¡No puedo respirar!

Quisiera hablar de las rebeliones antirracistas que se han producido en Minneapolis (Estado de Minesota) al norte de Estados Unidos (EEUU). Han sido lideradas por la comunidad afroestadounidense, motivada por el reciente caso del asesinato policial enraizado en el racismo, sufrido por el ciudadano George Floyd.
 
He de decir, que aún marcando mis grandes diferencias con la mayoría de la izquierda yankee, ver una rebelión en un Estado federal del norte de EEUU, en su propia capital, me pone la piel de gallina. Ya no solo en un estado porque Nueva York, Texas, Los Angeles, y la ciudad que acoge a la propia Casa Blanca están siendo testigos de las enormes revueltas antirracistas que ha causado el asesinato del ciudadano negro a manos de la policía.
 
Este no es el único caso de violencia y abuso policial contra miembros de la comunidad negra de EEUU pese a que se han conquistado muchos derechos sociales, y registrado importantes avances, -no por las bondadosas posiciones de los liberales y progres de las fuerzas políticas de la Casa Blanca-, gracias al constante trabajo solidario, antirracista y revolucionario de las fuerzas políticas, sociales, sindicales y representantes de la comunidad afroestadounidense.
 
El terrorismo del “withe power” no es perpetrado solo por grupos nazis y grupúsculos supremacistas como el Ku Klux Klan (KKK), culpables directos de realizar ritos ultra religiosos protestantes ahorcando a civiles negros y realizando atentados terroristas contra colectivos indígenas o iglesias de negros.
Se ha expresado históricamente en el esclavismo -como forma de desarrollo de las fuerzas productivas-, la vulneración de las lenguas -por el colonialismo europeo-, las condiciones inhumanas que conllevaba la vida de esclavo -sobre todo en el sur de EEUU, donde se produjo un caldo de cultivo del racismo legalizado e institucionalizado en una sociedad donde predominaba el hombre blanco, y que tras la guerra civil americana se convertiría en segregacionismo-.
Las contradicciones palpables de una sociedad blanca que paulatinamente ha eliminado el racismo y el odio segregacionista; capitalista que ha aceptado el discurso globalista de Soros y Clinton, está empezando a ver desde hace muchos años cómo tiemblan sus débiles cimientos durante la administración Trump que, sin ser muy distinta a los clásicos partidos que representan la burguesía en EEUU, sus actuaciones imperialistas contra países anti hegemónicos ha sido un detonante muy potente.
La rotura con la Organización Mundial de la Salud (OMS) es la evidencia de ello. Igual que la construcción del muro en México, el trato hacia la comunidad hispana, y ahora el caso de George Floyd. La tensión ha llegado hasta tal punto de violencia que aún a pesar de algunas posiciones pacificadoras, las protestas han acabado con el saqueo de comercios y la quema de comisarias.
Ahora Trump ha mandado a la Guardia Nacional al Estado de Minesota para disolver estas rebeliones. La situación de las protestas tiene un punto de diferencia muy importante con respecto a las anteriores: la confluencia del racismo policial con el COVID-19 y la cris económica. Acaba en una consumada impotencia por unas posiciones ideológicas nada profundizadas. Esto conduce al mejor escenario para el Partido Republicano y para los intereses de Soros porque no hay una estructura organizada, no existe un partido revolucionario que encabece las protestas.
 
Surgen muchas dudas y cuestiones que se debaten en la izquierda estadounidense, que está totalmente cooptada por las posiciones progres y feministas neoliberales de la universidades apoyadas por la administración Clinton.
¿No ha habido trato denigrante contra la comunidad indígena, la afro y la hispana durante el gobierno de Obama? ¿Qué sucedió con todos los abusos racistas y denigrantes de la policía yankee durante su presidencia? ¿Por qué no paso todo lo que está pasando?
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