Debatecracia

Quizás este artículo empezara a redactarse hace ya muchos años, justo en el momento en que se celebraban elecciones municipales en la ciudad donde nací (Mollet del Vallès).

En el marco del debate electoral entre los candidatos -televisado por la televisión local- llegó el momento de la despedida, del momento en que cada candidato disponía de un minuto para soltar su última arenga, el minuto que -según los expertos comunicadores- más recuerda la gente en un debate político.

¡Y tanto que recuerdo ese último minuto! La candidata socialista (Montserrat Tura), política inteligente y siempre dispuesta a presentar batalla, se giró de golpe hacia la cámara, con una más que impostada sonrisa que daba miedo ver, ya por último, abrió los ojos como se si tratara un personaje más bien “malito” de El silencio de los corderos

Ese debate para mí fue un debate más, sin un fondo real por el que poder entender las propuestas programáticas de los partidos. Pero Montserrat Tura, con esa imagen final me dio a entender que más vale un minuto de sobreactuación que una hora de debate para no llegar a ninguna conclusión. Ahí está el fondo de aquello que quiero reflejar en este artículo: la utilidad del debate por el debate, sin más fondo que el de crear imágenes o posicionamientos políticos estériles y estéticos, o viceversa.

¿Cuantas veces oímos hablar al político de turno desviar la atención sobre una pregunta arguyendo hábilmente “este es otro debate“; “hay que abrir un debate público“; “el debate no va por esos derroteros“? ¿Quién fija las ideas de los debates?

Debate, debate y más debate. El debate no es malo. Nos representa un valor en sí que se remonta quizás a las ágoras romanas y griegas, dónde el debate era público, en la plaza central (ágora). Que surjan infinidad de debates de todo tipo y en todas partes es fundamental para mantener en pie los valores de la democracia y la libertad de expresión.

Hasta ahí, nada que decir, pero eso es sólo una parte del proceso de consecución de la efectividad del debate público. ¿Qué hay pues de la efectividad de las propuestas que surgen en los debates políticos? ¿Cómo hacemos efectiva la fiscalización de los posicionamientos más allá del papel fundamental de los medios de comunicación? ¿Cómo diferenciamos entre un debate efectivo y un acto de propaganda política, económica etc,?

Ciertamente, muchos debates se han convertido en espacios -mediáticos- que sólo sirven para fijar la posición de cada contrincante, o incluso para promocionar personajes pagados por corporaciones o partidos. Y más allá de este objetivo el debate decae, se degenera y se personifica.

El uso de la discusión pública se usa erróneamente desde ambos lados del escenario político: izquierda y derecha. Unos, porque los usan como medio para mantener un estatus social y político, otros, para generar un estado de opinión concreto, virtual y mentiroso. En definitiva, “mucho ruido y pocas nueces“.

Y es que el debate debe cambiar. No podemos dejar en manos de la virtualidad de los hombres y mujeres fake, y de los hombres y mujeres del “orden” que ellos controlan, la efectividad de los debates de todo tipo.

Se debe conformar una nueva idea del debate que presuponga desde el primer minuto que todo aquello que se diga o se prometa debe elevarse a público, y debe ser fiscalizado más allá de esa hora o dos que duran las discusiones públicas.

También, debemos pensar que existe demasiado “opinador” que no aporta nada, al contrario. Cosa que nos debería llevar a transformar la figura del tertuliano por figuras más técnicas, capaces de ser solventes y realistas en sus planteamientos.

Y por último, la izquierda tiene un papel que ha perdido con los años y es el de disponer de figuras capaces de dialogar en todo momento y en cualquier espacio.

La izquierda, no hace muchos años, disponía de una capacidad de socialización mayor que la derecha porque los medios de comunicación nunca han jugado a su favor, y eso ayudó a crear figuras militantes de una causa que instintivamente defendían sobre aquello que cree su comunidad -y no sólo su partido-. El debate era fundamental para marcar una posición pero la tertulia posterior era la acción que legitimaba esos debates.

Por último, el debate público en la época de la industrialización de las fake news debe ir acompañado siempre de un detector de esas mentiras porque, si no paramos inmediatamente esos bulos, dejamos unos minutos vitales para hacer cuajar la mentira entre la opinión pública.

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