La historia del “rapero moderado”

Una historia narrada con pseudónimos para centrar el debate sobre el caso de Pablo Hasél, preso político del Régimen del 78.

Imaginemos por un momento un personaje llamado “rapero moderado“.

El “rapero moderado” saca un nuevo álbum llamado “Ha vuelto el fascismo, ¡abajo el fascismo!“. En la foto de portada de este álbum se puede ver claramente imágenes de personajes identificados con la ultraderecha local.

No fueron las letras, si no las imágenes lo que ha empujado al partido ultraderechista, pongamos “Café“, a denunciar a nuestro “rapero moderado” por calumnias a los miembros de este partido que aparecen en las imágenes de su álbum.

Nuestro protagonista, sorprendido por esta denuncia, se apresura a defenderse mediante los medios legales que le amparan: la defensa jurídica y la libertad de expresión.

Ya de entrada, el “rapero moderado” ve cómo los medios de comunicación mayoritariamente crean una imagen suya que mezcla fantasía y mentira. El objetivo es evidente; los medios, muchos de ellos de derechas pero también algunos vinculados a la izquierda, quieren deshumanizar al rapero para poder así crear un símbolo del mal, de aquello que no es correcto en una sociedad democrática.

Mucha gente, especialmente joven, le apoya. Él se siente arropado.

El “rapero moderado” decide emprender una campaña mediática para reivindicar la libertad de expresión. Solo encuentra algún espacio dónde poder hablar extensamente, explicar lo que siente y cómo lo siente, en el resto de medios de comunicación a los que acude solo recibe mensajes premeditados, cocinados antes de ser entrevistado. El protagonista empieza a notar que por más que se quiera explicar, su condena ya corre entre los medios y los círculos del poder.

Finalmente, llega el día del juicio al “rapero moderado“. Él se prepara con esmero su defensa, los representantes legales del partido “Café” sólo usan argumentos con acusaciones que mezclan estereotipos y exageraciones. Al “rapero moderado” toda esa verborrea discursiva le cuadra mucho con lo que ha vivido y escuchado en ciertos medios de comunicación, y las declaraciones de ciertos políticos contrarios.

Parece despertar el protagonista de un sueño, ahora parece palpar la realidad; él es el peón de una causa creada desde algún espacio político-mediático perfectamente argumentado para desacreditar no sólo a él, sino a un movimiento político, lo que la ultraderecha llama “los niñatos rojos“.

Pasados unos días, se hace público el fallo del tribunal sobre la denuncia al “rapero moderado“. La sentencia se filtra en ciertos medios de comunicación. El hecho de que se filtre la sentencia antes de recibirla el mismo acusado provoca un estado anímico de castigo y culpabilidad sobre el cantante.

La sentencia no es para nada buena para él: le caerán casi dos años de prisión y una multa de 10.000 euros. No deberá ingresar en prisión, pero no dispone de los recursos económicos para pagaresa desproporcionada multa. Inmediatamente recurre la sentencia.

La causa política contra el “rapero moderado” compromete a mucha gente a salir a la calle. Es una época de cambios en el país, y casos como este indignan a unos y llenan de orgullo a otros. La diferencia entre unos y otros, es que los primeros solo disponen del uso de las libertades políticas y sociales para quejarse, y en cambio, los otros disponen de policías, jueces, medios de comunicación y políticos oportunistas para combatir sus símbolos contra su“enemigo”.

Las protestas devienen un punto de reunión de muchos sentimientos reprimidos en el seno de la sociedad. Se mezcla la reivindicación con desórdenes públicos.

La brutalidad de algunos policías desenmascaran a un colectivo de agentes del orden vinculados con los ambientes políticos de la ultraderecha. Las autoridades se tambalean entre la defensa a ultranza “de las fuerzas democráticas del orden“, y una tímida e incoherente defensa de las reivindicaciones ciudadanas.

La izquierda, perdida en su mar de ideas conceptuales, emprende una campaña errónea de apoyo al rapero que indigna más a los manifestantes que ven sólo oportunismo en esa campaña: “¿Dónde estabais hace un año? ¿Solo soy yo su causa política o hay más damnificados por los ataques de la derecha?”, piensa el “rapero moderado“.

Las autoridades y los políticos, de rebote, se enzarzan en una campaña de desprestigio contra los manifestantes: “son una minoría radical los que salen a la calle. Hay grupos organizados de anarquistas italianos y vascos dispuestos a sembrar el caos en las calles. A esos niños de bien hay que sacarles de las calles y llevarlos a casa o a estudiar, que es dónde deben estar. ¿Quién va a pagar los destrozos de estos vándalos?”.

Mientras tanto, los recursos a su sentencia por parte del “rapero moderado” no llegan, ya han pasado meses y no se mueve nada en las instancias judiciales que tanto se aprestaron en condenarlo. El “rapero moderado” ya no sabe a qué o a quién recurrir. No hay medios en este sistema para las causas “minorizadas” por un sistema que apisona la libertad de expresión y el malestar político de los contrarios al statu quo.

El “rapero moderado” se siente mal. No entiende cómo a pesar de lo contrario que puedan ser sus ideas a las de mucha gente, se pretende desde ciertos estamentos de poder caminar por la senda de la desconexión con la realidad, de pasar por encima de un malestar de buena parte de la sociedad que por ser un sector joven y sin medios de “propaganda,” se le arrincona en un marco de irresponsabilidad y de idealismo.

Se siente agredido por personas que ni tan siquiera han querido saber nada de sus argumentos ni de su música. Cree fervientemente que esta gente ha perdido empatía con sus supuestos contrarios porque se sienten guardianes de un orden, le preocupa que todo esto afecte el futuro de una sociedad como la suya que tiene infinidad de problemas de tipo político y social sin resolver, solo se habla, solo se vocifera de estos temas en las campañas electorales.

Han pasado ya dos años. Nadie ni nada se ha movido por su causa. El recurso está escondidito en el cajón de algún juez.

Los jóvenes que salieron a la calle por él siguen su vida, aunque su sentimiento de rabia y frustración siguen ahí, latentes. Nadie consigue llegar al fondo de ningún tema social o político. Todo se mueve en el círculo imparable de las palabras prejuzgadas y los símbolos del mal y el bien.

El “rapero moderado” no es el mismo, algo ha cambiado. La próxima vez que le ocurra algo así se ha prometido a él mismo que antes de entrar en la espiral del odio y la verborrea que a nada lleva, saldrá a la calle con todo, dispuesto a todo pues ese “todo” que es una herramienta política que no le gusta pero que llega a poder expresar algo, por poco que sea. En el fondo de sus pensamientos se siente triste, ya no rapea, solo piensa.

Café. El “rapero moderado” con el tiempo, descubrió que para los antiguos falangistas gritar “¡Café!” era un alzamiento de las reivindicaciones fascistas de la Falange. Nadie lo descubrió, o a nadie le interesó descubrirlo…

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