Política y superhéroes: here we go again!

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Estando la política cada vez más polarizada en todas partes y siendo los superhéroes más omnipresentes que nunca, se hace inevitable que con creciente frecuencia se den comentarios y reflexiones vinculando estos dos mundos, que comparten más vínculos de los que en un principio podría imaginarse.

Empecemos por lo básico: hay dos grandes editoriales de superhéroes, las dos de EEUU, DC y Marvel. DC cuenta en sus filas con Superman, Batman, Wonder Woman, Flash, Green Lantern, la Liga de la Justicia y otros universos de ficción más o menos relacionados con los superhéroes como los de Watchmen. A la Marvel pertenecen Spider-Man, los Vengadores (donde encontramos al Capitán América, Thor y Iron Man), los mutantes de la Patrulla-X (entre los que destaca Lobezno), los 4 Fantásticos, Daredevil o Hulk (nuestra entrañable Masa).

La primera eclosión de los superhéroes (la llamada Edad de Oro) se dio a finales de los años treinta con el debut de Superman y encumbró a DC como la editorial más importante del medio. La Segunda Guerra Mundial popularizó enormemente a los personajes, que fueron intensamente utilizados como propaganda.

La segunda eclosión (denominada Edad de Plata) tuvo lugar a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. Pese a que en sus inicios se hizo eco de los típicos temas de la Guerra Fría (amenaza exterior, espionaje, ciencia ficción) no tardó en orientarse a una humanización de los personajes y a reflejar las nuevas sensibilidades sociales que se iban abriendo paso. Este enfoque aupó a Marvel a lo más alto de la industria.

Con el paso del tiempo, estos personajes han ido independizándose del medio que les vio nacer (el comic-book) y peregrinando a otros con enorme fortuna: animación, series de TV, cine, videojuegos, etc. Sus casas editoriales han acabado siendo una pieza más de enormes corporaciones transmedia. En los años setenta Warner (ahora perteneciente al gigante de las telecomunicaciones AT&T) adquirió DC y a finales de la pasada década Disney compró Marvel.

Hoy en día, los superhéroes son una pieza clave del ocio y el entretenimiento de millones de jóvenes y no tan jóvenes por todo el planeta. En este sentido no son ajenos a las corrientes políticas de fondo ni a las “batallas culturales” que animan esas corrientes. De hecho, la explosión del cine de superhéroes ha ido acompañada de un incremento espectacular de la literatura académica sobre los mismos.

Marvel siempre ha tenido fama de ser la editorial “liberal” (en el sentido que le dan en EEUU, es decir, “progresista”) mientras que por oposición DC ha sido con frecuencia caracterizada como conservadora.

A favor de Marvel ha jugado la especial sensibilidad que Stan Lee, su legendario director editorial, tuvo a la hora de reflejar en personajes y tramas los intensos cambios sociales y políticos de la década de los sesenta. Así, Marvel hizo debutar al primer superhéroe negro (se crea o no, fortuitamente llamado Black Panther), reflejó las protestas estudiantiles, coqueteó con los aspectos más inofensivos de la contracultura o encontró en los mutantes un vehículo eficaz para emitir mensajes contra la discriminación de todo tipo.

Este tibio progresismo de Marvel se ha convertido en marca de la casa y aún hoy se cultiva, como en el número especial que reunió a Spider-Man con Obama, seguidor declarado del personaje (lo mismo que, irónicamente, Ronald Reagan).

Sin embargo, bajo el sello de DC se han publicado cosas como la aún hoy asombrosa etapa original Wonder Woman, de la mano de sus creadores, la pareja poliamorosa de psicólogos feministas William Moulton Marston y Elizabeth Holloway; han visto la luz obras con una sólida crítica política como Watchmen; e incluso se reconvirtió un viejo personaje como Green Arrow en un izquierdista declarado.

