Post COVID-19: distancia social y distancia de clase

Resultaba lógico pensar que una pandemia generaría conciencia social y una mayor solidaridad entre las personas, que los aplausos dedicados a los sanitarios y el resto de trabajadores iba a girar nuestra mirada hacia la clase obrera para encumbrarla al lugar que merece, tal y como demostró merecer en el peor momento de esta situación, cuando los muertos se contaban por cientos diariamente.

Venciendo el miedo al contagio propio, y de los suyos, salían a las calles a mantener la economía al ralentí para que no nos faltase de nada en nuestros mercados, para mantenernos con vida. Tantas cosas que hicieron los trabajadores en esos días y por tal motivo les aplaudíamos, pero llegó la desescalada y el silencio atruena más que los aplausos. El que despreciaba a los obreros lo sigue haciendo, nada ha cambiado.

Como todo en esta vida, lo más subjetivo es la experiencia propia y la propia visión de los acontecimientos, pero no pretendo hacer un alarde de objetividad, sino pedir respeto para los trabajadores, desde el barrendero hasta el sanitario, pasando por los limpiadores, camareros y tantos otros. Volvemos a la sociedad previa a la crisis sanitaria, trabajadores invisibilizados cuando no despreciados en los momentos en los que, siguiendo las recomendaciones sanitarias, algunos ven una agresión a sus libertades.

No dejan de llegarme historias de vendedoras que aguantan agresiones verbales de clientes por decirles que tienen que ponerse la mascarilla en un establecimiento, que no pueden probarse las prendas y lo hacen pese a todo. Volvemos a que un trabajador en la calle no sea digno de que se guarde la distancia de seguridad con él, pero sí con el vecino del barrio. Y cuando pide que por favor se separen a metro y medio reciben risas e improperios.

Lo que más duele quizá es que vuelven las agresiones a sanitarios. Hace pocos días a un sanitario le pusieron una navaja en el abdomen. Ya no sólo los trabajadores tenemos que salir a exponernos al virus, sino a la indiferencia y desprecio de algunos, que por desgracia parecen mayoría. Lo peor de todo es que lo sufren los que estuvieron en primera fila contra el enemigo que nos estaba matando lentamente. Vuelven a ser el blanco de las iras de algunos.

¿Cuál es la razón de que esto ocurra, cuando hace apenas dos meses nos dejábamos las manos en los balcones? Muy simple, y es la razón de siempre: la lucha entre la clase oprimida y el sistema que quiere invisibilizarla. Los trabajadores son una fuerza que puede parar, si se lo propone, a todo un país.

La clase trabajadora es una fuerza inmensa que cuando tiene un objetivo común puede hacer tambalearse los cimientos más gruesos de este sistema injusto, en el que los más estamos supeditados a una élite que maneja nuestros destinos en una macabra partida de ajedrez, en la que los peones son sacrificables -más fácilmente si se enfrentan entre ellos-.

¿Cómo se desactiva una fuerza imparable? Enfrentando a sus partes y haciendo del individualismo un mantra. Procurando que nazca la disensión entre la clase trabajadora, en la que unos creen que por no sudar en el tajo no son obreros, que la camisa y la corbata que llevan algunos a sus puestos de trabajo les distinguen y pertenecen a cierta élite distinta que el que limpia la basura en su calle, que pertenecen a ese invento tranquilizador de masas creado por el neoliberalismo que es la clase media.

Esa utopía que hace pensar a algunos que conseguirán algún día llegarán a pertenecer a la clase dominante, sin sospechar que viviendo ese sueño son los que más dominados están, se encuentran en el lugar que los poderosos quieren, sumisos y enfrentados a los suyos por simple elitismo.

Pero la vergüenza mayor es cuando vemos últimamente los casos de rebrotes que en su mayoría se tratan de contagios en entornos laborales precarios como los temporeros en empresas cárnicas. Un ejemplo de esto ocurrió en Alemania, donde se produjo un brote entre trabajadores de una cárnica. Estos tenían que laborar en condiciones poco saludables por decirlo de una manera elegante. El rebrote de Singapur.

Notable contradicción de la gestión liberal, la cual se enfrentó a un rebrote debido a que los trabajadores extranjeros que laboraban en condiciones precarias y no podían pagarse una sanidad privada.

De estos casos ¿qué podemos aprender? Para los explotadores, los más expuestos y los que menos importan son los trabajadores, aun así y el mundo continúa moviéndose en la clave económica de las élites, sacrificando a sus peones.

Lo peor de todo esto es que ese discurso cala en la sociedad, la cual lo acaba replicando. Hay gente que se adjudica el derecho de pisar o estar por encima de otros y eso es una derivada del sistema en el cual vivimos y en el que ni una pandemia logró hacernos mejores.

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