Mawaris: leyendas de amor del Amazonas venezolano

A’menü caminó hacia el Río Orinoco para buscar agua. Cuenta Esperanza, su nieta, que era bella y joven mujer piaroa y que en ese momento, se dejó envolver por un divino aroma y el aletear de las mariposas. Totalmente hipnotizada, fijo su vista en un hombre muy atractivo que se encontraba solo, igual que ella, a la orilla del río.

El Amazonas venezolano, es conocido como la “tierra mágica”, y esto forma parte de la oralidad cotidiana del amazonense. Es común encontrarse con historias de embrujos y hechicerías que suelen consistir en la manipulación de los sentidos. Donde se mezclan la selva, el río, las piedras, los venenos y los aromas embriagantes.

Los hechiceros del Orinoco

Alrededor del Orinoco, circunda uno de los mitos más conocidos, los “Mawaris”. Según relata Jersymar Delgado, periodista del amazonas venezolano, estos seres son llamados así por los pueblos indígenas que conforman el tronco lingüístico Baré, Baniva, Curripaco, Warequena, y son entidades sobrenaturales que habitan en sus mundos mágicos que yacen en el río, la selva y la montaña.

Los Mawaris pueden ser hombre o mujer y “siempre están cerca de nuestro mundo terrenal observándonos, esperando que rompamos alguna regla o límite que nos separa o evita que entremos en su mundo”, describe Jersymar, hablando desde su cosmovisión Warequena.

“No debes comer la sopa de pescado fría, tampoco si eres mujer bañarte en el río”, acota Jersymar, que son algunas de las reglas que se deben cumplir para que los Mawaris no te lleven a su mundo.

Los Mawaris te hacen perder en el río, si te vas algunos días puedes regresar y contar las bellezas que lograste ver en el lugar donde habitan estos seres.

El encantador embrujo de los Mawaris

Esperanza de la Vega Ponare, modelo amazonense, retoma la historia de su tatarabuela piaroa. Recordando un cuento que escribió de niña, “ella fue encantada por un Mawari, ellos son seres del agua muy enamoradizos.”

“Se dice que ellos tienen ciudades bajo el agua similares a las nuestras, y es adonde se llevan a sus enamorados y nunca más los regresan”. Cuenta Esperanza con el entusiasmo de recordar aún buena parte de la mitología ancestral de su amada Amazonas. Un arsenal de imágenes que quiere dejar en el alma de sus dos hijas.

Advierte Esperanza que estos seres pueden escucharse en las silenciosas noches del Amazonas y que en una comunidad llamada Provincial, sobre una gran piedra, se puede sentir como vibran los sonidos de la ciudad de los Mawaris.

Las leyendas se pierden en el tiempo

“Con el paso del tiempo se llega a la adultez y la realidad del criollo (mestizo) obliga a alejarse del misticismo ancestral”, afirma Rafael Aguirre, joven periodista cultural de Amazonas.

Estas historias suelen ser transmitidas a los niños por las madres y abuelas. Sin embargo, las nuevas generaciones ya no utilizan estos mitos para entretener a los más pequeños. Comenzando a desvanecerse con el paso del tiempo y la aculturación que deriva de la conexión con el sistema globalizante.

“Decían que cuando se prendía la parranda (fiesta), salían estos encantos a bailar con hombres solteros y mujeriegos”, cuenta Rafael, quien rescata varias historias similares que la oralidad familiar guardó para él.

Cuenta Aguirre que una familia cercana tuvo un encuentro con los Mawaris: “a una Tía quisieron buscarla en el río en el descanso de carnaval y sólo encontraron las chancletas (sandalias), luego apareció delgada y silenciosa”.

>Naturalidad [Prosa Poética]<<

Quien retorna de la ciudad de los mawaris, es porque no comió de lo que le ofrecieron en el otro mundo. El que prueba los manjares de los hombres y mujeres, mitad humano mitad pez, jamás dejan de ser encantados, y no regresan al mundo de los humanos.

Estos seres aparentemente temibles, desaparecen con la rapidez de la era digital, la violencia de la minería y la incomprensión de quienes llegan desde lejos a habitar los pueblos del Amazonas. Sin embargo, hay quienes afirman que si comes Mañoco (yuca molida), nunca te desprenderás de esa selva, ni de su río, ni de sus piedras.

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