee.

Otro problema es el concepto, muy reproducido, el del “varón que ayuda en casa”. Las mujeres no necesitamos ayuda en las tareas domésticas y de cuidado porque ayudar significa que la responsabilidad es nuestra. Necesitamos igual división de esas tareas porque la casa es compartida, también les hijes, así como todas las responsabilidades familiares.

Esto no le sucede solo a las mujeres en relaciones heterosexuales, sino cuando viven con sus padres, solas, con una pareja de su mismo sexo, etc. Las desigualdades se profundizan cuando están “a cargo” de una familia pero se dan igualmente en todos los casos y formatos en los que desarrollemos nuestra vida en mayor o menor medida.

En todo el mundo los cuerpos feminizados tenemos mayores tasas de desempleo, estamos al frente de la gran mayoría de las familias monoparentales y mayores índices de pobreza y analfabetismo, trabajos informales o peor remunerados, en 154 países hay leyes que perjudican explícitamente a las mujeres en términos económicos, y todavía hay lugares donde el marido puede prohibirles trabajar. Una de cada tres mujeres en el mundo sufre o sufrirá violencia contra su cuerpo.

En un mundo que reproduce el patriarcado en nuestra vida personal, política y económica, las mujeres seguimos luchando por conseguir la real igualdad que no recae solo en lo discursivo o lo formal.

En Occidente, donde se cree que la situación de las mujeres es de absoluta paridad, la situación de la reproducción de la desigualdad en el ámbito social, político y laboral se reproduce también.

Pocas legislaturas nacionales tienen paridad, hay muchos más jefes de estado y líderes políticos varones que mujeres. El 24% de los escaños parlamentarios mundiales son ocupados por mujeres. Hay muchas más mujeres universitarias pero muchas menos CEOS de compañías o científicas de alto rango (aún en carreras donde las mujeres somos mayoría). El 96% de las personas destinadas a trabajos de cuidado del hogar o de personas son mujeres.

Aquellas que llegan a puestos centrales de poder no son la regla (aunque que son usadas de ejemplo para rebatir los argumentos de la existencia de desigualdad), sino que debemos entender que muchas veces son la excepción y que es necesario dinamizar políticas serias y profundas, particularmente desde el Estado, para generar terreno fértil a la igualdad.

Necesitamos Estados y empresas pensándose hacia adentro en términos de equidad de género, teniendo mujeres (y diversidades) en la toma de decisiones, en puestos jerárquicos, pensando no solo la particularidad de sus problemáticas sino todos los temas.

A veces comenzar a deconstruir (y destruir) las ideas que tenemos preestablecidas sobre los roles puede ser muy sencillo, quizás hacerse preguntas puede ser un buen disparador para entender nuestro lugar en este esquema. Por ejemplo:

  • ¿Por qué los varones no pelean por licencias por paternidad más largas o alternadas con sus parejas?
  • ¿Por qué un deportista varón gana mucho más que una deportista mujer?
  • ¿Qué alternativas le ofrecemos a las mujeres que quieren formar una familia y además no quieren resignar sus carreras laborales o universitarias?
  • ¿Valoro la opinión de las mujeres en todos los temas de la misma forma o pienso que hay temas que son “de varones”?

La pandemia ha puesto en manifiesto varias cuestiones:

  • El rol fundamental de las mujeres en el mercado laboral pero también en el cuidado de su hogar (y la mala división del mismo), ya que es necesario que sigan desarrollando su trabajo pero también que cuiden a sus hijes y les ayuden con las tareas escolares, además de realizar tareas de limpieza y cocinar. Una jornada laboral extenuante e interminable.
  • El salario de las mujeres (particularmente de aquellas que tienen trabajos precarizados o informales) es vital para el sostenimiento familiar.
  • Los varones (que ahora deben quedarse en casa) no están acostumbrados a estar en el hogar ni ocuparse activamente de sus problemáticas sino que las delegan.

Hay muchas medidas que pueden, y deberían, tomarse en el ámbito personal, privado y público para tender a la igualdad laboral:

  • Desfeminizar tareas de cuidado y de limpieza y tender a una división igualitaria de roles y tareas en el hogar.
  • Confeccionar mesas de toma de decisiones y ámbitos de representación igualitarios y fomentar mujeres y disidencias en cargos directivos para los que estén capacitades.
  • Romper los estereotipos tareas en el ámbito laboral y no delegar en las mujeres tareas que los varones no quieran realizar o que consideren feminizadas.
  • Regular activamente para evitar la precarización en los trabajos de cuidado, revalorizando esos trabajos.
  • Tener protocolos contra la violencia de género y el abuso de poder, que fomenten el respeto y protejan a la persona denunciante.
  • Alentar el liderazgo real de mujeres, su participación activa en la toma decisiones, escuchar sus comentarios, opiniones y que los mismos sean tenidos en cuenta.
  • Dar las mismas oportunidades de ascenso a mujeres y diversidades, sin exigirles más que a los varones.
  • Utilizar un lenguaje que incluya a todes en las comunicaciones para hacer parte al conjunto.
  • Planificar formaciones que tiendan al reconocimiento de la importancia de las mujeres y que ponderen la justicia de género (igualdad en términos políticos, económicos y sociales).
  • Recalcar la importancia de las mujeres en la generación de riqueza y su importancia en el mercado laboral, cualquiera sea su trabajo.
  • Incorporar a todas las políticas aplicadas y a la agenda pública perspectiva de género.

Hoy en día hablar de lucha contra la violencia o de igualdad es común y recurrente en casi todos los espacios, pero necesitamos que se vea reflejado en números y acciones concretas.

No se trata de combatir la desigualdad de género solo en el trabajo, sino también en todos los ámbitos de la vida personal. Es fundamental la intervención del Estado, promoviendo la responsabilidad en los cuidados, de la crianza, acompañando toda acción con campañas de concientización sobre estereotipos que debemos evitar. Los cambios deben ser profundos y no solo discursivos.

El sistema sigue siendo excluyente para las mujeres, y no se transforma con discursos que no alteran de fondo la realidad, mientras se sigue reproduciendo el privilegio social masculino pero de una forma “amistosa”.

Hay que repensar todas nuestras estructuras, todos los roles que cumplimos en nuestras vidas. Es imperioso que nos incorporen, que nos escuchen, que nos respeten, que nos valoren, que nos dejen ser y crecer, que no nos impongan o limiten desde la niñez.

El contexto mundial es especial y altamente condicionante, pero a su vez pone en jaque lo preestablecido, nos abre las puertas a modificar errores, introducir nuevas perspectivas y resolver problemas que preexisten históricamente.

Las mujeres y disidencias tenemos mucho para decir y la fuerza para cambiarlo todo. Estamos cansades de ser ignorades y estamos convencides de que si formamos parte de todos los espacios de toma de decisiones tendremos un futuro mucho más promisorio por delante para construir el famoso y esperado “nuevo mundo”.

Fiama Angelina Garde y Agustina Sarria, argentinas, politólogas y feministas.

Agustina Sarria y Fiama Garde

Fiama Angelina Garde y Agustina Sarria, argentinas, politólogas y feministas.

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