Romance gitano con Lorca

Curro Albaicín nació en el Sacromonte granaíno en 1948, entre Los Cabrera con el nombre de Francisco Guardia Contreras. Su madre María, su padre Miguel El Aguaó. Como la mayoría de su barrio, vivía en una cueva, una vivienda excavada en la roca.

Desde pequeño, se ve expuesto a la zambra, el baile, la guitarra y las voces flamencas, a la pobreza y a la manera de vivir típica de este barrio gitano. Los Habichuela y Los Amaya le acunan con sus cantes. Niñas y niños desnudos y descalzos, hambre y arte, racismo, marginación y miseria.

Vivió de primera mano la terrible inundación de su barrio en 1963, la pérdida de los hogares de sus vecinas y vecinos. Las cuevas inundadas, algunas derruidas, las parcas posesiones perdidas, las familias refugiadas.

Observa la manera de vivir, de atraer a los turistas a los tablaos, y pronto empieza a organizar reuniones, a cantar y a codearse con grandes figuras del flamenco, reconocidas fuera y dentro de Granada. Canta en Granada y Madrid, y empieza a hacer negocios de hostelería. Llega a viajar por medio mundo.

Cueva del Curro en el Sacromonte

Curro es consciente de que, si su barrio ha de sobrevivir a la pobreza, a las grúas de la invasión urbanística; si su gente debe salir del hambre y de la marginalidad, ha de encumbrar la zambra. Cada vez canta menos y empieza a organizar la promoción de figuras de etnia gitana de Granada en España y Europa, y hasta en Estados Unidos. Paso a paso, saca al flamenco de la zambra de la oscuridad.

Curro se ha convertido en el guardián y protector del Sacromonte y sus gentes, y recibe todo el respeto a cambio. Si quieres grabar en el barrio, hacer un documental, o una entrevista, todo el mundo te dirige a él, porque él es quien más sabe, quien conoce cada anécdota y la historia de cada familia… Y, sobre todo, porque confían en él por encima de todo.

En pleno franquismo, llega a sus manos obras de un autor de su tierra, un payo al que asesinó el franquismo. Alguien que le cantó a su pueblo: Federico García Lorca. Curro se enamora perdidamente de Lorca. Llega a ser de las primeras personas que recitaba al poeta. Su primer disco fue prohibido por contener poemas suyos. Incluso recibió un disparo por él.

Pero nada pudo hacer la represión franquista para romper este amor. Curro puso una foto a tamaño natural del fuenterino en su cueva. En el año 1964 empieza a organizar partidas para homenajearle en el lugar de su fusilamiento, el Barranco de Víznar, entre el pueblo del mismo nombre y el de Alfacar.

Recorriendo como podían los kilómetros que le separaban del barranco y esquivando las patrullas de la guardia civil, cada madrugada del 18 al 19 de agosto se plantaban allí, a homenajearle como mejor saben: cantando y bailando, recitando y compartiendo con todo el mundo que se atreviera a enfrentar el pesado silencio de su prohibición.

A pesar de su avanzada edad, Curro sigue guiando a las decenas que quieran asistir a este homenaje abierto, bien entrada la madrugada (empieza entre las 2 y las 3 de la mañana). Acude gente de Euskadi, de Galiza y de Catalunya, entre otros lugares, cada año, para acompañar este homenaje.

Por la cuesta que subieron tantas y tantos asesinados, desde las inmediaciones de la Finca La Colonia donde Lorca pasara sus últimas horas, vienen los gitanos del Sacromonte, mientras el resto espera en silencio. Cantan canciones lorquianas que nos resuenan con ecos de la guerra: “Anda, jaleo, jaleo” o “En la plaza de mi pueblo”. En sus manos, antorchas que rompen la oscuridad mientras sus voces siguen rompiendo el silencio de quienes olvidan hace ya 83 años asesinaron a uno de los mejores poetas de la historia, quien cantó a la libertad llamada Mariana Pineda. Y con el fuego y las canciones, traen ramas de nardos, la flor favorita de Lorca.

Colocan sus telas y sus mantas y esperan en silencio a que Curro dé comienzo a la velada. Quien quiere canta, o recita, o baila. Hay quien se prepara un poema de su propia cosecha. Otras personas asisten en silencio, escuchando y viendo este espectáculo. Nunca se le han cerrado las puertas a quien quiera ir a sentir a Lorca una vez más. No se hacen distinciones de ningún tipo, Curro abraza por igual a sus vecinas y vecinos que a quienes simplemente vengan a rendir homenaje o a escuchar. Llegado cierto punto, reparten entre la concurrencia tortas de la virgen, un dulce local, una especie de torta azucarada y rellena de chocolate. Todo el mundo confraterniza como si viviera puerta con puerta. Y, tras un rato, prosigue la velada.

Curro pide que este homenaje siga cuando se haya ido. Podemos luchar por la memoria histórica, y debemos hacerlo. Pero olvidar este tipo de ejemplos es pervertir el significado de la memoria histórica. He aquí un ejemplo de memoria histórica viva, al alcance de la mano. Porque Lorca no puede morir en silencio; Lorca es luz, es música, es poesía y arte. «Lorca eran todos».

Consolat de Marinaleda en Sant Esteve de les Roures
redactor en ElEstado.net

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