El España como problema, Un Pueblo Traicionado

A los dos protagonistas los arropan hasta 24 banderas: 12 de la Comunidad de Madrid, 12 españolas. Ella lleva una chaqueta roja que en términos de comunicación institucional significa que su actitud es agresiva, está en pie de guerra.

Él, alto, bien peinado, con traje azul y camisa de un tono azul marino quiere demostrar calma, serenidad. Todo está listo para ofrecer entre ambos una imagen que llame la atención por ella sola, que por ella sola venda el producto que se quiere vender.

Ayuso y Sánchez escenificaron este pasado lunes más que un acuerdo para combatir la COVID-19 en Madrid, fue un manifiesto de todo aquello malo que persigue la España política.

Este acuerdo entre el gobierno, el Estado y Madrid es institucionalmente curioso. En primer lugar, como catalán me choca ver cómo ahora sí, todo un Presidente de Estado entra como invitado en la sede de una comunidad autónoma por muy capital del Estado que sea, y no pasa nada, repito, y no pasa nada. Ahí veo un trato desigual según por la puerta que entre el principal mandatario del país.

O sea, el acto del lunes no fue más que una interpretación política que subroga obligatoriamente todo el trabajo real a la parte técnica. Eso es preocupante, teniendo en cuenta que la política no es sólo márketing y menos en medio de una pandemia.

Pero, lo más sorprendente es la poca profundidad de las propuestas. Confinamientos perimetrados y establecimiento de una mesa de coordinación ¿Es que no se hablaban antes entre gobiernos? Parece que sí y eso me crea aún  más dudas sobre lo que hay de real en ese acuerdo. Y por supuesto, Madrid se debería confinar, no se puede entender cómo se vuelve a cometer el mismo error que en el primer brote de la pandemia.

Ayuso y lo que representa el PP de Casado

Ayuso y su gobierno en la gestión de esta pandemia son un desastre. Y Aguado (C’s), un hábil ratoncillo que, siguiendo las órdenes férreas de Arrimadas, ha adoptado una actitud moderada, excepto cuando es Cataluña y Torra de lo que hay que hablar.

El PP de Casado y Ayuso son todo aquello que representa el PP cobijado entre los brazos de José María Aznar y llevado al extremo de la patanería y el pasotismo de Rajoy: una pantalla de humo con una bandera de España que se abre paso, una forma de hacer política resultona pero frágil en su fondo.

No importa el caso “Gurtel”, “Púnica”, “Kitchen”, los vínculos judiciales para condenar los líderes del “Procés”, “Villarejo”, “Cospedal” etc., el PP enarbola aquello que suele hacer mejor la derecha española que es hacer de “Padre de la patria” sin dar margen a nada más que esté a su lado por miedo o por chulería ibérica. Lo peor es que en el sí del PP no se prevé ninguna renovación ideológica ni se la espera, sólo caras, banderas y gesticulación. Todo muy rústico.

Por supuesto, no nos podemos olvidar de la “ayuda” que está prestando el jefe de la comunicación de Ayuso, Miguel Ángel Rodríguez. Nadie recuerda este ex-portavoz del gobierno de Aznar y su actitud “serena y dialogante” que se le recordaba en un pasado muy reciente en programas de televisión y radio (llegó a ser expulsado de alguno por su mala educación). A veces, es tan sencillo como pensar que hay gente en medio de grandes decisiones que es tóxica, por muchas ideas que tenga.

El papel de la izquierda

Todos tenemos el deseo que el PP de Ayuso caiga. Pero no hay alternativa a la izquierda, capaz de gobernar o de legitimarse. De manera que sólo queda una alternativa: un gobierno donde el franquismo podría ganar cuotas de poder.

Ayuso sabe que Vox le pisa los talones. Se equivoca blanqueando su agenda política, y seguramente, los de Abascal no tendrán capacidad de confeccionar mayorías, pero sí de continuar condicionando gobiernos.

Ese escenario -Vox todavía más crecido y la izquierda, como el PP, sin rumbo- no existe sostenibilidad para un sistema político que está en plena ebullición. Cuidado con enfocar los objetivos en un rival cuando quién le sigue por detrás no será un rival, será un enemigo.

Se debe ponderar y mantener puentes de diálogo con el gobierno Ayuso por motivos de salud pública, pero hay algo más en toda esta pandemia, y es que la política tiene un peso fundamental para guiar.

Si se deja caer a Ayuso ante los leones con hambre de Vox, se perderá otra oportunidad de no enfrentar dos modelos políticos, de permitir que cada uno se renueve como pueda por muy mal que lo esté haciendo.

No era lo mismo lo mismo Gil-Robles que Calvo Sotelo, y no es lo mismo Casado que Abascal por mucha verborrea que se exista entremedias. Es duro pensarlo, queda lejos pensar en ofrecer distensión a un partido que no tiene ni la más mínima intención por ahora de cambiar pero ahí está la política en su más pura esencia: análisis, estrategia y acción.

El España como problema

El España como problema” es una frase que concluye un fondo de pensamiento participado por Miguel de Unamuno, Ortega y Gasset y Joaquín Costa entre otros, que sigue muy vigente. La COVID-19 ha exaltado ese problema, y lo que pasa en Madrid lo escenifica a la perfección: dar vueltas a una farola hasta marearse, farola que tiene muchas luces, luces que se encienden y se apagan cuando al alguacil le apetece.

Dos cuerpos ideológicos que conviven a duras penas y que son incapaces de entenderse ni en los casos más extremos. Mientras tanto, la sociedad civil camina sola sin escuchar a unas autoridades que no miran por el bien común si no por los suyos.

El fondo de todo este problema histórico sigue manteniendo dos cuerpos que campan a sus anchas: la clase política por un lado y los cuerpos del Estado por el otro lado. Quizá el título del último libro de Paul Preston resume a la perfección ese problema: un pueblo traicionado.

Las desigualdades siempre acaban superando el imaginario identitario de la España en la cual vive gente como Ayuso. La realidad ahora es que un virus ha dibujado un mapa que entiende de fronteras, en especial, de las fronteras que existen entre lo real y lo maquillado.

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