Museo Sorolla (I). Un palacete en pleno centro de Madrid con el corazón del genio

Sorolla. El pintor de la luz. No exagero al poner su calidad, su genio (eso que hace a alguien totalmente diferente, distinto) a la altura de los más grandes, Velázquez, Fortuny, por buscar tan solo dos referencias parecidas, o quizás dentro de su muy particular modo de pintar, alguna lejana influencia.

Su carrera y su brillante y original estilo, un poco posterior y algo similar a los impresionistas, le otorgó un temprano éxito internacional. Principalmente en Estados Unidos, donde el patrocinio y el mecenazgo de importantes personalidades y millonarios, le permitió dedicarse por entero a su arte y vivir desahogadamente. A destacar en este sentido Archer Milton Huntington, heredero de una de las principales compañías de ferrocarril y de los astilleros Newport, a quien sus padres permitieron viajar y dedicarse al coleccionismo y al arte. Una temprana estancia en Méjico con quince años le marcó, enamorándose de todo lo español. Este destacado hispanista fue el fundador de la Hispanic Society en Nueva York, en cuyas paredes, además de contener más de dos mil obras de arte y objetos españoles, cuelgan las obras de Sorolla de grandísimo formato sobre las distintas regiones de España, y que tuvimos la fortuna de ver en el Prado en el pasado 2017. Por cierto, el museo  de Nueva York es gratuito, lo que más cuesta es el viaje…

Como consecuencia, Sorolla no tuvo ninguna dificultad para poder levantar este palacete en Madrid, totalmente inundado por la luz en su amplísimo estudio, cómodo para vivir rodeado de valiosas, bellísimas y artísticas antigüedades de todo tipo, incorporando un jardín con reminiscencias del Albaicín, bronces de los más reputados artistas, mármoles romanos, cerámicas…En resumen, un remanso de paz y poesía en medio de la ciudad.

Además, el amor que deja traslucir por su querida Clotilde y por sus hijos, profusamente reflejado en su obra, subyace en la misma permitiéndonos atisbar la personalidad de un hombre feliz. Y esto se palpa en el ambiente, al entrar en su casa, conservada con mimo casi como estaba. De verdad.

Pasen y vean

El estudio del pintor

El alto techo es traslucido, para dejar pasar toda la luz. En el momento de su construcción, y cuando la familia lo habitaba, no había edificios cercanos más altos. El catre que se observa es el lugar donde el pintor reposaba y reflexionaba (vamos, donde hacía la siesta). Dentro hay una pequeña biblioteca, aunque no se pueda apreciar en la foto. A tenor de lo visto, sus gustos literarios tampoco eran nada malos.

¿A que mola la perspectiva?

Las paredes del estudio

Un retrato en bronce de su amigo Benlliure

Blanco

El no color más difícil para un pintor.

Fuera de Velázquez (en mi cerebro el pañuelo que sostiene Mariana de Austria), no encuentro ningún pintor que haya tratado con tanta maestría los blancos. Vamos a ser justos; excepción hecha de Luis Paret.

A nadie se le había ocurrido antes (que yo sepa), dar blanco puro como reflejo del cuerpo mojado. Genial el efecto (y más difícil todavía, el caballo también es blanco).

Los niños

Tampoco rehuyó la crítica social (imperante en la época). “Trata de blancas”. En un vagón de los de entonces podemos apiadarnos de las futuras prostitutas conducidas al matadero por la aviesa Celestina.

Las inquietudes científicas de la época

Su suegro, D. Antonio García, gran fotógrafo, lo que seguramente le influyó

Un salón

Otra estancia

El salón comedor. Las guirnaldas en la pared, hacia el techo, pintadas por el propio Sorolla.

Y en nuestro recorrido por la casa, nos encontramos con este regalo: una magnifica selección de los cientos de obras de pequeño formato que del genial Sorolla conserva la Fundación. Veremos ahora unas pocas y ya en un segundo artículo finalizaremos la visita.

Mañana seguimos.

Delenda est Moscardó.

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