El chavismo frente al golpismo: la Batalla de Bacazaraza

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Nos toca a nosotros, los que resistimos el ataque del imperio militar más grande de la historia universal contar lo vivido. Nos obliga un deber que va más allá de cualquier hecho moral. Nos obliga la supervivencia de nuestra revolución, la voluntad de ser libres y soberanos.

El día 23 de febrero el pueblo de Barcelona libró la “Batalla de Bacazaraza“. Una lucha de resistencia y pundonor que enfrentó la unión cívico-militar de las mujeres barcelonesas, los hombres rebeldes y los soldados de la Fuerza Armada Bolivariana contra militantes del fascismo traídos en buses desde Puerto La Cruz, Guanta, Lechería y Barcelona. Municipios de un estado llamado Anzoátegui, caracterizado por ser un enclave de refinación petrolera.

La Doctrina “unión cívico-militar”es la estrategia formativa que impulsó Hugo Chávez en los cuarteles del ejército venezolano, proviene de la experiencia. No fue hecha en oficinas, ni tampoco en ágapes de generales hijos de la burguesía, ni calcada a sangre desde la Escuela de las Américas.

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Tampoco vino delimitada por la visión fascista y unilateral del mundo de Estados Unidos. ni se debe a asesores neoliberales. La doctrina militar venezolana considera al civil como un igual, y lo enfatiza como objeto de interés, de cuidado y de responsabilidad. De hecho, la igualdad se interpreta como un sujeto que potencialmente va a la guerra con el soldado. “Todo el pueblo en armas”.

En el socialismo bolivariano es común ver a soldados ejerciendo labores de atención al pueblo en salud, alimentación, educación, resguardo. Esta doctrina nació de la experiencia de Chávez como soldado raso, con un conocimiento profundo de la idiosincracia del venezolano y un fuerte llamado a valores patrios, nacionales y humanistas.

Solo hay que ver lo distante que está el pueblo venezolano de considerar a su Fuerza Armada como “gorilas” o represores. Hoy se ama a su soldado. Uno los siente suyos y se siente representado dignamente en cada paso que dan, cada grito de guerra patrio, cada mirada prendida. Bueno, digo uno y digo la Venezuela ancha, las grandes mayorías.

Para la burguesía y sus lacayos siguen siendo objeto de desprecio y odio, y es la gran razón de su mínima o nula influencia en los cuarteles. Que lo sabemos. Que lo vivimos cuando atentan contra los uniformados, hemos visto sus ataques a palos, a codazos a nuestras mujeres. Hemos visto hasta intentos de violación, como el que cometió Nixon Moreno; un “líder” estudiantil que amenazó con violar con un palo a una funcionaria.

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Los árboles se remarcaban del fondo violeta claro. Las hojas eran tinta. La mañana era fría, y al menos doscientas personas ya hacían ruido como para detener los carros. Las sonrisas se mezclaban con pupilas dilatadas. Los verdes oscuros giraban a rojo. Todo nos decía que iba a haber un enfrentamiento como en los malos tiempos. Juan Guaidóhabía ordenado a sus hordas tomar los cuarteles militares vía Twitter, en una versión tragicómica de las orientaciones de Gene Sharp.

Con la carcasa de una manifestación pacífica se escondía la intención de bloquear el acceso del cuartel, mientras se agredía psicológicamente a los soldados. Después, vendría el vandalismo y los destrozos. Un plan no muy original, pero efectivo. Las expectativas no eran muy alentadoras. La convocatoria de la derecha rodaba como pólvora por las redes y Whastapp. Las fuerzas revolucionarias estaban dispersas, extrañamente divididas por una convocatoria a última hora de un sector del chavismo regional anzoatiguense.

Mientras tanto, se concentraba el enemigo con cantos de victoria, banderas de Venezuela, máscaras de Trump y Superman. La burguesía de Lechería, los decepcionados de Anzoátegui, los que están hartos de la guerra y quieren sacrificarnos en una guerra. Los pobres de nuestra tierra que ven en la política un negocio y se han acostumbrado a vivir de ella. Los chavistas pragmáticos, con ideales socialistas y formadas con logros económicos, beneficios, recursos, posibilidades de Barcelona. Los estudiantes de Puerto La Cruz que están alineados con los antivalores del capitalismo, adalides de la agresión cultural.

Vinieron los alineados de siempre, los mercenarios, los traidores. Los faranduleros para alimentar su feed y encajar en una universidad privada donde todos los niños son opositores. Detrás de la frivolidad de los discursos, de la simbología “pacifista”, de los guiños con el “progreso”, de la compra de canciones a artistas de pop se esconde el genocidio. Irak lo sabe. Siria lo sabe. Libia lo sabe. Nicaragua lo sabe. Colombia lo sabe. Brasil lo sabe. Se esconde una rabia furiosa contra lo que huela a chavismo; se esconden degollados en plena vía pública, hombres quemados vivos, sicariatos, bombas, sabotajes, guarimbas, asesinatos. Ellos traen la muerte y se le acabaron los espejitos.

