Renuncias [Prosa poética]

Cuanta tempestad supe definir luego de tantas horas tristes. Días en que quisieron fugarse mis palabras para arrinconarse detrás del llanto que dejó esas huellas que la vida despliega sin anestesia.

Renuncias forzadas que llegaron de repente. No supe ni acomodarme al hoy de mis nostalgias, llega un momento en el que uno ya no tiene control de nada y las cosas suceden por inercia y automatismo.

No me adapto al planeta de los fingidos, al círculo de los benevolentes. Sigo extrañando aquella música nocturna que hacía con mis manos que supieron palpar la desmemoriada soledad. Anhelo volver al territorio de las luces, ese hermoso lugar que al mismo tiempo también es el rincón de las sombras.

No obstante, hay caminos donde la cordura no se ha desterrado, caminos donde la razón pisotea lo sensitivo. Hay lugares a los que voy soñando, soñando con el paraíso de lo imposible. Lugares a los que voy cantando, cantando entre las penumbras mientras lo real hace callo mis conciertos desconcertantes.

Renunciar es aquella piedra en el zapato, morderse la lengua y los labios para no gritar las palabrotas de rabia que tumbarían el cielo desde la infinitud de mis entrañas. Huir no es el término de esta lucha mortal.

Hay renuncias que duelen en lo más adentro del ser; sin embargo, algo se quiere ir en cada renuncia: un pedazo de mi vida, un retazo de mi espíritu, un hilo infinito de sangre.

Una pasión desesperada que grita de dolor y arde desde lo profundo, una melancolía que se cuela en cada letra, un lago negro que rebosó todas mis penas, un horizonte sombrío que no vislumbró crepúsculos de fuego, una eternidad que hace añicos el cuadro de mis anhelos. Pavor con sabor a oscuridad, oscuridad con sabor pavor.

Me aferro fuerte con mis brazos cual naufrago solitario. Me soltaré de a poco, lo prometo; dolerá y seguirá doliendo durante mucho tiempo todas las arremetidas por desgajarme de los recuerdos, de lo que pudo ser y no fue, de lo perdido. Soñaré con los restos del ayer que se irán diluyendo paulatinamente entre los años y años.

El olvido no es compatible con los olores; el recuerdo tiene imágenes reales, viven y claman por vivir en el paraíso de la memoria, en ese lugar donde la imaginación recrea finales felices, en aquel aposento donde lo intangible tiene amaneceres de colores. Cada renuncia deja heridas, cicatrices y reminiscencias que tendré que tragarme como agua caliente. A veces quiero renunciar a mis renuncias

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