El gimnasio (Parte 1)

Hacía un mes que Ellen, Marie, Dorothy, Betty y Claudia habían celebrado en casa de ésta última una gran fiesta. Una fiesta que no olvidarían en su vida. Todas habían ido con sus parejas y esa misma noche las cinco decidieron acabar con sus respectivas relaciones a la vez. Era algo que hacía tiempo tenía que suceder. Ninguna de ellas se sentía cómoda o a gusto con su pareja, más bien era al contrario así que aconteció cuando tuvo que acontecer

Las cinco eran amigas desde la niñez. Tenían la misma edad, veintisiete años para ser exactos. En la adolescencia pasaban la mayor parte del tiempo juntas, iban de un lado para otro y nunca se separaban. Pero con los años cada una empezó a hacer su vida y empezaron a distanciarse. Dejaron de verse regularmente a partir del momento en que cada una empezó una relación seria con su novio, y de eso ya hacía unos años. Así que un buen día decidieron que aquello no podía ser, que tenían que buscarse un hobby común para no perder el contacto definitivamente. Y decidieron montar un pequeño gimnasio en el sótano de casa de Claudia. Irónicamente, el día de la inauguración fue el día que acabaron mal con sus respectivas parejas. Y así se quedaron solas y libres para disfrutar de su nuevo pasatiempo.

Hacer ejercicio es algo que no suele estar entre las prioridades de una gran parte de la población. Hay personas que se apuntan a gimnasios a los que pagan religiosamente cada mes una buena suma de dinero para ir una o dos veces cada cierto tiempo. La verdad es que si empiezas y te lo tomas en serio, llega un día en el que no puedes dejarlo. Y así les sucedió a las chicas. Empezaron el día siguiente de la ruptura, sin perder tiempo.

Habían equipado el gimnasio con un par de bicicletas estáticas, otras dos elípticas, unas cuerdas de saltar, una pequeña y bastante simple máquina para hacer abdominales y aquéllo que más ilusión les hizo: cinco sacos de boxeo colgados de las vigas del techo del sótano.

Les encantaba coger sus guantes y pasarse horas dándole golpes al saco. Quedaban por la noche después de trabajar y entrenaban hasta bien entrada la madrugada. El estrés se desvanecía por sí solo. Al terminar se encontraban flotando en una nube, relajadas, tranquilas, sin ningún tipo de miedo en su mente.

Incluso habían conseguido un DVD con un entrenador personal que les enseñaba virtualmente diferentes golpes de boxeo. Cada puñetazo, cada golpe era cada vez más adictivo. Poco a poco se iban transformando en seres oscuros y crueles, algo que nunca hubieran podido imaginar meses antes. Con cada golpe algo en ellas nacía. Se sentían empoderadas, podían sentir cada vez más control hacia sus propias vidas. Eran las dueñas de su destino, dueñas de su propia existencia de ahora en adelante. Nada podría pararlas. Nada ni nadie.

Y cada día llegaban al gimnasio con más ganas, estaban en el trabajo imaginándose el momento. Ese momento en el que se desharían de todo lo real y se sumergirían en su pequeño y oscuro mundo. Se había convertido en todo un ritual. Todos los días se reunían a la misma hora, las once de la noche, cuando ya todas habían salido de trabajar. Llegaban a casa de Claudia y abrían unas cervezas. Conversaban tranquila y pausadamente, no tenían prisa por llegar a casa. Se contaban historias acerca de sus relaciones pasadas. Reían, lloraban, se consolaban mutuamente y acto seguido, se sumergían en el sótano para liberar toda la adrenalina que pudieran noche tras noche.

Un día sucedió algo inesperado. Había pasado un poco más de un mes del gran acontecimiento y las chicas estaban como siempre tomando una cerveza antes de empezar a trabajar el cuerpo. Eran las once pasadas. Llamaron a la puerta, era un comisario de policía.

Claudia le invitó a pasar y a sentarse. Se miraban entre ellas extrañadas por aquella visita. Se acomodaron y escucharon lo que el policía tenía que decir.

