La desvalorización del empleado como costo de oportunidad

A cualquier hombre o mujer alguna vez le sucedió el no estar conforme con su empleo, sobretodo en el sector privado ya sea por la paga, la modalidad de trabajo o quizás por la ausencia de derechos que como trabajador el código de trabajo le consagra.

Estas circunstancias llevan a la clase trabajadora a “pedir” mejores beneficios, o al menos el reconocimiento de dichos derechos recibiendo (en la mayoría de casos) como respuesta por parte del empleador un, “si no te gusta hay muchos afuera que quisieran tu puesto”.

Vemos entonces que el poder de negociación del empleado es nulo y que el empresario o patrón se aprovecha de la sobrepoblación de la fuerza de trabajo para mantener las condiciones laborales a las que están sujetas sus trabajadores, consiguiendo entonces la acumulación de capital, esto no es una característica de un empresario sino de un sistema que hasta la actualidad se agudiza.

Este fenómeno de sobrepoblación no es nuevo, así como tampoco lo es la acumulación, Marx ya hablaba de la “superpoblación relativa” y del “ejército industrial de reserva” en su obra “El Capital”, en la que se incluía en esta figura no sólo a los hombres y mujeres sin trabajo, sino también a hombres y mujeres imposibilitados para trabajar.

Marx afirmaba que esta superpoblación estaba dada por las condiciones de acumulación del sistema de producción, es decir, que el acumular más no implicaba contratar más trabajadores.

Sin embargo la disminución de la acumulación sí implicaba el despido de más obreros, entonces para evitar el detrimento de las ganancias era necesario mantener un ejército de trabajadores que compitan entre sí por una oportunidad laboral, al generarse esta competencia el empresariado podía decir “hay muchos como tú que quisieran tu puesto, acepta el trabajo que te damos y el sueldo que ganas”.

Este no es sólo un problema económico sino también social que no ha dejado de repetirse y que, con la llegada del COVID-19, se ha agudizado. En este sentido, los índices de desempleo han aumentado y el poder de negociación de los empleados sigue existiendo tan sólo en el registro oficial de leyes porque en la práctica sigue siendo nulo.

El 15 de mayo en Ecuador fue aprobada la “Ley humanitaria” que entre sus distintos articulados contempla la figura de “acuerdo entre partes”, con esta figura legal se da paso a la negociación entre los trabajadores y los empleadores para mantener las actividades económicas en condiciones de mutua conveniencia.

Como se suele decir, “el papel aguanta todo”, pero en la práctica todo es distinto, ya que el trabajador por sí sólo no tiene poder de negociación, no va a poder proponer y mucho menos exigirle a su empleador que le sigan pagando su sueldo completo o que le sigan aportando al seguro social.

El empleador por su parte sabe que cuenta con una fuerza de trabajo esperando ser contratada a cualquier precio, porque para muchos es mejor tener estabilidad precaria a no tener nada, con esto vemos que el empleado se desvaloriza.

En este sentido, para el empleado su costo de oportunidad está entre seguir trabajando con menos sueldo o buscar mejores oportunidades a costa de su empleo actual hasta el día que encuentre otro que quizá sea con el mismo sueldo al que renunció o con uno menor, recordemos que el costo de oportunidad es aquello a lo que renuncias para conseguir algo que debería ser mejor.

Es sencillo botar a un solo empleado y al otro día contratar otro de ese ejército de reserva, eso no afectará en lo más mínimo las actividades de la gran empresa, sin embargo, la organización grupal va a generar el “paro forzoso” de actividades.

Asimismo, no será tan sencillo ni barato contratar a toda una planta de nuevos trabajadores que necesitarán adaptarse a sus nuevos puestos de trabajo, esto obligará al empleador a negociar con sus empleados de igual a igual, de esta manera existirá realmente un “acuerdo entre partes”.

En conclusión, los únicos que pierden con esta crisis son los trabajadores y las PYMES, las grandes empresas por su parte no pierden, simplemente acumulan menos que antes. El respeto a los derechos del trabajador sólo depende de sí mismos y del nivel de organización y cohesión que entre ellos mantengan.

Por otra parte, la generación de riquezas o el ser empresario no está mal, no es condenable, incluso todos los que puedan, además del Estado, deberían generar riquezas, pero jamás a costa del sudor o la explotación de los hombres y mujeres.

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