Gran parte de la fama de “carca” de DC se debe a su personaje más emblemático: Superman. Al pobre Superman le pasa lo mismo que a nuestro querido Capitán Trueno: arrastra el sambenito de ser “el más de derechas” del lugar. El caso del Capitán Trueno es especialmente sangrante: su creador, Víctor Mora, fue histórico militante del PSUC y en sus páginas no dejó de colar hasta donde pudo (y le dejaron) mensajes pacifistas e igualitarios.

En cuanto a Superman, si bien es cierto que durante décadas ha sido el abanderado del conservadurismo americano a lo John Wayne, en origen fue un personaje de intensa sensibilidad social. Antes que “el Hombre de Acero” fue llamado “el Defensor de los Oprimidos” y en sus primeras aventuras ajustaba las cuentas con maridos maltratadores, políticos corruptos y empresarios sin escrúpulos. Era un héroe rooseveltiano.

En los ochenta años de vida del personaje, y sobre todo en épocas recientes, hemos podido contemplar visiones más progresistas del mismo, animadas por la canónica interpretación que Christopher Reeve, reconocido militante demócrata, hizo de él.

Caso distinto ha sido el del otro gran personaje de DC, Batman. Desde los ochenta y por la inmensa influencia de la visión de Frank Miller (y, quizá, la deriva política de éste), se ha orientado a posiciones y actitudes cada vez más conservadoras, convirtiéndose en el exponente del superhéroe que no responde ante nada ni ante nadie.

Así las cosas, se podría decir que Superman es hoy un “progre buenista” y Batman un “hombre blanco enfurecido”.

El nuevo siglo trajo nuevos bríos al género de los súper-tipos con capa. Tras el 11-S y con la presidencia de Bush, se compaginaron obras de sonrojante patrioterismo con críticas más o menos veladas al estado de las cosas. Así, un supervillano como el Duende Verde (Marvel) se convertía en Director de la súper-agencia de defensa SHIELD o el mismísimo Lex Luthor (DC) en Presidente de los EEUU.

La palma se la llevó la obra Civil War de Marvel, que pretendía ser una crítica a la Ley Patriótica de Bush como agresión del Estado a las libertades individuales en nombre de la seguridad nacional. Sin embargo, la obra eludió de manera torticera establecer una posición clara en un sentido o en otro.

No era la primera vez que los superhéroes pasaban de puntillas por la polémica política: ya con la oposición a la Guerra de Vietnam, tanto DC como Marvel habían hecho mutis por el foro dejando tan solo tibios, indirectos y genéricos comentarios en boca de secundarios.

En todo caso, donde ahora se plasma el discurso superheroico es en la gran pantalla. En esta, la maquinaria de Disney nos ha presentado una saga sin parangón acerca de un grupo de operaciones especiales de coloridos y militarizados disfraces. Diversos cuerpos de seguridad y defensa han debido de sentirse irresistiblemente identificados, pues la estética y el discurso de su publicidad corporativa se tornan por momentos más y más comiqueros.

Por su parte, Warner nos ha dejado ese monumento al mensaje político envuelto en el traje de un blockbuster que es la trilogía del Caballero Oscuro de Christopher Nolan. Si la tercera parte hizo que Zizek afirmara poco menos que Batman le había declarado la guerra al Occupy Wall Street, la segunda no dejaba de ser una defensa cerrada de la necesidad de saltarse la ley y los derechos individuales cuando se trata de derrotar a ese tipo de gente “que solo quiere ver arder el mundo” (sean el Joker o Bin Laden).

Sea como fuere, los superhéroes han abandonado los reducidos márgenes de las subculturas juveniles a las que pertenecieron durante tantos años, pasando a formar parte normalizada de la cultura de masas. Sus propios códigos y metáforas han dejado de ser un lenguaje de minorías intensamente identificadas con los personajes para convertirse en símbolos cada vez más universales.

Por ello, por su cada vez mayor radio de acción, aspiran con creciente intensidad a adaptarse a cualquier de las exigencias del momento, del lugar o de la persona que, de manera esporádica o sistemática, se acerca a ellos en busca de evasión, identificación o mera curiosidad. Y consecuentemente, su significado político seguirá siendo tan intenso como diverso.

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