— «Señoritas, hace unos días denunciaron la desaparición de cinco varones que creemos tienen mucha relación con ustedes«. El comisario sacó un papel del bolsillo derecho de su chaqueta y leyó los nombres de las ex parejas de las chicas. Quedaron todas atónitas ante aquella noticia.
— «Según parece no han aparecido por sus lugares de trabajo desde hace más de un mes y sus familias han empezado a preocuparse, evidentemente. Sus teléfonos móviles no dan señal ninguna, no se pueden rastrear. Así que, díganme, ¿saben algo acerca de ellos?«.
— «Hace un mes que les dejamos, es decir, cortamos con ellos» – Ellen fue la primera en hablar.
— «¿Todas, las cinco?«.
— «Exactamente, todas«.
— «¿Podrían explicarme cómo sucedió eso?«.

El comisario sacó un pañuelo del otro bolsillo de la chaqueta y se lo puso tapando su boca mientras tosía un par de veces.

—»Verá» —empezó Claudia—, «hace poco más de un mes monté una fiesta aquí en mi casa, a la que vinieron todos ellos y nosotras. Estuvimos comiendo, bebiendo y hablando y las cosas se fueron de madre. Ninguna de nosotras era feliz en su noviazgo así que decidimos dejarlo todas en ese momento«.

El comisario hizo una mueca de incredulidad al escuchar las palabras de la chica. Mantuvo el silencio unos segundos y prosiguió.

— «Necesitaré más detalles señoritas, entenderán que una historia así sea difícil de digerir. Es decir, a ver si lo he entendido: ¿cinco parejas rompen a la vez la misma noche en el mismo sitio?«.
— «Verá, las cinco nos conocemos desde pequeñas. Hemos compartido mucho juntas. Digamos que ese día sucedió lo que ya estaba sentenciado desde hacía tiempo, no fue algo espontáneo«.

El comisario miraba expectante a Claudia sin decir palabra. Empezó a toser de nuevo y volvió a sacar el pañuelo del bolsillo para llevárselo a la boca.

— «¿Se puede saber que es ese olor?«.
— «Es el ambientador. Es una mezcla de hierbas con base de vinagre«.
— «¿Vinagre? ¿De verdad le parece que eso desprende un aroma adecuado para una casa?«.
— «Funciona como quitaolores. Me va bien cuando viene a visitarme mi hermana con su perro. ¡No soporto el olor a perro!«.

El policía no acababa de dar crédito al asunto. Tosió un par de veces más y se guardó el pañuelo.

— «A ver, señoritas Claudia, Ellen y Marie. Según hemos averiguado acerca de los desaparecidos, de las aquí presentes ustedes tres eran las que compartían piso con sus parejas, las demás tenían sus propios apartamentos al igual que ellos«.
— «Así es»— contestó Ellen.
— «Explíquenme qué ocurrió esa noche después de la fiesta«.
— «No los volvimos a ver» —se afanó Marie en responder. – «Se fueron de casa esa misma noche y no volvieron«.
— «¿Ni siquiera volvieron a buscar sus cosas?«

Ellen fue la que respondió esta vez.

— «Esa misma noche. Recogió sus cosas, se marchó y no lo he vuelto a ver. Marie y Claudia tampoco, por lo que yo sé».

Marie y Claudia movieron la cabeza apoyando la versión de su amiga. El comisario empezó a dar señales de volver a encontrarse mal debido al mal olor que desprendía el ambientador casero de Claudia. Ese fuerte olor a vinagre se le estaba incrustando en la garganta, había entrado fuertemente por su nariz y se había ido deslizando a través de su cuello hasta haberse hecho realmente insoportable.

Claudia se dio cuenta y le ofreció un vaso de agua que fue a buscar inmediatamente a la cocina. Una vez aliviada la angustia, el policía prosiguió haciendo preguntas que las chicas contestaban sin ningún problema. Estaban compungidas, se las veía realmente angustiadas y preocupadas así como sorprendidas ante aquella visita que les traía unas noticias como poco, misteriosas.

El comisario pidió con mucha educación echar un vistazo a la casa que había sido de uno de los desaparecidos hasta hacía poco más de un mes. Les explicó que no había conseguido aún ninguna orden judicial pero que quizás tampoco haría falta. De momento no eran sospechosas de nada. Claudia no tuvo ningún problema en ello puesto que no tenía nada que esconder.

