Culpables del crecimiento del fascismo en España (I)

A día de hoy, a pocas semanas de la celebración de unas elecciones generales, el Estado español, en manifiesta complicidad con la caverna mediática reaccionaria mayoritaria, está tratando de convertir en opinión pública y, por tanto, en verdad, su particular, mentiroso y sesgado relato “de clase” sobre la (re)aparición del fascismo en España.

Un relato o una mera campaña propagandística que apunta a la normalización y blanqueamiento de la ideología y las conductas ultraderechistas en nuestro país. Usando sus propios términos, una tardía pero inevitable europeización sociológica la cual, pasando por encima de nuestra desgraciada historia como país y de sus ciento de miles de muertos olvidados en fosas comunes y cunetas, debe ser aceptada, incluso celebrada por el conjunto de la ciudadanía española.

Pues, gracias a este oportuno (re)nacimiento, la madre patria, gravemente amenazada por el comunismo y el independentismo catalán, pasa a tener un nuevo paladín el cual, uniendo su fuerza al resto de fuerzas constitucionalistas, guiará a la victoria a nuestro régimen democrático en la sagrada cruzada a guerrear por la salvación de España.

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Estamos hablando del partido “político” neofranquista VOX, la nueva vedette vintage del panorama político mentido por nuestros medios de comunicación y de lo que dicha formación implica para nuestra sociedad: la salida del armario del fascismo español.

A pesar de la aparente europeidad y normalidad con los que se está vendiendo a nuestra sociedad la monstruosidad histórica que significa la vuelta del fascismo a la vida pública española, tal y como Bertolucci dijo a través de los labios de Gerard Depardiéu en su clásico Novecento, “los fascistas no son como los hongos”, que nacen y se desarrollan de la noche a la mañana con un poco de frío y de humedad. No.

El fascismo no es ninguna primavera, ningún mayo ubérrimo y luminoso el cual, sea cual sea la serie de condiciones sociales o realidad social, florece y nos trae la dicha. No. El fascismo sigue siendo el mismo monstruo que era en la Europa de los 30’s y 40’s.

Como fenómeno sociológico e histórico recurrente, cumple siempre con el mismo proceso de desarrollo: con el único objetivo de asegurar/confirmar su poder dictatorial económico (un poder, normalmente, ya incrementado gracias a una crisis económica que ha resultado devastadora para los grupos sociales y para los gobiernos más populares o progresistas -un shock que les expropia y descapitaliza-).

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Las clases ricas y privilegiadas dan una vuelta de tuerca a un dominio político efectivo que pasan a considerar insuficiente. Y la dan mediante, en primer término, la restricción y, en una segunda fase, mediante la supresión de las libertades y derechos, unas conquistas pagadas con sangre por las clases sociales sometidas y las cuales, junto al propio régimen democrático o republicano, son percibidas y tratadas como una verdadera amenaza a eliminar al status -tanto el presente como el deseado- por parte de dichas clases dominantes.

Para la consecución de dicho único objetivo, las élites nacionales liberan, manchados con los colores de la bandera nacional, financiados por ellas y agitando los miedos y las pasiones de las clases medias, una opción política encarnada en multitud de organizaciones o partidos que defenderán fielmente todos y cada uno de los intereses inmediatos o a largo plazo de aquella minoría social cumbre.

Unas organizaciones, partidos o grupúsculos que atacarán de manera inmisericorde, incluso violentamente, a toda ideología, formación y programa políticos e, incluso, a los militantes etiquetados como opositores (a aquella minoría y sus intereses).

Unos opuestos ideas, partidos y personas, normalmente, de naturaleza progresista o liberal, es decir, defensoras de libertades y de programas, decisiones y conductas de naturaleza y finalidad igualitarias y sociales. Unos individuos y unas masas los cuales acaban por ver, perplejos y aterrorizados, como la propia forma de gobierno en la que ciegamente confían, así como los códigos legales y la propia constitución que fundamentan la existencia comunitaria de sus sociedades, son suprimidos y sustituídos por autoritarismos o totalitarismos de todo tipo (por ejemplo, en los años treinta, militaristas y ultracapitalistas, y actualmente, por regímenes de poder neoliberales, racistas, misóginos o fanáticos religiosos).

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Una vez recordado el mecanismo de origen, desarrollo y conquista del poder fascista, sumando la crisis financiera de 2009, la “solución” austericida con la que la Unión Europea trató de combatir dicho “crack” (una austeridad verdaderamente letal a nivel macro y microeconómico y, derivado de ello, a nivel social, político y cultural o incluso moral) y, en último lugar, el movimiento (decisiones y conductas) efectuado desde entonces por las clases sociales hegemónicas, podemos comprender perfectamente el auge actual de los fascismos en el mundo occidental y, más concreta y específicamente, la salida “sin complejos” del armario, desde las catacumbas del estado en las que yacía oculto y aparentemente muerto, del fascismo franquista.

Pero debemos realizar (por evidente) una crítica salvedad en el caso de nuestro país: el fascismo lleva gobernando en España ininterrumpidamente desde su golpe de estado de 1939, y en consecuencia y en tanto estamos ante el único totalitarismo victorioso de la segunda guerra mundial, su carácter, conducta y desarrollo como realidad política en nuestra sociedad son y van a ser necesariamente distintos a los de cualquier otro fascismo.

Por otro lado, aquella mitificada hasta el paroxismo “transición democrática” (por parte, curiosamente, de los órganos y funcionarios del poder nacional a cualquier nivel) constituye la demostración palmaria de la tesis anterior. Resumiendo y, por tanto, olvidando infinidad de detalles, matices y verdades incómodos: la hoja de ruta para la llegada de la supuesta “democracia” a este país o Pactos de la Moncloa fueron redactados y firmados por representantes del pueblo español afines al régimen saliente o seleccionados/filtrados por dicho régimen -es decir, representantes autoproclamados o validados por éstos-.