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Centenares de patriotas contra miles de manifestantes cargados de odio visceral. En contraparte, para sorpresa eterna de los laboratorios de Guerra Mediática imperiales se encontraban los inmunes. El pueblo venezolano ha sufrido por dos décadas la que algunos caracterizan como más larga y terrible guerra psicológica de la historia contemporánea.

La cercanía con Estados Unidos, su innegable influencia socio-cultural y la dependencia económica, son factores de peso para señalar al Pentágono como principal responsable de la campaña de odio que hoy es internacional contra la Revolución Bolivariana.

Sin embargo, parece ser siempre insuficiente, siempre falta de consistencia ante la perspectiva social de un pueblo altamente politizado, con raíces históricas libertarias y con un sentido del humor mordaz y corrosivo. Los embates y efluvios de esta guerra tienen como enemigo principal al tiempo. No pasa mucho antes de que sean ridiculizados, olvidados y arrojados al vacío informativo.

De nada han valido info-mercenarios, influencers, periodistas prepago, políticos a sueldo completo de la USAID, artistas de conciencia dulce y un largo variopinto etcétera. La conciencia de un colectivo que adquirió perspectiva social y que no quiere volver a la oscuridad medieval a la que nos sumió el corporativismo comunicacional, no pudo ser desmovilizada. Alguien gritó “¡Chávez Vive!” Era adrenalina pura. Los nervios como cables y como venas se levantaban de la piel morena.

Y entonces llegó el enfrentamiento.

Comandados por el alcalde de Lechería Manuel Ferreira, recién llegado de Caracas en donde desconoció al Presidente Nicolás Maduro en la Asamblea Nacional en desacato, la movilización de la derecha arribó destrozando cualquier medida de seguridad. Dos manzanas de la ciudad sufrieron su ira patológica. Aceras, ornamentos, cercas de seguridad, tarimas en donde se estaban efectuando actos de cultura y deporte, todo fue arrasado. La rabia no parecía tener límites.

Los límites destinados a contener la violencia desbordada eran personificados por guardias nacionales: fueron insultados, agredidos verbal y físicamente, con billetes lanzados a sus caras y las respectivas mentadas de madre. Detrás de la barrera esperaba el pueblo chavista, firme ante las agresiones y como era de esperarse, comenzó el vandalismo. ¿El resultado? Piedras contra el pueblo y los militares, destrozos, robos.

Un humilde maestro herido, con fractura craneal de una pedrada que casi lo asesina. Equipos electrónicos hurtados. Vidrios rotos. Soldados golpeados. Como las marejadas, como los monstruos de los cuentos infantiles la derecha se alimenta del miedo y del morbo. Palidece ante la serenidad. Se esconde ante el peligro. Rojo y verde en movimiento. Los gritos aumentan. Suena un clarín. La de al lado grita “¡todo el mundo activo carajo!“.

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En una tarima, varios líderes políticos le hablaban al pueblo justo al frente del cuartel Bacazaraza. Luis José Marcano, alcalde bolivariano de Barcelona saltó de la tarima, una mujer corre en el fondo. Los reporteros gráficos comienzan a correr a su lado. Dos jóvenes de cabello largo y negro se le unen.

Las piedras caen sobre un carro vino tinto. En el frente, la Policía del Municipio Bolívar recibió refuerzos de la Guardia Nacional y plantaba cara a una multitud. La proporción, calculo según las gráficas posteriores era 4 a 1. Adelantaron filas los violentos y forzaron la primera barricada. Era como tocar un cable de tensión en anestesia. Los individuos más agresivos ya estaban combatiendo a piedras y palos contra la segunda barricada, dos cuadras antes del cuartel. En la tarima que seguía, donde declamaba un viejo poeta local y a su lado de una morena cae un anciano, como muerto.

La morena grita, se agacha para medirle el pulso y lo carga. La morena está cargando al señor, que de lejos parece tener un infarto fulminante. Sube un joven flaco a ayudarla. La cabeza del maestro es un charco de sangre. La chama sigue cargando al maestro en vilo y logran bajarlo. Ha sido una pedrada, al menos de 250 gramos. Un trozo de asfalto que arrancaron de los brocales.

Algunos cuentan que vieron caras conocidas del otro lado. El enemigo, como aquella tormenta de arena que toma rostros y te los muestra en plena batalla, para desorientarte.