Le llevó hasta la habitación donde le mostró unas cajas apelotonadas en las que la chica había guardado todas las pertenencias que quedaban de Danny. Estaba esperando que algún día apareciera y se las llevara pero lamentablemente él no contestaba a sus llamadas, evidentemente.

El comisario le pidió el teléfono móvil para verificar esas llamadas, las cuales, después de revisado el aparato, constató que efectivamente se habían realizado al móvil de Danny sin dar con respuesta alguna.

De la habitación pasaron al cuarto de baño. Allí ya no quedaba rastro de ningún efecto personal del chico. El comisario estuvo una buen rato haciendo ver que inspeccionaba las estancias pues estaban en el piso superior, y hasta allí no llegaba ese maldito olor que tanto había empezado a detestar. Así que procuraba pasar el mayor tiempo posible en el segundo piso.

Una vez inspeccionada toda la casa bajaron las escaleras y pasaron por delante de una puerta de madera cerrada con llave situada justo debajo de ellas.

— «¿Es el sótano?»
— «Así es»— dijo Claudia.
— «Y supongo que ahí es donde tienen su famoso gimnasio…«.
— ««.
— «Me gustaría verlo«.

Las chicas se miraron entre sí. Claudia sacó una llave del bolsillo derecho de su pantalón tejano y abrió la puerta. Encendió la luz y empezaron a bajar las escaleras de madera una a una. El olor a vinagre aumentó notablemente mezclado con un olor a lejía que hizo que el comisario volviera a sacar su famoso pañuelo y se lo pusiera en la boca.

—»Somos unas locas de la limpieza«— exclamó Dorothy, quién no había abierto la boca hasta entonces, con una sonrisa de oreja a oreja.

El gimnasio era grande. Con sus aparatos, sus bicicletas y sus amados sacos, a mano izquierda había una pequeña barra de bar con una nevera donde guardaban las cervezas. El policía se dio un par de vueltas antes de quedarse parado en el centro del sótano. Bajó su mirada al suelo. Dio un par de saltitos con un posado tan ridículo que las chicas tuvieron que aguantarse la risa.

Se puso de rodillas y puso la mano en el suelo. Un suelo que lucía una moqueta tupida de color negro intenso.

— «Esta moqueta parece que está acolchada. Es muy blanda, se hunden los pies en ella«.
— «¡Somos muy torpes!«. Dorothy volvió a hablar.
— «Acabamos de iniciarnos en esto del deporte y como usted comprenderá necesitamos un suelo blando donde caer si es que alguna tropieza«.
T

Todas echaron a reír.

— «Ya sabe, para no hacernos tanto daño«.
— «Amortiguación«.
— «Exacto. Eso mismo«.
— «Entiendo entonces que la moqueta es relativamente nueva«.
— «Así es«.
— «Y veo que tiene como manchas oscuras. Hay varias aquí y allá«.
— «Verá, aquí no solo venimos a entrenar. Nos tomamos unas copas antes y después… Incluso durante el entrenamiento. Y como le ha comentado mi amiga somos un tanto torpes«.

El hombre empezó a toquetear la moqueta con curiosidad. Fue hacía un rincón y empezó a intentar despegar la moqueta para averiguar lo que había debajo. Ellen exclamó al instante:

— «¡Claudia! ¿Porqué no le vas a buscar al caballero otro vaso de agua? El ambientador empieza a ser pesado, aunque yo estoy acostumbrada entiendo que aquí abajo puede serlo«.

Claudia la miró a los ojos con una expresión firme y empezó a subir las escaleras. Antes de haber recorrido tres peldaños Ellen la cogió del brazo y le dijo:

— «Que no sea agua FRÍA por favor, que es malo para la garganta irritada«.

Claudia asintió con la cabeza.

Escritora de novelas de terror y ciencia ficción nacida en los años ochenta en Barcelona. Redactora de El estado.net donde escribo artículos y relatos cortos de ficción. Puedes leer todos mis artículos y relatos cortos aquí: http://elestado.net/author/laia/

Meggy Williams

Escritora de novelas de terror y ciencia ficción nacida en los años ochenta en Barcelona. Redactora de El estado.net donde escribo artículos y relatos cortos de ficción. Puedes leer todos mis artículos y relatos cortos aquí: http://elestado.net/author/laia/

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