Sobreactuación

Más allá del tacticismo, de la crispación o del bloqueo, lo que domina la escena política del país es la sobreactuación. Ya sea por la nación (una u otra, es igual) o por el cambio, líderes políticos, periodistas y jueces se mueven por el escenario como queriendo convencernos de la trascendencia de cada gesto, de cada frase. De la emergencia del momento.

No es extraño: el país lleva años encallado en una crisis política de la que no es capaz de salir. Una crisis enlazada con la Gran Recesión que sufre la economía global desde hace más de una década y que sigue amenazando el simulacro de recuperación en el que vivimos.

No parece descabellado pensar que esta sobreactuación tiene como objetivo transmitir un permanente estado de excitación que enardezca los ánimos de la gente. Que se actúe y se hable en la calle tal y como lo están haciendo ahora mismo políticos, opinadores, tertulianos, jueces, fiscales y demás aprovechados de toda índole. Trasladar esas conductas a la gente es la mejor forma de legitimarla.

Sin embargo, no parece que la cosa este funcionando. Algo falla en la transmisión. Lo pudimos ver hace poco en la Plaza de Colón. Pero antes lo vimos en la enésima llamada a recuperar no sé qué ilusión perdida. Y también en una declaración de independencia que no fue o que sí fue pero fue suspendida, es decir, que no fue.

Algunos insisten en apelar a una inflamación popular que ya no existe. La movilización, en un sentido o en otro, ha tocado techo en este ciclo. Y ante ese vacío se opta por exagerar el gesto.

Así, tenemos empacho de ingenio táctico, de gesticulación, de impostación. Proliferan las listas de tareas de lo que “toca” y “no toca” contundentes, sentenciosas y de vida breve. Se escuchan palabras tan gruesas soltadas con tanto falso aplomo, con tanta seguridad fingida que es francamente difícil enterarse de algo o creerse algo de lo que se dice.

Las constantes apelaciones a la responsabilidad o a la “altura política”, al hartazgo o a la ilusión, a la esperanza o a la indignación, útiles en su momento, se han vuelto agotadoras. Tanta tensión dramática, tanta inflamación gesticular (y testicular)…Ya cansa un poco.

La sensación de “esta peli ya la he visto” se extiende por momentos. El PP bronco y fanfarrón; el PSOE timorato e improvisador; Podemos, en línea con la mejor tradición cainita de la izquierda que despreció, bloqueado entre unos que tratan de pasar por el último grito en Estrategia Política algo tan poco original como un viraje al centro de manual, y otros que se ufanan de contar con la Lógica de la Histórica de su parte. Pura profecía autocumplida. Ciudadanos sigue en su angustia adolescente: primero quería ser Suárez, luego Macron, ahora duda entre Bolsonaro y lo que salga. Debe ser duro vivir pendiente de las últimas tendencias. Si hoy lo “nuevo” sobre el escenario es VOX, es que lo “nuevo” ya ha dejado tirado a algún que otro Adán ingenuo.

No es que el país ya no quiera cambio, que los problemas ya no importen. Sigue habiendo dificultades graves. Las grandes cuestiones abiertas siguen irresueltas y generando tensiones. Pero ahora mismo, y durante un tiempo indeterminado, no parece que se vayan a resolver por una vía épico-trágica. Más bien parece que van a aletargarse, a amodorrarse, a mantener una tensión subyacente.

¿Significa esto que hay que abrazar ese costumbrismo político que concibe los problemas de época que están encima de la mesa como algo ajeno a la cotidianidad de la gente? Parece una conducta elusiva. Casi tanto como bramar constantemente la inminencia de nuevos cataclismos sociales y/o nacionales. Es no hacerse cargo de la situación.

Rebajado el impacto de la movilización, el sistema de partidos se ha consolidado como el elemento más dinámico de la escena política. A éste y su capacidad de canalizar tensiones sociales en opciones político-electorales se han dirigido todos los focos en los últimos años. Pese al inagotable discurso “bienqueda” anti-partidos, tentador a izquierda y derecha, al final los caminos del malestar han conducido al mismo lugar, las instituciones representativas, por la misma vía, las elecciones, y con el mismo vehículo, los partidos políticos.

Ahora, por si no teníamos suficiente con la nueva pista del espectáculo, el Tribunal Supremo, se prepara una mega-serie de actuaciones nunca vista: elecciones generales-europeas-locales-autonómicas. Con tal cantidad de oportunidades para ello, es casi imposible que no pasemos de la sobreactuación al histrionismo y de ahí, puede, al histerismo.

Algunos dicen que esta súper-serie electoral será constituyente o destituyente en función de sus resultados. Que definirá el futuro del país por varias legislaturas. En definitiva, que dotará de los elementos de cierre de la crisis política. Tengo mis dudas.

En ocho años hemos pasado de un bipartidismo asfixiante a un probable sistema de cinco partidos a partir del 28 de abril, sin olvidar el aporte de los partidos no-estatales. Donde antes había dos ahora hay cinco y podría haber hasta seis. Con cuatro partidos algunos pensaron que el país sería ingobernable y acabaríamos volviéndonos locos. No, pero casi. ¿Y ahora qué? ¿No demuestra la irrupción de otro actor político que hay que seguir sobreactuando, tensionando, para conseguir nuevas sacudidas del panorama?

Por mucho que en todas partes domine un convencimiento de que es mejor mantener la tensión, que la situación demanda más dramatismo para sacudir a los corazones y las mentes, o que la emergencia de otro actor demuestra que el reparto no está cerrado, relajar el tono es lo que más conviene a todos.

Difícilmente la estabilización del sistema de partidos, sea con cinco o con seis, signifique el cierre de la crisis política. Ni siquiera su encarrilamiento. La cuestión decisiva en un futuro indeterminado será si ese nuevo sistema podrá absorber los próximos movimientos telúricos.

Tanta sobreactuación, tanta saturación de políticismo parece que nos impide recordar lo evidente: que la crisis económica precipitó la crisis política. Que la crisis económica sigue ahí, que opera con otros tiempos, con otras dinámicas. Que tiene entidad propia. Quizá la política sea autónoma de la economía, pero desde luego la economía no se reduce a un tema de la política.

Esa parece ser la encrucijada del momento: las tensiones rebajan su intensidad pero siguen acumulándose, el cansancio se nota pero los problemas no desaparecen. Mantener artificialmente un estado de agitación que contradice el ánimo del país lo hace impermeable por empacho a nuevos “momentos decisivos”. No se puede tener a la gente permanentemente instalado en el vértigo.

Quizás haga falta superar el mantra de “vivir tiempos interesantes”.

No hace mucho, vivimos tiempos realmente decisivos. Entre los años 2011 y 2015 parecía que todo podía pasar. La plena consciencia de ello cargaba por sí misma de significado cada palabra, cada gesto, cada acción. Todo transmitía. Esas situaciones no responden a un tuit ni a una resolución.

No sabemos si se abre paso una normalización autoritaria o la calma que precede una nueva tormenta. Solo sabemos que, antes de mantener una tensión abrasiva y absorbente, habría que dar la bienvenido a un tiempo, por breve que sea, que permita tomar distancia de los problemas.

Y despejarse un poco de tanto ruido y tanta furia.

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