Apagón pedagógico y la gran simulación

A principios de los años 90 del siglo XX, cuando se discutieron los borradores del Estatuto del Docente Hondureño, los gremios magisteriales eligieron doblar la jornada de trabajo para obtener doble salario, en lugar de revalorar la hora clase.

De esta manera se instauraron las jornadas “plena” y “exclusiva” donde los docentes pasaron a atender legalmente 54-72 horas clase frente a alumnos respectivamente de 40-45 minutos cada una.

Buena parte de los docentes rápidamente se percataron de la imposibilidad física de cumplir con esa jornada laboral y optaron por asumir consejerías y orientaciones para disminuir la presión física que implica la labor frente al alumnado.

Con el tiempo hubo quienes encontraron la forma de tener legalmente dos espacios administrativos y obviaron totalmente la relación con el estudiantado dentro del aula. A partir de lo señalado, se comprende que lo que se venía haciendo en materia de educación en Honduras tenía profundas opciones de mejora. A ello se suman:

  • El apagón Pedagógico (pre Estatuto del docente) en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (a principios de los años 80 del siglo pasado, producto de la imposición de Oswaldo Ramos Soto en la rectoría, la desaparición forzada y el uso de armas de fuego para dilucidar disputas).
  • El apagón pedagógico (post Estatuto del Docente) en la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán (con la implementación a partir de inicios del siglo XX de los programas privados de Educación Básica utilizando instituciones públicas).
  • El apagón pedagógico (post Estatuto del Docente) en la Secretaria de Educación (con la aprobación de la Ley Fundamental de Educación en la segunda década del siglo XXI) así lo demuestran.

Los términos “neoliberalismo pedagógico” y “apagones pedagógicos” fueron utilizados por primera vez por el Profesor Venezolano Luis Bonilla Molina

La hecatombe producto de la simbiosis de las crisis económica y sanitaria ha llevado al mundo a utilizar el recurso virtualidad en el proceso de enseñanza aprendizaje, bajo el pretendido objetivo, no explicitado, de sustituir la clase presencial, potenciando el llamado “capitalismo de la vigilancia”.

La educación virtual, tal y como la plantea el régimen de Juan Orlando Hernández en Honduras (siguiendo sumisamente los dictados de los organismos internacionales de crédito) implica devaluar la educación a una mera instrucción y considerar a los docentes como productores de “zombis sociales”.

De esta manera, la aplicación de la tecnología educativa, ha aumentado cualitativamente la disociación alienante entre la producción del conocimiento y la práctica educativa. La virtualidad, en tanto modalidad educativa tiene más desventajas para el pueblo y más ventajas ideológicas, políticas y económicas para las clases dominantes.

Aunque la tendencia a la virtualización ya estaba marcada a nivel internacional por los organismos internacionales de crédito antes de la pandemia, con tendencia a limitar la influencia del docente en el proceso de enseñanza aprendizaje, es la COVID-19 la que posiciona esta tecnología como alternativa a la educación presencial dentro del aula.

No obstante, se puede ver a la COVID-19 como una oportunidad de mejora, donde la tecnología sirva de apoyo (que no de sustituto) a los procesos de enseñanza aprendizaje dentro del aula. La tecnología no debe servir a los intereses del capitalismo de vigilancia para fomentar el neoliberalismo pedagógico en harás de continuar formando al zombi social que, pregona la apoliticidad. Empero la política de la apolítica es la política de las clases dominantes.

Ya en el contexto de la pandemia los trabajadores y trabajadoras en general, así como los maestros y maestras en los centros escolares en particular, además de requerir de la inversión para conseguir acceso continuo al agua potable, están exigiendo el ingreso ordenado que posibilite el distanciamiento físico, sistema de desinfección del calzado de estudiantes, maestros, maestros padres, madres y visitantes, uso de gel.

Asimismo, medición de temperatura para el ingreso al centro escolar, el uso obligatorio de mascarillas y la contratación de personal encargado de desinfectar de forma continua, las aulas escolares, para los más de 27 mil centros escolares gubernamentales de todos los niveles educativos (a excepción del nivel superior) que existen en Honduras.

El régimen en sus propuestas de retorno seguro al centro escolar no ha considerado el presupuesto para lograr las condiciones señaladas. Empero, sí ha invertido en la hibridación del proceso educativo llegando a plantear que, en lo que concierne a educación, debemos caminar hacia atrás y en lugar de exigir confrontar a las compañías de telefonía celular Claro y Tigo (que ostentan el monopolio de la conectividad en Honduras).

Todo ello para pretender garantizar la conectividad educativa universal, ha preferido proponer, para desarrollar el proceso de enseñanza aprendizaje, el uso de la radio y televisión, mismas que ya desde el siglo pasado eran muy cuestionadas.

La introducción de la radio y televisión, en el proceso de enseñanza aprendizaje es la confirmación que el régimen prefiere involucrarse en una “gran simulación” (término acuñado por el politólogo mexicano Mauro Ramírez) antes que confrontar a poderes fácticos.

La radio – televisión no son la escuela, no enseñan, no forman críticamente. Generan sí, la complaciente ilusión que no se desperdicia el tiempo, que, a pesar de la pandemia, el ciclo escolar avanza, plantea el escrito mexicano Luis Hernández Navarro.

En el mejor de lo casos, entretiene. A lo sumo, difunde unilateralmente información, no necesariamente significativa, para enfrentar los retos de la época y representa otro de los lados de la gran simulación educativa en Honduras

No obstante, esta situación les proporciona a las autoridades de la Secretaría de Educción la turbia fantasía que controlan el proceso de enseñanza aprendizaje. El pretendido modelo de educación híbrida amparada en la radio-televisión, es como las semillas híbridas, un producto estéril.

Según datos del régimen, sólo el 85% de los discentes tienen acceso a Internet regularmente, lo que deja por fuera del sistema educativo al menos a 160 mil estudiantes, en tanto los docentes, a partir de las capacidades de conectividad de los dicentes, apenas pueden intercambiar ideas con estos últimos, sobre el 50% de los contenidos.

Además, dentro de las posibles soluciones, que esgrime el régimen se obvia la urgente necesidad de estructurar un plan de adecuación físico-sanitaria en todos los centros escolares. Existe un supuesto plan de “retorno seguro” a clases auspiciado por USAID, que no incluye la parte presupuestaria y que aparentemente asume que serán los padres y madres de familia quienes mendigarán ayuda (autogestión le llaman las autoridades educativas) en el mejor de los casos, y en el peor, serán los encargados de pagar por ello.

Hasta ahora, la virtualización durante la hibernación académica ha sido una gran simulación donde los discentes fingen que aprenden, los docentes hacen como que enseñan y la Secretaría de Educación de Honduras presume que controla todos los niveles de concreción curricular.

 

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