“El indio de aparador”: una trampa totalizadora

Análisis del impacto de Occidente en la percepción que las propias sociedades que conviven con los indígenas tienen de ellos.

 

Desde la propulsión de América Latina hacia la modernidad, las políticas nacionalistas, que abrazaban en su totalidad discursos del progreso, la globalización y el capitalismo, lograron orillar y exaltar una de las categorías más totalizadoras como lo es el “indio”, es decir, esa trampa totalizadora que sirvió a Occidente para dominar y segmentar a la población territorial de toda América Latina para marcar una diferenciación del “otro”.

Por muchos años, para el caso de México, la sentencia era que se tenía una minoría de la población indígena para poder encajar en los estándares occidentales, debido a que pertenecer a una etnia indígena hasta el día de hoy sigue figurando como retraso. Sin embargo es necesario reformular este tipo de discursos que, contradictoriamente, no ven sus propios términos sino en los que generan y exaltan una entrada al desarrollo y a la competencia en el mercado.

La diversidad cultural existente en México en términos de sociedades indígenas es gigantesco, por lo cual el concepto de “indio” los categoriza en un grupo único y homogéneo. Y esto genera, como bien lo expresa el autor Rozart Dupeyron, un “indio imaginario”.

A lo largo de muchos años hemos visto desfilar investigadores que escribían acerca de ese “indio de aparador” que los dotaba de falsas identidades y poco interés se tenía por el entendimiento de su propio mundo en sus propios términos.

En América Latina es común negar a las poblaciones indígenas, alejarlas de las políticas y despojarlas de sus territorios para dar apertura a las corporaciones privadas que explotan la tierra, violan los derechos de las personas e incluso son capaces de desaparecerlos y matarlos con tal de conseguir sus intereses.

Dupeyron plantea al “indio de papel” esa figura ancestral, fósil y lejana. En donde la naturaleza del indio es definida desde los términos de Berlín, Edimburgo o París. Mientras que en el territorio en el que se encuentran se sigue viendo como un problema nacional, siendo sometidos y a su vez viéndose como algo exótico. Aquel “indio de papel” que sirve como hobby y sujeto de estudio para académicos que desde la dominación escriben y transforman lo real para hacerlo creíble.

Además de que muchos de estos grandes académicos suelen estudiar al “indio” para volver a su lugar de origen y ganar una relevancia intelectual sin siquiera volver y figurar en la vida de las sociedades indígenas. Otros son contratados por multinacionales para poder invadir algún territorio y generar recursos, contaminando el agua o quitándosela por completo a los pueblos indígenas.

Sería interesante mirar desde otra perspectiva cuando vamos a los museos en los que los discursos generados bajo sus criterios, de cómo se vivía en la antigüedad y qué hacían distorsionan la realidad, además de exaltar y definir qué culturas venden sobre otras: es importante que cuestionemos la mercantilización de las propias culturas y de las sociedades indígenas que buscan generar un recurso para poder vivir el día a día.

Es necesario que respetemos y generemos nuevos discursos que critiquen y reflexionen acerca de nuestros propios devenires, de la suma de cohesión social que ha segmentado a la sociedad entre los que son o no son indígenas. Las lecturas de las personas que no sean el hombre blanco rescatador de la sociedades, aquel que se cree aliado universal dándole voz a los que no la tienen.

América Latina tiene una riqueza cultural que no le pide nada a Occidente, pero que se ha visto sometida bajo los estándares de modernización que de manera pronta acecha y homogeneiza todo a su paso.

Las sociedades indígenas son diferentes entre sí, con lenguas y tradiciones que son igual de válidas que cualquiera, sin embargo el cuestionamiento es ese, ¿qué tanto sabemos de nuestras propias sociedades indígenas?

Uno de los principales errores recurrentes de nuestra sociedad es que generalmente omite o invisibiliza las identidades étnicas posicionándonos en un concepto totalizador que sólo entiende que un indígena es aquel que habla otra lengua y tiene un modo de vestir diferente. Lo cual nos demuestra el nulo conocimiento que se tiene siquiera por las múltiples identidades culturales y étnicas en las que nos encontramos inmersos.

Es por ello que cada vez que percibimos este abanico de identidades, y como bien lo apunta Federico Navarrete: “deben ser comprendidas en su presente, en función de la sociedad en que existe y son utilizadas. […] El que un rasgo particular, como el aspecto físico o la lengua o la forma de vestir, sea usado para definir una categoría étnica depende de la historia particular de cada grupo o más ampliamente del sistema de relaciones interétnicas al que pertenece”.

Plantearnos condiciones en las cuales se evidencian las heridas de América Latina, producto de una suma de explotaciones coloniales impuestas y sobre todo violentas, deben generar en nuestras conciencias una reflexión hacia la historia, así toda vez que caminemos por algún territorio entendamos su devenir, respetemos pero sobre todo dejemos vivir dignamente a las personas que solemos percibir a partir de la diferencia.

La reflexión es esa, no caigamos en los discursos impuestos por economías explotadoras que nos ciegan y tratan de callar voces mostrando “indios de aparador”.

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