Crítica de “Dolor y Gloria”, última película de Pedro Almodóvar

Genial.

Hacía mucho, mucho tiempo que no nos era dado el poder contemplar una película tan redonda, tan perfecta, que recogiese en sí misma toda la magia del cine eterno, en pantalla grande, absorbente, y como bien repite Don Pedro (a partir de ahora procuraré referirme siempre a él estos términos en señal de reconocimiento y respeto por su bien ganada admiración), decía que Almodóvar refiriéndose a los cines de veranos de su infancia repite en varias ocasiones en su obra maestra “ que huelen a brisa de noche de verano, a jazmín y a pis” (de los chavales que meaban por reflejo instintivo a ambos lados de la pantalla, cual caballos de Paulov, ante escenas de cataratas o con sonido de chorros de agua).

Genial, decía. Y no es para menos.

Pedro ha conseguido aquí la cuadratura del círculo, la perfección absoluta. Parece imposible mantener durante toda la proyección el mismo interés, la tensión, contar todo tan perfectamente, con el ritmo exacto pese a ser una obra intimista, introspectiva, y con una gran dosis de valentía, ya que a nadie se le escapa que es en gran medida autobiográfica. Y agradecer por tanto que sea tan honesta, algo que realmente trasluce desde las primeras escenas.

Y más digno de agradecimiento todavía si lo que nos cuentan hace precisamente especial hincapié en sus fobias, sus dudas, sus debilidades, sus inseguridades, sus miedos y sus fracasos.

Genial. Por el enorme respeto con el que valientemente enfrenta temas tan íntimos, tan personales, y que pueden ser tan comprometidos como la homosexualidad, la dependencia de la droga, el terror ante un posible diagnostico fatal que confirme el mal innombrable, la lucha diaria casi hipocondríaca contra el dolor y la enfermedad, el amor paterno-filial, la primera infantil punción sexual, la abnegación, la infecundidad artística, o su agotamiento, y la falta de energía para continuar el día a día.

Genial. Cual Shakespeare con sus bufones, nos descarga de la que sería insoportable tensión con su maravillosa puesta en escena, sus colores, sus encuadres, sus primeros planos, por cómo nos va contando la historia desde sus encantadores inicios (maravilloso el debut cinematográfico como nueva chica Almodóvar de Rosalía, cantando cual lavandera pueblerina de toda la vida la copla A tu vera), por mostrarnos como decorado tu colección de pinturas (¡Qué envidia!), por la pullita al Guggenheim de no prestarle tus Pérez-Villalta, en definitiva, por rebajar la tensión de ese manera tan perfecta.

Rosalía y Don Pedro durante el rodaje de “Dolor y Gloria”.

Genial. No recuerdo una película en la que todos, absolutamente todos los actores, estuviesen tan “sembrados”. Perfectos. Desde el fantástico Antonio Banderas, trasunto de Almodóvar, en la que quizás sea la más memorable interpretación de su inigualable carrera, y que no solo es ya que resulte totalmente creíble en su personaje, es que ha copiado hasta sus mismos gestos, su modo de hablar, sus pausas, su mirada, y realmente, a poco de transcurrido el metraje, es que te parece estar viendo a Don Pedro. Qué decir de Penélope Cruz, que como contaba Almodóvar en una reciente entrevista, era para él la madre perfecta. Asier Etxeandia (¡Qué grandísimo actor!), resolviendo con solvencia la enorme dificultad del complejo papel asignado. Como era de esperar, brillantísima la inigualable y simpar Julieta Serrano…absolutamente todos los actores.

Y gracias Don Pedro también por ser un artesano, por el enorme trabajo que no puedes evitar adivinemos tras escuchar cada frase; es imposible que todas sean tan redondas, tan para hacernos reflexionar un buen rato cada una de ellas, si no le hubiese dedicado, además de tu innegable talento, muchas, muchas semanas, a releerlas, pulirlas, abrillantarlas, y dejarlas, ahora sí, perfectas. Puedes sentirte orgulloso del trabajo realizado.

¡Ah!, y gracias también por tu originalísimo final.

¡Felicidades!

(Y por favor, no hagas ningún caso a Carlos Boyero).

 Delenda est Moscardó.

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