La muerte de la pantera. La invasión armada que no fue en Venezuela

Antes de ayer en la madrugada un soldado venezolano disparaba su fusil contra unas sombras que se desplazaban por la carretera de La Guaira.

Mientras tanto, en alguna oficina del Este de Caracas el teléfono de última generación comenzó a sonar con una llamada inesperada para el Comando Político de Juan Guaidó.

Inesperada porque en el plan de invasión costera no estaba previsto ninguna comunicación hasta que el ataque con rumbo a Miraflores, la casa presidencial, llegara al punto de control.

Las camionetas blindadas, último modelo, con metralletas instaladas en la cabina, no resultaron muy útiles contra el poder de fuego de la armada venezolana. En fila, con el olor a muerto que hiela la sangre y te hacer recordar a los seres queridos, comenzaron a entregarse los mercenarios.

Brincaban entre cadáveres, casquillos de bala y charcos rojos. Al menos ocho difuntos en plena vía de Macuto, como una vieja canción olvidada en la orilla del mar que advierte a los marineros de una tierra que devora hombres.

No hay que olvidar que en plena época de pandemia, mientras el mundo sufre por un virus que apunta a destrozar la humanidad y sus quimeras civilizatorias, el gobierno de Estados Unidos se atreve a comandar un intento de invasión militar contra Venezuela. Pareciera que la osadía del imperialismo se alimenta del cinismo pero también de la ignorancia, o de algún informe grandilocuente de su peón local, Juan Guaidó.

La quimera estuvo acompañada por signos. Evidentemente, aliados en la conspiración ya proyectaban el éxito de la incursión, con audios del empresario Lorenzo Mendoza llamando al desconocimiento de las medidas económicas del gobierno, enfrentamientos en el barrio Petare y una guerra sucia en redes sociales espoleada por predicciones y astrología macabra. Han fracasado de nuevo.

Como corolario quedan los muertos. Mercenarios extranjeros y traidores a la patria. Queda la fotografía de una garganta tragándose las declaraciones de Mike Pompeo deseando remodelar la embajada gringa porque Maduro cae pronto.

Queda la persecución inclemente a los autores intelectuales. Queda como epitafio la seriedad de un gobierno revolucionario, humanista y de vanguardia pero armado hasta los dientes.

La muerte de Pantera, siempre mencionado por los organismos de inteligencia venezolanos en distintos operativos e intentos de magnicidio, es la muerte de un felino oscuro, pero también la defunción de la esperanza asesina del fascismo criollo.

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