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Política y misoginia: diferencia entre crítica por odio o mala gestión

La misoginia es una práctica de odio contra la mujer, que se ha vuelto constante en una sociedad moldeada por el patriarcado.

Es imposible negar la estructura patriarcal en nuestra sociedad, así como también son incuestionables los grandes pasos que se han avanzado en relación a los derechos de la mujer. El patriarcado, cuyo eje de dominación le ha permitido al hombre ser el “amo y señor” del espacio público va cambiando con el pasar de los tiempos, y desde luego, con la lucha constante de la mujer, por hacerse un lugar en el mismo.

No obstante, el que una mujer escale políticamente, no la excluye de las falencias del quehacer político, ni mucho menos del discurso misógino. En estas coordenadas, la política, la misoginia, y el feminismo entran en conflicto, y es imperativo hacer algunas reflexiones.

La misoginia entendida como una actitud de odio, aversión y de rechazo hacia la mujer, es una práctica constante en nuestra sociedad moldeada por el patriarcado. Pero en la política, toda crítica ciudadana o militante tiene que ser bien analizada, para que no se trastoque y  sea considerada como un discurso misógino.

El feminismo lleva años de años luchando por los derechos de la mujer, por construirse un espacio ahí donde las mujeres siempre estuvieron excluidas, no obstante, en algunas ocasiones, esa transición de la mujer al poder se ve contaminada cuando se apela a la misoginia ante el mínimo escrutinio ciudadano.

Hace pocos meses, Vanessa Freire, asambleísta, decidió separarse de UNES, aduciendo entre otras cosas que, “el movimiento ya no es el mismo” en el que ella inició.

En redes sociales muchos ciudadanos y afines a esa organización la criticaron. Un hombre le dijo que de no ser por la figura de Rafael Correa nunca habría llegado a la asamblea. Por estas palabras, varias feministas lo increparon tildándolo de misógino

Haberle dicho eso a la asambleísta no lo vuelve misógino, porque no hay verdad más indiscutible, que el peso de la figura del exmandatario y su capacidad para arrastrar votos en cualesquier partido en que esté.

La mayoría de asambleístas (hombres y mujeres) de UNES, ganaron por el peso de lo que significa Correa en la política de Ecuador. De ahí que él, al ya no estar ya en el movimiento de Alianza País, (usufructuado por Moreno), el mismo  no haya alcanzado ni un solo escaño en la asamblea.

Si los militantes y afines a UNES señalan a Freire de oportunismo y traición, están en su derecho de hacerlo, ese tipo de conductas deben señalarse más allá de si es una mujer u hombre quien lo comete.

No señalarlos en nombre del feminismo y hacer malabares argumentativas dándole la vuelta y apelar a la misoginia me parece harto cuestionable. Eso no tiene nada que ver con la sororidad, e incluso parece rayar en la complicidad y la alcahuetería.

Algunas mujeres, en defensa de Freire, argumentaron también que, una mujer no necesita de un hombre para poder progresar políticamente. Que si ella había ganado no le debía nada a la presencia de Correa, sino que era consecuencia de la lucha de las mujeres por los derechos.

Nadie niega la lucha femenina. Es legítima y justa. Y es verdad, la mujer no necesita de un hombre para tener éxito político. La diferencia en esta situación en particular en el caso Freire es que, no estamos hablando de cualquier hombre, estamos hablando de un expresidente cuya popularidad sigue (¿y seguirá?) vigente.

La alcaldesa de Guayaquil, Cinthia Viteri, ha sido también objeto de varias críticas. Pero parte de esas críticas, censurables, por supuesto, es sobre su forma de vestir y su vida íntima. Esas críticas sí son misóginas, porque las mismas jamás se las aplicarían con igual medida y ensañamiento a un hombre.

Además de que son también falacias ad hominem, es decir, críticas enfocadas en su persona, y no en su gestión. Aquí lo relevante es que debería criticársele por su gestión (pésima manejo en la pandemia, supuestos contratos millonarios, gastos innecesarios, aromaterapia, pautas, etc.), y no por su forma de vestir ni por lo que hace en su vida privada. Criticar su gestión no es misoginia, criticar su vestimenta y vida sentimental sí.

Con respecto al caso actual de la presidenta de la Asamblea Nacional, Guadalupe Llori, a quien se le expuso ante la opinión pública gastos en autos de alta gama y en viáticos (comida, hoteles, masajes, etc.). Ella, en su defensa dijo que “tanta violencia política” y desacreditación es quizá porque es una “mujer amazónica”.

No señora Llori, no es “violencia política” ni mucho menos obedece el hecho de que usted sea una “mujer amazónica”. Los motivos ulteriores que estén detrás de todo lo que ha se revelado de su gestión quizá sí son políticos (alguna estrategia de los “patas rojas), pero eso no quiere decir que lo revelado ante la opinión política no sea veraz. No se escude en argumentos falaces.

Definitivamente, no puede interpretarse ni etiquetarse toda crítica a la mujer que ejerce un cargo público como misoginia o violencia. Con ese argumento, el discurso feminista, muchas veces pretende defender a la mujer obviando la pésima gestión vienen ejerciendo.

Como eres mujer, te defiendo, no importa tu conducta política o el desastre de gestión que estés haciendo“. No le hace bien al país caer en la victimización de la mujer como instrumento para hacer política. Defender lo indefendible a costa de mantener la imagen femenina no es ético. Debe criticarse a los actores políticos más allá de si son hombres y mujeres.

Debemos señalar con toda fuerza la misoginia en la política, como aquella vez que Abdala Bucaram insultó a varias asambleístas llamándolas “perrasy gordinflonas”, o el “gordita horrorosa” con la que el expresidente Rafael Correa llamó a una periodista, o la burla de los periodistas Luis Vivanco y Jorge Ortiz, por un video pornográfico falso de una asambleísta.

Hay que señalar la misoginia desde todos los lugares donde se origina, el feminismo no puede ser selectivo: “si el ataque es a una mujer de un partido rival, entonces no digo nada“. El feminismo exige alzar la voz a favor de todas las mujeres, no solo de las que me “caen bien“.

Pero también debemos señalar la corrupción y el comportamiento antiético de las mujeres que ejercen un cargo público. No  podemos silenciarnos en nombre del mismo feminismo. Hacerlo no me hace menos feminista, al contrario, me hace coherente con mis convicciones, con la historia, con la política y sobre todo con la mujer.

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