Marcano se fue a la primera línea. Para el enemigo, era un movimiento no calculado. Con él venían sus camaradas. Sus hombres y mujeres de todos los días, de la faena. La avenida estaba cortada por una marea roja y verde, como en un collar africano que caminaban al lado, sin atrás ni adelante. Se prendió el Bethoveen.  Las movilizaciones se enfrentaron con metros de separación y los uniformados en el medio. Se llama “mediación” en Venezuela. Lo saben los que han estado allí, cara a cara con el monstruo del fascismo. Tenemos diecinueve años de experiencia, cojones y ovarios de plutonio. El gran pacificador hizo lo suyo, y neutraliza el ataque en vanguardia. Pero no iba a durar mucho.

De la masa, salió Ferreira. Insisto. No contaban con la lealtad del pueblo venezolano. Su aparición envalentonó a su vanguardia. Volvieron a emerger las capuchas, los hombres con gorra y lentes y bolsos de mano (maricómetros, les decimos aquí). La inteligencia popular alerta. Había uno “con una bicha”. Un camarógrafo lo ve. Un técnico lo ve. Marcano lo ve.

¿Cuál es el contexto y por qué hay que conocer la otra historia de Venezuela? Porque en las movilizaciones de la derecha siempre se buscan muertos. Es así, aunque no se diga. Porque las manifestaciones de la derecha, por más pacíficas y bucólicas que las quieran presentar, son el vehículo para los fascistas. Una plaga de la que no ha podido librarse la oposición venezolana que cree en la democracia (es inmediatamente calificada de “chavista”).

En las movilizaciones de la derecha venezolana se esconde la “guarimba”, la toma de calles, la colocación de guayas metálicas en los postes, la quema de locales, los baleados, las oficinas gubernamentales destrozadas. “¡Cuidao!” grita el señor. “Ahí está“, gritan en la avenida. “¡Ahí está Luis! ¡Ahí tiene la pistola!“.

Los fotógrafos de la derecha apuntaban al chavismo. Marcano le grita a uno que apunte al sujeto. “¡Sácale fotografías que está armado!“. El sujeto se escabulle entre la marcha de la oposición, y con él otros. En dos días, esos mismos fotógrafos acusarían a Marcano ante el Sindicato de Trabajadores de la Prensa regional por hostigamiento.

Dirán que el Alcalde los expuso ante el público, sin referir que Marcano respondió en sus redes sociales a los ataques. Exministro de Comunicación, el alcalde del Municipio Bolívar tiene una actividad significativa en medios digitales. Y tiene enemigos jurados.

Llega un militar de alto rango. Se acercan soldados. Se reúne con Marcano. Se acercan a Ferreira. El chavismo aprieta la cerca. Llueven billetes. Mujeres lanzan billetes a los soldados. Los ojos se enrojecen, porque al patriota le hierve la sangre cuando ridiculizan sus símbolos.

Un joven les grita “¿acaso ustedes no están pasando hambre también mamaguevo? Quítate ese disfraz y nos entramos a coñazos tú y yo! Mamaguevo te dije ya. ¡Chavista de mierda!. Otra rubia entrada en años, con unos lentes de sol Prada sobre su cabello lacio y rubio plancha grita: “¡¿Por un bono negro de mierda?! Por un bono o por una caja de comida estás traicionando a tu patria?“. La mirada al frente. El pecho hacia adelante.

Algún soldado bromea. Alguien le saca una foto, y después del desenlace una de las fakenews dirá que soldados se pasan a las filas de Guaidó. La farándula toma la marcha. Todos quieren fotografías de los militares, como un souvenir. Se cruzan miradas de ojos. Es la hora de los hornos, pero algo pasa.

En las filas de la derecha reina la dispersión. El sol de Barcelona no cuadra para las pieles claras de la burguesía o sus alineados. El roce con los pobres tampoco. El morbo baja. No hay muertos a la vista. Pega el hambre. Se me olvidó apagar la lavadora. En Netflix están pasando una serie buenísima. Ni pendejo que soy para que me den una pedrada aquí.

Es la hora de claudicar para el golpismo.

Lo que nunca podrán callar de mi mente son los gritos de alegría, de dignidad y de orgullo.

Me sentí como cuando Chávez. Ese alimento para el espíritu, que llena los corazones de los que expusieron su vida para defender lo que tanto nos ha costado lograr. La independencia. La autodeterminación. La voluntad. Es nuestro y es nuestro pues.

Esto va para los y las que estuvieron allí. Que me perdonen las licencias, que me excusen por lo genérico y sintético. Esto va para los que me vieron y no me vieron. Para las mujeres, fenómeno milagroso de la selva venezolana. Amazonas. Para los hombres de corazón “no creo en nadie”.  Para los viejos con el carácter jodío. Para las viejas que le meten a la bailoterapia tanto como a formar peo en el Consejo Comunal. Esto va para Barcelona, para Anzoátegui y para Venezuela. Para que el pueblo no olvide.
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