Élites, capitalismo, pacto social y economía financiera

Para la izquierda, el capitalismo ha sido siempre el enemigo, un demonio al que se debe combatir y con el que, como mucho, se puede convivir, dentro de un marco político y social que surgió del pacto social de la posguerra. Ese pacto aseguraba que la izquierda abandonaba la lucha revolucionaria y la titularidad de los medios de producción, a favor de la clase capitalista, a cambio del mantenimiento de un estado del bienestar económico y social para los trabajadores. Pero ahora, el pacto se ha roto por parte del capitalismo: la crisis, la corrupción, los recortes y el empobrecimiento social son los factores que han roto el pacto.

Ha llegado el momento de plantearnos qué debemos hacer con lo que queda del pacto. El planteamiento actual es que hemos llegado a un punto en el que “nos habéis quitado demasiado y ahora volvemos a quererlo todo”. Y también se ha extendido la idea de que lo peor que nos podía pasar (a la sociedad como conjunto) sería volver a la normalidad, a una normalidad que desapareció con la ruptura del pacto social.

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Hasta hace unas décadas el capitalismo era un sistema productivo. Pero en este escenario de acumulación, las élites capitalistas han perdido su visión social de bienestar común, que había existido anteriormente, de forma que han perdido su entorno social y se han desvinculado de cualquier tipo de actividad productiva, centrándose sólo en la especulación.

Mientras las antiguas élites capitalistas tenían una conciencia de sus deberes cívicos hacia la comunidad, las nuevas han quedado completamente aisladas, totalmente desconectadas de la sociedad, pero también del modelo productivo. Esto ha llevado a hablar de la desnacionalización de las élites financieras, que se consideran ciudadanos del mundo, sin ninguna obligación que no sea la mejora de sus “enclaves cerrados”.

Esto no quiere decir, ni mucho menos, que haya desaparecido el antiguo capitalismo productivo. Pero la primacía en los procesos económicos ha pasado al otro bando, y parece que en nuestra sociedad está en claro retroceso.

Se trata de élites extractivas que se apropian de recursos de la mayoría en beneficio de unos pocos, sin repercutir en la sociedad, que sirven para mantener y perpetuar su poder político, dando pie a un crecimiento que no será prolongado, por su falta de interés en la innovación, ya que es un sistema que evita los cambios de escenario, especialmente si son cambios tecnológicos.

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En una sociedad democrática no puede haber este tipo de enclaves cerrados: las élites necesitan proteger su poder frente a una democracia en la que puede votar y decidir (ficticiamente o en teoría) todo el mundo. Por eso intentan gestionar la democracia para que no afecte a sus intereses, y la consideran como una herramienta de control social y, en el peor de los casos, un mal menor, pero manejable.

Owen Jones ha establecido una serie de categorías necesarias para entender la posición de esta nueva élite.

  • Los escuderos. Encubridores de su posición de dominio (por ejemplo los periodistas); un sistema de partidos que no estorbe sus intereses. Una mediocracia que desvíe la atención de lo que pasa y elimine los debates; unas fuerzas de orden utilizadas para enfrentarse a los de abajo.
  • Los gorrones del estado, grandes empresas que viven de subvenciones y de la obra pública.
  • Los grupos de asesores económicos que “ayudan” a redactar leyes sobre impuestos e idean las triquiñuelas para evitarlos.
  • Los amos del universo que, gracias a estas categorías que los encubren, se han hecho con una posición casi inexpugnable.

La élite invierte muchos recursos en el mantenimiento de ese poder: la élite extractiva se basa en el mismo “estado” que denigran para “rescatarlos” e impulsar la economía, a través del desarrollo de proyectos de construcción, el apoyo al sector financiero y bancario, el control del sector energético… Se supone que detestan el intervencionismo del estado, pero dependen de él para medrar y asegurar sus intereses, por encima de los de la sociedad.

En el caso español, la configuración de esta élite se ha basado en tres aspectos fundamentales. En primer lugar, un constante y creciente nivel de desigualdades en la sociedad, con una clase baja cada vez más precaria, una clase media cada vez más empobrecida y reducida, y una élite cada vez más aislada de su entorno social, pero cada vez más enriquecida y poderosa.

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El umbral estadístico que determina quién es pobre incluye cada vez más sectores sociales, sobre todo cuando se refiere a la pobreza infantil, mientras que las clases medias se sienten estafadas por sus dirigentes tradicionales, cuando los líderes políticos dejaron de resolver problemas para convertirse en parte del problema.

En segundo lugar, el sistema de élite en España se ha basado en el trinomio dinero-apellidos-poder, centrado en las grandes fortunas familiares que hunden sus raíces en el franquismo, y que medraron gracias a su posición de ventaja cerca del dictador. Aquí, las élites son un coto cerrado que se alimenta de hijos, nietos, sobrinos y yernos, cuyas fortunas, empresas y bancos son producto de una herencia que no está acostumbrada a competir en campo abierto, con reglas claras de igualdad de oportunidades: nació del amaño y en el amaño sigue. No es una élite que invente, cree, genere riqueza nacional, sino una élite rentista y poco más.

Finalmente, una fuerte crisis del sector de la prensa y de su papel de intermediario y debate: en las decisiones económicas en España nunca ha habido discusión política, como demuestra la falta de debate sobre la ruinosa extensión de la red de trenes de alta velocidad, los desmanes de las empresas energéticas y las políticas fiscales. Además consiguen desviar la atención de las desigualdades articulando otros debates artificiosos (sobre el nacionalismo, la inmigración…).

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Otro elemento importante es la denominada corrupción, pero no la “ilegal”, la que se puede descubrir por la acción de las fuerzas de seguridad o los tribunales, sino la que se considera plenamente legal, como algunas de las acciones que se permiten a las empresas eléctricas, al sector financiero, a los bancos y las puertas giratorias.

Durante la crisis capitalista ha quedado demostrado que el sistema no es igual para todos: mientras que a los deudores de un préstamo hipotecario se les quita la casa y siguen con su deuda, los bancos irresponsables y algunas de sus malas praxis tienen la cobertura del estado, que les inyecta miles de millones procedentes de los recortes y de nuestros bolsillos, y que jamás van a devolver.

Estas élites se han vuelto insensibles y ahora defender el “estado del bienestar” se ha convertido en algo poco menos que revolucionario. Viven instaladas en una gula insaciable, en la trampa y la soberbia, en una realidad virtual en la que solo se relacionan entre ellos, solo leen sus diarios, solo hablan de ellos.

Apenas hay sitio para la realidad de la sociedad, y consideran que la democracia solo es útil cuando el voto coincide con su opinión, con sus intereses. Por eso hay tantos ámbitos de una democracia que son completamente opacos, como el tema de las nucleares o de las fuerzas armadas.

Las posibles soluciones a esta situación pasan por aspectos como un cambio de modelo productivo, el regreso al modelo deliberativo y la disminución de las desigualdades. No puede ser que, si analizamos las empresas que componen el IBEX35 veamos que sólo hay cinco o seis ejemplos de empresas de sectores productivos, mientras el resto son empresas de carácter financiarizado o extractivo. Pero parece que estamos llegando ya a un punto sin retorno en este proceso, y será difícil, si no imposible, conseguir retomar las riendas de estos procesos.

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