Estos pactos fueron y son aún secretos, es decir, poseen unos manifiestos nocturnidad, alevosía y autoritarismo como rasgos esenciales; estos pactos fueron aprobados bajo amenaza de continuidad de la dictadura genocida o, por tanto, bajo extorsión militar; finalmente, estos pactos y su disfraz, la Constitución española de 1978, no son más que un cambalache desde, por y para los de arriba, una componenda que marginó deliberadamente al pueblo español.

>>La Constitución española de 1978: papel mojado<<

Por consiguiente, aquella modélica y que “nos dimos entre todos” transición no fue más que un cambio de muda para que todo siguiera igual, para que la hegemonía política fascista imperante en España desde el triunfo de su golpe de estado continuara en sus funciones de dominación sobre nuestra sociedad y su población.

Una operación de perpetuación hegemónica que remacha, a modo de cínico pináculo de esta gigantesca farsa conocida por cada uno de nosotros como “democracia española”, tal y como remacha decía nuestro Jefe de estado y la familia real, personajes impuestos que basan toda su legitimidad como autoridades en el dedo de un dictador genocida.

En conclusión, el fascismo español es un fascismo disfrazado de monarquía parlamentaria que lleva gobernando España 80 años. Una monarquía “constitucional” en manos de una corte o élite corrupta la cual, en estos momentos, una vez que ha comprendido y comprobado que el independentismo catalán pone en severo riesgo su posesión, gestión y disfrute/uso del 20% del PIB nacional (200.000.000.000 millones de euros que, de facto, constituyen el principal pilar y fundamento de dicho control) ha decidido arrancarse la máscara y, sin ningún tipo de vergüenza ni de complejo, ha decidido soltar a sus perros.

Unos perros no ya vestidos de camisa azul, sino de flamante color esperanza, o como dicen en determinados ámbitos de las fuerzas armadas, de color “Viva El Rey De España” o V.E.R.D.E.

Tres nombres propios que fundamentan y sostienen la imperante y, tal y como esperamos haber mostrado, en absoluto novedosa o milagrosa hegemonía fascista que campa a sus anchas y domina nuestro país desde tiempo inmemorial:

Constitución Española. La norma fundamental para la convivencia de los diversos y distintos pueblos, naciones, costumbres, pensares e individuos libres que constituyen España no es más que el espíritu y la letra a publicar de aquellos obscenos Pactos de la Moncloa o, utilizando un sinónimo, de la autoritaria legitimación de la hegemonía política fascista imperante.

A modo de ejemplo, en virtud del artículo 2 de nuestra carta magna, aquella anterior diversidad o riqueza nacional se halla por debajo y es por tanto rea de la unidad territorial (sagrada) de nuestro estado. Un estado, en consecuencia, para el cual resulta prescrita fundacionalmente su uniformidad monolítica no solo territorialmente, sino globalmente.

Una uniformidad absoluta y, por tanto, económica, política, social y cultural o moral, en última instancia (artículo 8), en manos, no de la voluntad o principio democráticos expresados por el voto, sino del ejército de la nación, y cito: “las fuerzas armadas tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y su ordenamiento constitucional”.

Un país nacido de y sometido a una única y personal voluntad, protegida y amparada constitucionalmente por la fuerza del ejército. Pura democracia española; puro neofascismo.

Rey Felipe VI. Como legítimo heredero del dictador genocida Francisco Franco, el primogénito de la línea parental de la familia Borbón enraízada en el esperma de Juan Carlos I, es el jefe del estado o Rey de España. Dicho Rey, impuesto coactivamente sin ningún tipo de consulta a o de diálogo políticos con la sociedad española (y, por tanto, un monarca carente de cualquier tipo de legitimidad democrática), tal y como establecen y justifican los artículos constitucionales del 56 al 65: Es legalmente inviolable y, por consiguiente, carece de responsabilidad jurídica; está por encima, quiero decir, es más que la reina o pareja real; sanciona y promulga las leyes; convoca y disuelve las cortes; convoca las elecciones; nombra Presidentes del gobierno, ministros y, si así quisiera, presidiría los consejos de ministros; es el jefe de las fuerzas armadas; declara las guerras y hace las paces. Pura democracia española; puro neofascismo.

Santiago Abascal. Antiguo miembro del Partido Popular (de hecho, afiliado al mismo durante el período 1994-2013 -tiempo de formación y aprendizaje políticos repartidos entre su concejalía en Llodio, las juntas generales de Álava, el parlamento vasco y, posteriormente y bajo la égida de Esperanza Aguirre, empleado público en cargos de libre designación de la Comunidad de Madrid).

>>¡No nos olvidemos del perfil neoliberal de VOX!<<

En diciembre de 2013 abandona dicho partido popular (el hogar político de la ultraderecha nacional) a causa de su “traición a España” y funda el partido neofranquista VOX. Al año siguiente (2014), como secretario general de esta formación, se aprende de memoria el manual de instrucciones neoliberal y, por tanto y a nivel político, neofascista de Steve Bannon (por aquellos entonces, principal asesor de Donald Trump e ideológo de su asalto/conspiración presidencial), y con un discurso basado en la regeneración democrática mesiánica, en la cobardía, la corrupción, el odio al diferente, el racismo, el supremacismo hispanocéntrico, la defensa de la unidad de España y el capitalismo más proelitista y prostablishment imaginable, logra ser proclamado presidente de VOX con un 91% de los votos del censo de afiliados. Pura democracia española; puro neofascismo.

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