¿Por qué Bolivia sí y Venezuela no?

El Movimiento Al Socialismo (MAS) en Bolivia, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) en Venezuela. Evo Morales impulsado por el rompeolas de la Ola Bolivariana que comenzó Hugo Chávez con su victoria en 1998.

Durante los gobiernos de uno y otro en cada país, la acción política fue casi idéntica. Nacionalizaciones, reforma fiscal progresiva, instalación de un ambicioso estado social que acabó con el analfabetismo y erradicó gran parte de la pobreza. Ambos pusieron en jaque a EEUU juntos, creando el ALBA, la UNASUR y la CELAC.

Sin embargo solo uno de los dos procesos recibió una atención mediática inusitada, Venezuela. Por ser el primer país en llegar y generar esa avalancha política bolivariana que enterró el ALCA y expulsó a las grandes empresas privadas norteamericanas de muchos países latinoamericanos.

Por tener petróleo y usarlo para ayudar a otras naciones a superar la pobreza, por sostener a gobiernos de izquierda perseguidos y suponer un ejemplo para que otras naciones eligieran alternativas políticas similares a la de la Revolución Bolivariana, consiguiendo que la izquierda moderada asumiera varias posturas rupturistas para no perder un inmenso apoyo popular.

Al confrontar con los poderes fácticos, éstos respondieron con una guerra mediática sostenida contra Venezuela, pensando que al cortar la cabeza a la serpiente, el cuerpo moriría sin hacer nada más. Por eso la mayoría de recursos se destinaron a demonizar a Hugo Chávez y al resto de líderes de la izquierda venezolana, centrando en ellos los ataques.

Tras el fallecimiento de Hugo Chávez, se produjo una decepción emocional que provocó un alejamiento de gran parte de la izquierda mundial respecto a la Revolución Bolivariana, en espera de observar el camino que tomaba el sucesor nombrado por el presidente Chávez, Nicolás Maduro.

Sin la presencia mediática del líder venezolano, que poseía una oratoria y un carisma que servía a la izquierda mundial para sostener sus ideas-fuerza frente a la hegemonía de EEUU, difundida además por las oligarquías locales, sobre todo europeas y anglosajonas, la izquierda mundial retrocedió posiciones para no perder poder institucional.

Líderes como Pablo Iglesias en España y Gustavo Petro en Colombia dejaron de defender el proceso de la izquierda venezolana, negándose a hacer frente a la manipulación de los sectores conservadores por una cuestión de oportunismo electoral: defender una posición complicada requiere de pedagogía y tiempo, cuando la estrategia era la del “ahora o nunca“, de la épica de la emoción que requería de vaciar de contenido los continentes.

El resultado es la imposibilidad de cuestionar el neoliberalismo, por lo que la izquierda no tiene capacidad para impactar en la realidad cotidiana de la mayoría social, apenas para poner en marcha medidas estéticas, como el Ingreso Mínimo Vital en España, que durante meses no ha logrado materializarse en la mayoría de las peticiones, las cuales están hechas por personas que, o ya han cruzado el umbral de la pobreza o están a punto de hacerlo.

La victoria de la izquierda boliviana, con un accionar gubernamental como el de Venezuela, pero sin sufrir sanciones por parte de EEUU y la UE, muestra la debilidad de la izquierda, que solo puede permitirse apoyar abiertamente a los que no han sido víctimas, por ahora, del poder mediático de los poderosos.

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