Soberanía alimentaria (II). Afrontar la realidad

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Este contenido es la segunda parte de un reportaje sobre el análisis de la cuestión de la alimentación desde un enfoque tan político (crítica propositiva) como social (responsabilidad). Para entender la totalidad del siguiente texto, es recomendable leer antes el primero haciendo click aquí.

En esta segunda parte dedicada a la soberanía alimentaria, me limitaré a hablar de las cosas más básicas -nada de hablar de grandes cifras ni grandes políticas-, que debemos tener en cuenta los ciudadanos de a pie para poder encaminarnos hacia cambios en el consumo alimentario y el apoyo a la producción agraria local.

No solo de números va la cosa, más bien se debe asumir la soberanía como una cultura del consumo y de la relación directa con el mundo agrario, y no sólo como un cambio de convicciones que supuestamente nos pueden “empoderar“. Eso, es un pensamiento demasiado enzarzado en la dialéctica política.

La soberanía alimentaria, pues, empieza por normalizar nuestra manera de comer, comprar y ver todo aquello que se produce a escala local. “Si no elevamos a dioses ni ángeles a los productos y a los productores locales, quizás veremos que detrás de ellos existe un mundo que pretende únicamente sobrevivir e integrarse en plenas condiciones en la red social de distribución de nuestros alimentos rutinarios“.

Recursos económicos

Es el “pez que se muerde la cola“. Con unas rentas salariales desiguales y en la escala medio-baja del conjunto de la UE, la ciudadanía de este país tiene las manos atadas. Hasta ahí la frase sentenciadora.

Dicho esto, podemos como ciudadanos integrar nuestro cambio en el consumo asumiendo cambios en las formas de consumir que nos permitan ahorrar de alguna manera: comprar productos de temporada limita las compras a las estaciones (comprar tomates en verano, no durante todo el año) y nos permite adquirir productos frescos.

No comprar en los grandes centros comerciales nos ahorra la “psicopatía” de comprar para llenar la nevera a cualquier precio. Usar los recursos culinarios básicos nos ayuda a aprovechar los recursos alimentarios y nos ahorra tener que depender de la comida de los recursos rápidos: la pizza Dr. Oetker, el yakisoba instantáneo o el caldito de sobre con sabor a acidulantes y conservantes.

Además, pagar más para adquirir productos frescos y sanos nos ayuda a mejorar nuestra salud.

La cultura del bueno, bonito y barato

En infinidad de ocasiones nos sale el demonio y el angelito en ambos hombros para advertirnos de lo mal o lo que bien que estamos haciendo comprando un producto local que, evidentemente, es más caro que uno industrial.

No podemos transformar nuestros hábitos alimentarios si aún pensamos que podemos tenerlo todo en una hora, a un precio módico y con un colorcito hermoso y una forma perfecta. Eso en el mundo de la producción de calidad, la de verdad, no existe ni por asomo.

Vivimos en la sociedad de la imagen sin nada de trasfondo. Y nos engañamos cuando compramos melocotones a 1,00€/kg pensando que son frescos y están buenos. Serán frescos porque pasarán por cantidad de cámaras frigoríficas, y serán buenos si nuestra escala de valores es la del producto industrial.

El producto debe ser más caro porque ayuda al agricultor a poder producir con más seguridad y mejores condiciones. Y los productos locales no son una imagen en un dispensador de alimentos, depende de múltiples factores que el producto sea como deseamos, y sin embargo, su calidad siempre es buena o muy buena.

La cultura agraria día a día

Vemos cómo se hace la vida imposible a muchos agricultores por hechos tan ridículos como la denuncia a propietarios agrarios por el canto de un gallo, el mugido de una vaca, la peste del estiércol de una granja de cerdos, etc.

La manifestaciones y las grandes problemáticas del mundo agrario siguen siendo un problema sectorial, cuando justamente el mundo se encamina a crear más capacidad productiva agraria local. Incluso la imagen del payés continua siendo la de una persona cerrada, cosa que no deja de ser un estereotipo muy clásico y fuera de la realidad.

La red de distribución de productos agrarios locales es muy limitada y valorada sólo como un punto de compra puntual (“voy a comprar un arroz bueno para la paella del domingo“).

La administración continúa por el camino absurdo de no querer entender que lo que se produce a pequeña escala necesita otra legislación, incluso otra manera de producir más libre. La industria agrícola ya hace años que capea la burocracia asumiendo la deslocalización, la contratación externa, la judicialización y la estrategia del “más vale hacerlo mal pero posicionarse en el mercado que no hacer nada y esperar que la administración nos mande“. Los grandes nos han ganado la partida de momento por goleada.

Con todo esto y más, uno no puede apoyar un sector agrario renovado generacionalmente ni su estabilidad económica y laboral.

No me cabe ni una col entera en la nevera

Este ejemplo “no me cabe ni una col en la nevera” lo oí a un cliente hace ya unos cuantos años. Y es una realidad. Nuestras neveras hoy son pequeñas y el dichoso frost lo seca todo. Esto es muy importante. Si no podemos aguantar en plenas condiciones los productos que compramos seguramente debemos pensar en comprar más a menudo, comprar más conservas de nuestros mismos agricultores, o bien, pensar en cómo cocinar los productos antes de comprarlos.

Si es ecológico pero de procedencia lejana, dos veces malo

Este no es un tema moral. Es importante. Cabe pensar sólo en el auge que están viviendo los productos ecológicos en este país. La mayoría de los productos ecológicos que producimos en casa se exportan (un ejemplo es la exportación de productos de la huerta valenciana, andaluza, murciana al centro Europa).

Otra parte muy importante de los productos eco que consumimos provienen del mercado internacional. Entonces, si consumir ecológico debe ser más sano y sostenible, ¿qué hay de sostenible en consumir productos producidos a 3000 kilómetros? ¿Es sano producir productos ecológicos aún verdes para transportar a miles de kilómetros?

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