El Rey [Microcuentos]

Protector

—¡No lo entiendo su majestad! —dijo indignado—. Mataste a mi familia. Se supone que tú debes de cuidar de nosotros, no hacernos daño.

—Creo que te equivocas —contestó el rey—. No nací para cuidarlos, no es ese mi deber.

—Entonces no deberías ser el rey.

—Pues sí lo soy, soy el rey de la selva.

Seducido

─Su alteza, hemos encontrado a esta mujer seduciendo a un hombre casado, tanto lo ha tentado, que él ha cedido. Pedimos para ella la horca por lujuriosa.

El rey miró fijamente a la multitud, y luego de unos segundos le dijo a sus súbditos:

─Alisten pronto todas las horcas que hay en el reino, el prostíbulo se quedará sin clientes.

El Rey Midas

Un pordiosero había escuchado que todo lo que tocaba el Rey Midas lo convertía en oro. Un día aprovechó que el carruaje en el que viajaba se averió para preguntarle:

—Su alteza, disculpe el atrevimiento, ¿podría pedirle una cosa?

—Que sea rápido —dijo, luego de mirarlo con desprecio—. Tengo mucha prisa.

— ¿Podría tocar estas piedras con sus manos?

El monarca miró a su alrededor para percatarse de que nadie lo viera. Antes de marcharse, una estatua de oro tuvo que empujar hacia el barranco.

Inocente

─Su majestad, yo soy inocente de todo lo que se me imputa ─dijo aquel hombre, indignado por la acusación.

─No sé si usted es inocente o no —contestó él, conteniendo la risa— lo que sí sé es que yo no soy rey, soy juez.

─¡Perdone usted, su señoría!

Monarca

─ ¡Su majestad, su majestad! ─gritó el general, muy agitado─ atacan el reino, varios de nuestros hombres han muerto.

─Preparen todo ─ordenó el Rey, levantándose de su trono─ hoy defenderé el reino con mi vida si es necesario.

─Tú no vas a ningún lado, tu vida tiene que ser resguardada, yo iré por ellos─ dijo la Reina.

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