Nasca. Buscando huellas en el desierto

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En la Fundación Telefónica, en la calle Fuencarral de Madrid, y a escasos metros de la Gran Vía.

Un lugar en el que siempre se suelen encontrar cosas interesantes; además de su histórico museo de las telecomunicaciones, las frecuentes y novedosas exposiciones, por otra parte de lo más variado, nunca te dejan indiferente.

Lástima que hace muchos, muchos meses, no vemos su fantástica colección de pintura cubista, fundamentalmente sus innumerables obras del grandioso Juan Gris (que nació aquí al lado, al comienzo de la calle Preciados, mira tú por dónde (ironías de la vida), casi al frente del gigantesco cubo que hoy es el primer Corte Inglés. Quien se lo iba a decir. No sé yo si esta gran colección no habrá acabado siendo cedida al Reina Sofía, prometo investigarlo. Colección que por otra parte hay que agradecer a algún alto cargo de la Telefónica, cuando esta gran empresa era de todos los españoles, que  debía tener especial inclinación por este tipo de pintura, y además el tipo entendía. Siento no conocer su nombre.

Impresiona el grandioso y amplio hall, logrado tras una reforma de esas que a los que no somos arquitectos nos dejan sin palabras. Parece mentira que a un edificio como este (el primer “rascacielos” que se hizo en España, y uno de los primeros de Europa), se le pueda dar esa amplitud en una entrada que por otra parte no es la principal. Muy original, con su gigantesco ascensor, la escalera de brillante aluminio y el fondo de ladrillo visto y con las vigas desnudas al aire. Edificio solido y bien hecho ha demostrado ser, ya que entre otras cosas resistió durante tres años el obstinado bombardeo de la aviación fascista, consiguiendo permanecer incólume y orgullosamente enhiesto. Su arquitecto fue, allá por 1925, D. Ignacio de Cárdenas Pastor.

Vamos ya a la exposición sobre el pueblo que vivió hace dos mil años (200 a.c.- 650) en la cuenca del Río Grande de Nazca, en Perú, y sus conocidísimos geoglifos, que ya está bien de rollo:

En dos gigantescos paneles se pueden ver los distintos geoglifos, con su situación en una reproducción orográfica del lugar.

Para la formación de estos geoglifos, bastaba con retirar manualmente las piedras oscuras y oxidadas que cubrían el lecho arenoso inferior, de un tono bastante más claro.

Del nivel de civilización de este pueblo, que se benefició de su situación entre los Andes y el océano Pacífico, nos da una idea la calidad de su cerámica, de uso común, no reservada a las élites, su orfebrería, y su industria textil.

Se supone su ocaso sobre el año 600 d.c., como consecuencia de un terremoto y la sequía y el agotamiento del terreno. Hay que decir que utilizaban para el regadío de la superficie cultivable puqios, un ingenioso sistema por el que hacían aflorar a la superficie por medio de la gravedad el agua proveniente de los ríos subterráneos.

Una de sus principales industrias debía ser la pesca, profusamente representada en sus vasijas tanto en la diversidad de su fauna como en los útiles y redes empleadas.

La mujer en esta sociedad parece debía gozar de gran respeto y consideración.

Un parto.

Poesía en sus partes más intimas.

Esas formas geométricas tan especiales…

También finos artesanos.

Y músicos.

Por lo que podemos adivinar, sentían una especial predilección por colgarse como trofeo las cabezas de sus enemigos, tras coserles los labios.

Muy complejos tejidos.

El ser mítico antropomorfo parece era su principal divinidad.

Es curiosa la coincidencia con otros ídolos oculados europeos o africanos de la época neolítica.

Exhibición de cabezas-trofeo.

Representación gráfica plana del dibujo de la vasija anterior.

Más sobre las cabezas-trofeo.

La reproducción del afortunado diseño de esta vasija de doble pico sirvió de reclamo en la reciente feria de ARCO, precisamente dedicada a Perú.

No eran caníbales; lo que sobraba de la cabeza se lo entregaban a los cóndores o a los jaguares.

Impresiona.

A tenor de los restos encontrados y de los recientes estudios efectuados parece desprenderse que , para desilusión de muchos, los geoglifos no eran pistas de aterrizaje ni señales para extraterrestres, sino simplemente sendas rituales que los nasca procesionaban con carácter religioso.

Esta bella cerámica nos puede dar una idea aproximada de cómo era su semana santa.

Pueden visitarla hasta el 19 de mayo.

Delenda est Moscardó.

 

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