Jörg Immendorff. La tarea del pintor

Por fin podemos admirar en España a Jörg Immendorff, siendo esta además la primera exposición retrospectiva desde su fallecimiento.

Organizada por Haus der Kunts, de Munich y el Reina Sofía, la muestra en el citado museo está dedicada a la evolución y a la obra de Jörg Immendorff nacido en Bleckede, Alemania en 1945, y que nos dejó en Düsseldorf víctima de una cruel esclerosis múltiple en 2007.

Un pintor absolutamente “honesto” y coherente. Fue miembro de la sección maoísta del Partido Comunista. Su rebelde actitud como joven de los sesenta, horrorizado por la permanencia en su país en puestos clave de personas que habían colaborado con el nazismo, su oposición a la guerra de Vietnam y su consciencia del neocolonialismo que el capitalismo de entonces estaba instaurando a nivel mundial, (por desgracia con éxito, como bien sabemos), dio como resultado su expulsión de la academia por sus actividades subversivas.

Como afortunada consecuencia el nacimiento de un tipo de pintura útil para las actividades revolucionarias, entendible, y fiel testimonio de en qué parte combatía el artista y, sobre todo, contra quién lo hacía en aquella época que le tocaba vivir.

En 1976 en la Bienal de Venecia repartió folletos exigiendo libertad en la RDA y pidiendo ayuda al resto de artistas solidarizándose con los alemanes sojuzgados al otro lado del muro.

La siguiente pintura, la sutura (parte de una serie), yo creo que alude a la dolorosa división de Alemania, a su resignación (todavía no se vislumbraba el inesperado derribo del muro y la consiguiente reunificación), y al tiempo a la laxitud de la estrella de cinco puntas, que recuerda a la de nuestro genial Alberto en la obra que daba la bienvenida al pabellón de la República en la expo de París, (cuya copia os la da hoy precisamente al Reina Sofía, prometo foto próxima crónica allí); aquella por supuesto mucho más optimista (El pueblo español tiene un camino que conduce hacia una estrella).

A partir de aquí, su pintura parece deudora de los expresionistas alemanes, incluso más lejanamente de los surrealistas, del grupo de Der Blaue Reiter (El jinete azul), de su admirado Max Emst, y para mí, sobre todo de George Grosz, Kirchner y Otto Dix.

Inspirado en el parisino Café de Flore, aquí se retrata precisamente con Grosz, Kirchner y Otto Dix. Y este cuadro es muy curioso y dice mucho de su autoestima. Sí, Immendorff es el camarero, y si os fijáis bien sirve cuatro copas siendo una para él, como queriendo decirnos que por supuesto, naturalmente que se considera a su misma altura. Que bebe de, y con ellos.

Impresionado por el famoso y antifascista “café Grecco”, de Renato Guttuso, que pudo ver en Colonia, Immendorff dio comienzo a su ácida serie del café Deutschland. Lástima de soporte que utilizamos, en realidad los lienzos son enormes y permiten ver cada detalle. En verdad cada personaje, cada rincón, es en sí mismo un cuadro. Y a la vez un discurso.

Otra referencia la encontró (vaya Vd. a saber por qué), en Tom Rakewell, el personaje de los archiconocidos grabados ingleses sobre la carrera del libertino de Hogarth y del XVIII, cuando encargaron a Immendorff diseñar decorados y vestuario para la adaptación operística de dicha obra por Stravinsky.

Y al igual que os decía antes, cada detalle es un mundo; ahí os va por ello una ampliación.

El artista como una abeja Maya suspendido contemplando en blanco y negro el final de todas sus referencias, con el tiempo que se agota y fuma su propio sosias, la paleta y la campana rotas, la daliniana figura del ángelus de Millet con dos pechos a modo de gorro frigio, y el transparente vestido de la femenina figura que está frente a él y al publico recibiendo su ovación en el escenario, plagado a su vez de falos y vulvas.

Y por fin, como homenaje, su último autorretrato, Bild mit Geduld, (cuadro con paciencia ). Era un cachondo. Mueve a reflexión como solamente alumbrado por la luz de la vela, contempla reptando a la oruga por el dedo de su única mano ya útil (la parte derecha de su cuerpo parece ya anticipadamente amortajada).

Le cubre un casco zoomorfo con la referencia al águila alemana, una figura de oro que parece representar a su admirada Gertrude Stein (la que fue mecenas de numerosos artistas a comienzos del XX, entre otros, de Picasso), y a la que admiraba por su pertenencia al reducido número de ricos que se preocupó por algo más que ganar y conservar su dinero, lo que para el artista era una total contradicción.

Tanto el águila como la Stein son figuras recurrentes en muchos de sus cuadros. Y por fin vemos sobre la mesa como la que parece la obrita que acaba de terminar refleja la masa feliz y totalmente ajena a la amenaza militar que se cierne sobre sus confiadas cabezas les acecha desde el cielo y como, de los pies del artista, destila pintura al óleo mientras se encuentra unido a la columna de la mesa por una ristra de salchichas de Frankfurt.

Cuando a Immendorff le diagnosticaron ELA, continuó pese a ello trabajando, si bien centrándose a partir de entonces más en sí mismo. Fiel a su carácter rebelde, aprendió a pintar con la mano izquierda cuando el avance irreversible de su enfermedad le impidió actuar con la parte derecha de su cuerpo.

Incluso tuvo la grandeza de ironizar sobre el tema alegando que su enfermedad era para él una liberación, que se sentía féliz ordenando a los demás como habían de situar las figuras y los colores y que de haberlo descubierto antes, toda su carrera se hubiese desarrollado de ese modo.

Admirable.

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