Nazi

El caso de Zozulya es una muestra más de las batallas culturales, agit-prop, media warfare o como le queramos llamar a la inveterada táctica de hacer que al enemigo le sea difícil defender y desarrollar sus propias ideas.

Me explico.

De siempre en un conflicto una parte intenta desacreditar las opiniones e ideas del contrario. Cuando ese conflicto carece de la intensidad necesaria como para ser considerado como lo que convencionalmente llamamos “guerra”, esa forma de confrontación descrita puede ser la principal. Y si el conflicto se mantiene por mucho tiempo en esa fase latente, esta táctica pasa a ser decisiva para definir la vitoria o la derrota.

Al hablar de conflictos siempre queda muy bien citar a Sun Tzu. Pues bien, decía Sun Tzu que una guerra se ganaba antes en los templos que en los campos de batalla. En los templos se hacen cálculos, se toman decisiones, se prepara la estrategia, pero también se busca el apoyo del pueblo. Por ahí van los tiros.

Nuestros templos son los media, la cultura en sentido amplio, pero también las redes sociales, la barra del bar, la cola del supermercado, la cena de navidad o, por supuesto, un campo de fútbol. En un conflicto político-ideológico que no llega nunca a ser una guerra convencional, los templos son el campo de batalla principal para “ganar los corazones y las mentes”.

Es una batalla que se libra con un lenguaje sofisticado en ambientes universitarios o con vulgarismos en los entornos informales. La munición viene dada por la multitud de dispositivos ideológicos hoy disponibles para cada teoría, tendencia, fracción o secta que pretenda explicarlo todo y dar sentido a todas nuestras vidas. La forma de lucha es clara: no se busca convencer sino sugestionar.

Este tipo de conflicto se ha convertido en la estrella de nuestros procesos políticos. El objetivo ya ni siquiera es denigrar o ridiculizar los argumentos del adversario sino desacreditar su propia identidad de tal manera que ya no importe lo que diga. Cuando abra la boca, ya estará sentenciado. Se le condena por lo que es, no por lo que hace, ni siquiera por lo que dice. Si le hemos etiquetado como “izquierda” no gustará a los que se consideren de derechas, y al revés.

También existen otros etiquetajes igualmente eficaces. “Pro-ruso” es una etiqueta que está experimentando un creciente éxito. ¿Por qué? pues porque determinadas tendencias globales de fondo blindan algunas posiciones y las eleva a la categoría de “sentido común”, es decir, las colocan fuera de toda disputa, fuera de la política. Si las niegas, ya estás señalado. Tú veras.

El caso de Zozulya responde a este tipo de guerrilla de la comunicación. Un tipo con amistades peligrosas, fotos comprometedoras y claramente posicionado en medio de un conflicto explosivo. Tiene todas las papeletas para ser considerado un ultranacionalista violento. Llamarle “nazi” podrá ser una generalización abusiva, pero nada más. Si en vez de un ucraniano en 2019 se tratase de un serbio en 1999 todos sabemos cuáles serían los términos del debate. Pero no, para nuestros sensatos medios y directivos del fútbol es una víctima de intolerancia.

Hablaba de tendencias globales de fondo que elevan determinadas posiciones por encima de lo cuestionable. Tendencia 1: Rusia es culpable. Culpable de los desórdenes actuales del mundo. Culpable de intoxicar con su propaganda. Tendencia 2: La izquierda no se entera. La izquierda está en crisis. La izquierda es vulnerable a la propaganda rusa. Vuelven los clásicos, por lo visto. Cabalgando estas dos tendencias podemos denigrar, desacreditar y desprestigiar cualquier opinión que no nos guste. Es decir, cualquier opinión que cuestione lo que es incuestionable.

Dado este marco, hay cosas que no admiten matices. Rusia invadió Ucrania. Punto. Ucrania se defendió. Punto. “Tú habrías hecho lo mismo, ¿verdad? ¿¿verdad??”. Ok, pero ¿hubo grupos ultranacionalistas violentos “defendiendo Ucrania”? ¿Qué defienden? ¿De dónde salen? ¿Quién los financia? “Bueno, hay matices”. Ya, claro.

Los matices siempre son para los nuestros, nunca para los demás. Si hay que explicar una posición comprometedora, diremos “no es tan simple, no hagas demagogia, además la izquierda no se entera” y tan panchos. Si tenemos que interpelar a alguien sobre China, Siria o Venezuela diremos “o con los demócratas o con los violentos” y ya está. Luego sale un ISIS o se demuestra que Guaidó es un corrupto, mentiroso y ladrón, pero ya le echaremos la culpa a la propaganda rusa o a la miopía de la izquierda.

Ahora, la afición del Rayo muestra su repulsa a ese tipo y el coro de, estos sí, políticamente correctos afirma “el Rayo es un equipo de barrio obrero, ya se sabe: izquierdismo vulgar”, “los periodistas progres se tragan toda la propaganda pro-rusa, no se enteran”. Asunto arreglado.

Así, Zozulya antes que nada es un patriota, Stepan Bandera es un personaje “complejo” y, por supuesto, por supuestísimo, el separatismo de los rusohablantes del este es el mal absoluto. Aquí además mentamos una bicha propia (“separatismo”) y hasta podemos aportar un toque erudito y mencionar al Demonio (“los rusohablantes están allí porque los llevó Stalin”). ¡Boooom! Decir que son más de un 70% en algunas regiones o que EEUU, Reino Unido, Francia y Alemania se comprometieran con Gorbachov a no ampliar la OTAN hasta la frontera rusa es propaganda propia de aliados de Putin o de comunistas, o sea, de nazis.

Fundir al antiguo enemigo comunista con el nuevo enemigo ruso y sazonarlo con apasionadas apelaciones a la identidad de los totalitarismos es el artefacto propagandístico favorito de cualquier aspirante a opinador o tertuliano de Occidente.

Es la misma lógica que lleva ochenta años justificando el Golpe de Estado de 1936. La misma que late bajo los reiterativos intentos de reivindicar a la División Azul como combatientes anticomunistas. La misma que ahora afirma que la Segunda Guerra Mundial empezó con el pacto Molotov-Ribbentrop.

Y así, llevan varios años alimentando a la bestia.

Luego vamos a un campo de fútbol y pasa lo que pasa, que se puede denigrar e insultar a jugadores negros, a mujeres maltratadas, a las parejas de los futbolistas o a sus hijas. No pasa nada, nadie se extrañará. Escucharás risitas cómplices y todo. Pero si llamas “nazi” a un ultranacionalista violento, se parará el partido, te señalarán con el dedo y te dirán que el nazi eres tú.

En los templos, la guerra la están ganando hace mucho.

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