Sincericidio

“El animal que mira las estrellas y pega voces,consciente de las muchas respuestas que no conoce. Normal, la angustia vital que nos produce saber que también anochece que todo tiene un final[…] ¿Quieres una vida feliz? Agárrate que ya verás, te lloverán las hostias de la cuna al funeral. Antígona, más que prepara pa cuando llegue la muerte, no tenía que haber nacido pero ya qué voy a hacerle.” Gata Cattana.

Que la tierra te esté siendo leve, compañera.

Este es probablemente el artículo que más me cueste escribir, y es porque lo que más le cuesta a un cobarde como yo es desnudarse y perder el control. Cada persona es como el gato de Schrödinger, tiene que abrirse para saber si vive o muere por dentro. Desnudarme es algo que me acojona, pero, precisamente porque me da miedo, creo que es lo que debo hacer.

El caso es que yo no he sido una persona abierta. He sufrido el rechazo desde pequeño, casi al nacer. La vida ya me estaba mandando un mensaje cuando me hizo nacer con el corazón roto. “Es frágil, protégelo” es lo que me quería decir. La primera estocada en forma de abandono llegó cuando ni siquiera tenía cuerpo, edad o consciencia para llevar armadura. Tampoco puedo culpar a mi padre por irse. Dicen que me parezco a él pero no es cierto, al huir conmigo recién nacido demostró tener la capacidad de tomar buenas decisiones, y nadie en su sano juicio me acusaría de tomar buenas decisiones.

Como niño, siempre fui revoltoso. Tenía buen carácter, era juguetón aunque un poco vaciletas, no tenía la misma capacidad física que mis coetáneos pero mentalmente les llevaba ventaja. Supongo que por eso, y por venir de fuera, les costó mucho aceptarme (si es que lo han hecho).

Y así, a fuego, insultos y piedras, a traiciones y guerras, un niño modela su armadura a su medida y se dispone a conquistar el mayor castillo que haya conocido, el instituto. Tras dos años de recibimiento a base de aceite hirviendo, piedras desde las murallas y flechas prendidas en fuego, uno descubre que quizá su armadura no sea lo suficientemente fuerte, y que se ha de construir una nueva, más dura, más resistente.

Y se la construyó. Una tan gruesa que no dejaba pasar nada, ni bueno ni malo. El problema de las armaduras es que te hacen creer inmortal porque por fuera pareces irrompible mientras que por dentro te deshaces poco a poco. Las armaduras son cómodas, pero te vuelven lo peor de ti, dolor por dentro exteriorizado como bilis, rabia, cinismo y ácido sarcasmo.

Cuando entré a la universidad, era poco más que un basilisco erizado, dispuesto a envenenar a todo aquel que se cruzase en mi camino. Tras dos años de veneno, fuego, rabia, frustración y dolor, descubrí que me dolía más la armadura que lo que fuera de esta había.

La mandé a la mierda. Le prendí fuego a la puta armadura y disfruté viendo cómo ardía. Empecé a vivir. Lo que pasa es que hasta hace poco no me di cuenta de ello.

La confianza, menuda llama. Puede hacer arder hasta los cimientos los mayores monumentos al automartirio. La confianza en los demás, por supuesto. Confianza regada a base de café y cerveza, plantada por el compartimiento de ideas o motivaciones y abonada por una grandísima dosis de risas. Conocer a la gente adecuada.

Hasta hace poco, pensaba que era un descanso, un break. Que dentro de poco volvería a las andadas. A desaparecer, a aislarme, a no ir a exámenes… Pero lo que últimamente me ha sucedido me ha enseñado una cosa. Quizá no sepa quién soy ahora, pero sí sé quién no voy a volver a ser nunca más, el basilisco de la armadura.

Os comento. Emocionalmente siempre he sido una montaña rusa, un valor arriesgado. Dependo mucho de mis emociones para rendir. Aunque últimamente he recibido un espaldarazo profesional importante, también he recibido un golpe emocional importante. Es lo que tiene querer sin saber.

Siendo sinceros, hasta hace poco no me había dado cuenta de ello, y ahora que lo percibo puede que sea tarde. Hasta hace poco, esto me hubiese llevado a saltar al abismo de fuego y rabia interior durante semanas, y en parte era así. Andaba yo de camino cuando caí en que no iba a saltar, porque ya no me daba miedo no saltar.

Como cobarde, saltaba por miedo. Por miedo al dolor real. Igual que por miedo no me exponía a los demás ni me pintaba las uñas, no intentaba ligar ni hacer comedia. Hace tiempo que superé esos miedos, menos el de no saltar. Hasta ahora.

No saltando, descubrí que mi armadura ya no era más que cenizas. No saltando, descubrí que ya era otro. No saltando, encontré esperanza. Y una reflexión sobre el ser humano.

La vida está llena de personas que piensan que son únicas, que lo que les ocurre no le pasa a nadie más y que las soluciones que aplican son diferentes y genuinas. En realidad, nos parecemos bastante, nos pasan las mismas cosas y aplicamos soluciones parejas.

No soy la primera persona de la historia que no ha sido correspondida hasta ahora y no seré la última. El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, el de la locura, adoquinado de buenos sentimientos. No te los puedes guardar, pero tampoco mostrar a la ligera. Lo único seguro es que no puedes ir por la vida con una armadura, porque pesa y te hace sufrir más de lo que te compensa. Y porque solo se vive una vez.

Porque la vida es una ruleta rusa llena de decisiones por tomar. Tras cada decisión, una bala u otra tirada gratis. La bala en el tambor, la vida una ruleta rusa. Huir es malvivir, quedarse es arriesgarse a morir. Las personas son como el gato de Schrödinger, hasta que no se abren no sabes si están vivas o muertas. Pues sepan que este gato se cansó de huir, sepan que este gato tomó conciencia de su situación. Puede que esto sea su nota de suicidio pero sepan que, si este gato está muerto, ha sido un sincericidio. 

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