Inundaciones en la Gran Tenochtitlan

En época prehispánica, en el centro del territorio que hoy es México, existía un sistema de lagos sobre los cuales los mexicas construyeron la Gran Tenochtitlan. Al sur del sistema se encontraban dos lagos de agua dulce: Chalco y Xochimilco, divididos en de manera artificial por un dique; al norte, los de Zumpango y Xaltocan, al parecer de agua dulce también. En el centro se encontraba el lago de Texcoco, de naturaleza salobre, dividido en algún momento por un dique mandado a construir por Nezahualcóyotl; el cuerpo de agua que quedó separado artificialmente del de Texcoco comúnmente se conoce como el Lago de México, y perdió salinidad por esta división y porque se alimentaba del agua dulce de los de Chalco y Xochimilco.

El sistema de lagos, por su constitución geológica y por las condiciones climáticas, representaba una amenaza latente de inundaciones a una ciudad como Tenochtitlan, edificada en medio de tal sistema de lagos, específicamente el Lago de México.

Hernán Cortés, en sus cartas de relación, hace alusión a un fenómeno que sirve para conocer el dinamismo del sistema lacustre; refiriéndose al Lago de Texcoco y al de Chalco-Xochimilco dice que:
[…] Y la una de estas dos lagunas es de agua dulce, y la otra, que es mayor, es de agua salada. […] Y porque esta laguna salada crece y mengua por sus mareas según hace la mar todas las crecientes, corre el agua de ella a la otra dulce tan recio como si fuese caudaloso río, y por consiguiente a las menguantes va la dulce a la salada.

El Lago de Texcoco, por ser el más bajo de todos los lagos del sistema y por la constante crecida y mengua de sus aguas, ponía en constante riesgo a la ciudad de Tenochtitlan de sufrir inundaciones, erigida en medio de éste.

Otro aspecto físico a tener en cuenta es que el piso (fondo) del lago de Texcoco era prácticamente impermeable, esto quiere decir que las aguas no tenían hacia donde filtrarse y por lo tanto incrementaba el riesgo de inundaciones.

Fray Juan de Torquemada refiere información sobre una inundación que tuvo lugar durante el gobierno de Moctezuma Ilhuicamina: “[…] crecieron tanto las aguas de esta laguna mexicana, que se anegó toda la ciudad y andaban los moradores de ella en canoas y barquillas, sin saber qué remedio dar ni cómo defenderse de tan grande inundación”.

Acto seguido, Moctezuma envió mensajeros a Nezahualcóyotl, tlatoani de Texcoco, para pedirle consejo ante la ruina de la Tenochtitlan; ambos acordaron que lo mejor era levantar un muro de madera y piedra para impedir el paso de las aguas hacia la ciudad.

Estaban conscientes de la dinámica del sistema lacustre, en la que el lago de Texcoco tenía una constante crecida y mengua de sus aguas debidas a las lluvias y a su condición de ser el lago más bajo del sistema. La mano de obra no corrió solamente a cargo de los habitantes de Tenochtitlan, sino que también fueron convocados los de Tacuba, Culhuacan, Iztapalapa y Tenayuca.

Otra inundación ocurrió durante el gobierno de Ahuitzotl, quien dio la orden de encausar el agua de un ojo situado en Coyoacán llamado Acuecuéxatl. Al abrir el ojo, salió con mucha fuerza el agua y de inmediato se inundó, causando mucho miedo entre la gente por la altura que alcanzó. Cuando se dejó correr el agua, se iban realizando los sacrificios en diferentes puntos por donde iba pasando el líquido, al llegar a Tenochtitlan se le hicieron las reverencias necesarias de índole religiosa; después de cuarenta días el agua creció tanto que todo lo inundó y Ahuitzotl se sintió culpable de tal desgracia.

Ahuitzotl mandó a construir una albarrada que no ayudó en gran cosa, por lo que pidió consejo a Nezahualpilli; éste le aconsejó que se deshicieran las presas de las fuentes para que el agua siguiera su antiguo curso, y después proceder a ofrecer sacrificios y rituales a los dioses del agua; la inundación cedió después de un tiempo y se volvieron las aguas a su cauce natural.

Antes de la inundación, Ahuitzotl, consciente de la belleza que le brindaban los huertos a Tenochtitlan, y la consecuente necesidad de agua para mantenerlos coloridos, mandó mensajeros al señor de Coyoacan para solicitarle el agua del ojo de Acuecuéxatl. Tzutzumatzin, gobernante de Coyoacan, les hizo saber a los mensajeros que estaba dispuesto a darles el agua, consciente de su condición servil a Tenochtitlan; pero les advirtió sobre los riesgos de llevar a cabo tal acto, que el agua se podía desbordar por el ímpetu con el que brotaba.

Los mensajeros regresaron con Ahuitzotl, y al oír éste la respuesta de Tzutzumatzin, en un arranque de cólera, soberbia y prepotencia, mandó a traer el agua y a matar al señor de Coyoacan, pues el soberbio Ahuitzotl pensaba que no tenía ni porque haberle mandado a pedir su autorización, pues estaban para hacer lo que desde Tenochtitlan se mandara, y tampoco le había pedido su consejo sobre las consecuencias de destapar la fuente.

En este caso el grado de vulnerabilidad ante una inminente inundación se vio acrecentado por la negligencia y soberbia de un gobernante, a quien no le importaron las advertencias; esto bien puede constituir un factor político, social y cultural, pues la soberbia del gobernante es producto de la condición hegemónica de la ciudad que gobierna, Tenochtitlan.

Después de matar a Tzutzumatzin, Ahuitzotl mandó a traer gente de Texcoco, Tacuba, Xochimilco y Chalco, equipada con los materiales y utensilios necesarios para construir un canal por el cual hacer correr el agua desde el ojo de agua de Coyoacan. La cantidad de gente involucrada en la obra y la organización fue tal que el tiempo invertido para su ejecución no fue mucho, solo ocho días.

Una vez concluido el canal, y antes de hacer correr el agua a través de éste, el tlatoani mexica mandó traer niños para el sacrificio mientras corriera el agua, así como sacerdotes que dirigieran el ritual.

Los mexicas tenían acceso a distintos recursos, humanos y materiales, de los cuales disponían en cualquier momento y con sólo ordenarlo. Las cantidades de tributo que recibían eran muy grandes, lo que les permitía no escatimar al momento de poner en marcha proyectos de construcción de calzadas-diques, acueductos, canales, etc. Esto constituye un factor económico, político y social que les era favorable al emprender acciones y que les permitía tener una capacidad de recuperación satisfactoria ante las inundaciones.

No todo el crédito se lo llevan los mexicas, pues como se vio, en dos ocasiones recurrieron al consejo y ayuda de los gobernantes de Texcoco, por lo que muchas de las obras que emprendieron los del centro le debían bastante al aprendizaje obtenido de ver a los de texcoco y otros pueblos en acción.